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La visita a España de León XIV y lo que un avión averiado no puede borrar

Tras un viaje perfecto, una avería en la nave de Iberia hizo que el Papa tuviese que trasladarse a Roma en el Falcon que había traído al rey

Hay giros de guion que uno no espera, pero la vida tiene estas cosas. Sí, como dice León XIV, la fragilidad no es un error que corregir. Convivir con los fallos técnicos, incluso cuando se trata del avión del Papa, no debe ser un drama. Puede pasar, por muchos controles —que los ha habido— que se puedan hacer previamente.

Es cierto que no fue el broche de oro a un viaje apostólico que lo merecía, preparado en tiempo récord y con un nivel altísimo en todas las facetas. Hay quien dice que Francia tiene el listón muy alto. 

Porque, aunque los titulares de las últimas horas se dediquen a un avión que no despegó —es normal—, y a la generosidad y celeridad de un rey que prestó su avión al Papa, quedándose él en Tenerife, lo que no se puede borrar es lo que la sociedad española vivió durante los últimos días.

No se puede borrar el abrazo de Olga Elvira al Papa tras el encuentro de CEDIA 24 horas, la puerta de la caridad en Madrid. Ella cumplió su sueño y el Papa tocó la realidad del sufrimiento. Tampoco se perderá la conmoción del silencio de 600.000 almas, la gran mayoría jóvenes, en el entorno de la plaza de Lima para adorar al Señor, el mismo que procesionó por las calles alfombradas de flores y abarrotadas de más de un millón de personas.

No podremos olvidar la confesión de Antonio Banderas, hechizado por Dios, o el pacto social ante el Papa que fue ver a sindicatos y empresarios hablar con una sola voz. No se podrán borrar los siete minutos de aplausos en el Congreso de los Diputados con un discurso que nuestros políticos deberían guardar en la estantería y releer de vez en cuando. 

Tampoco el golazo del Bernabéu o que nadie quiso quedarse sin ver a León XIV, ni siquiera Bad Bunny, que lo buscó en el templo del Real Madrid.

¿Quién osaría afirmar que un fallo técnico condenará al olvido a tres jóvenes contando en Montjuic sus sufrimientos al Papa, problemas de una generación: la salud mensual, la violencia o la falta de sentido en la vida?

Imposible superar ese miércoles de Gaudí que comenzó en la cárcel, pasó por un rosario en Montserrat, conmovió al Papa gracias a Renzo y sus preguntas en la iglesia de San Agustín —se derramaron muchas lágrimas— y culminó en la apoteosis de la Sagrada Familia. Primero el amor y después la técnica, dice el genial arquitecto. Pues eso, también hoy.

Y Canarias, ay Canarias. La etapa de los abrazos a migrantes, de un Papa que sube en brazos a los más pequeños, y de frases que se memorizan nada más escucharlas. «La dignidad no tiene pasaporte».

Un Papa volvió a la vieja Europa, que sigue enfrentando grandes desafíos, con una secularización fuerte, sí, pero ya no parece tan vieja. La fe está viva y hay cristianos que en España la han confesado. El Papa lo ha visto, escuchado y disfrutado, por mucho que un avión se quedase parado.

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