Con el testimonio de Diego Blanco, laico, padre de familia, escritor y productor, iniciamos el último tramo del camino hacia el Congreso de Vocaciones. Es, además, uno de los protagonistas de la campaña del Día de la Iglesia Diocesana, que lanza una pregunta: ¿Y si lo que buscas está en tu interior?
Si hubiese tenido un smartphone cuando era adolescente, hoy no estaría hablando contigo». La sentencia de Diego Blanco, padre de familia y reconocido escritor y productor de televisión, en entrevista con ECCLESIA, impresiona. Si entonces hubiera estado tan extendida la tecnología como ahora, no se habría refugiado en la lectura, que fue «un san Juan Bautista» que le señaló que había algo más grande que él, algo que daba sentido a lo que estaba viviendo.
Aunque era muy piadoso, pertenecía a una familia sociológicamente cristiana e iba a un centro educativo religioso, en el camino que va de la infancia a la adolescencia se le «apagó la luz». La muerte de dos sacerdotes de su colegio en un brevísimo periodo de tiempo le hizo rebelarse. Y producto de esta situación, se juntó con chicos mayores que él, se sumergió en el alcohol y tuvo algún que otro escarceo con las drogas. De la rebeldía pasó a la tristeza, a recluirse en la habitación de casa, a no bajar ni a por una película al videoclub. «Empecé a leer. Primero, porque me entretenía y, luego, porque encontraba la paz. En los libros, todo lo que pasaba, por malo que fuera, cobraba sentido al final. Veía que los sufrimientos habían servido para algo y eso me consolaba», afirma en la conversación. De hecho, él mismo quería ser uno de esos personajes para llegar a la última página y entender su historia. No hizo falta, pues se topó con El Señor de los Anillos y empezó a intuir que esas ideas implicaban la existencia de alguien más grande que él. Tolkien fue Juan Bautista. El Tolkien que luego sería decisivo en su vida profesional y en su misión actual.
Diego Blanco es uno de los testimonios que protagonizan la campaña del Día de la Iglesia Diocesana, que se celebra en España el próximo 10 de noviembre. Este año, con el lema ¿Y si lo que buscas está en tu interior? Una jornada que, en esta ocasión, está vinculada de una manera muy directa a la reflexión que la Iglesia en nuestro país está realizando de cara al Congreso de Vocaciones, el próximo mes de febrero en Madrid. Testimonios, como explica José María Albalad, director del Secretariado para el Sostenimiento de la Iglesia en la Conferencia Episcopal, que muestran que la llamada de Dios cambia vidas y puede ayudar a cambiar otras.
La de Diego cambió radicalmente tras el encuentro con Tolkien y la invitación de su profesor de Religión a ir a las catequesis del Camino Neocatecumental. En ellas, las intuiciones mitológicas que tenía en la cabeza tomaron cuerpo. Por ejemplo, vio claramente el poder del anillo en las palabras de san Pablo: «No hago lo que quiero, sino que hago lo que no quiero, porque no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí». Entró en una comunidad y empezó a descubrir lo que era la Iglesia: «Dios vino a buscarme a través de algo tan sencillo como las narraciones y la mitología. He visto el celo de Dios para llegar a mí». Fue así como recibió, aunque ya bautizado, esa primera llamada a ser discípulo, que luego se concretó en el matrimonio y la familia, «lo más épico y aventurero que se puede vivir hoy». «Llegar a fin de mes, educar a un hijo y todas estas cosas equivalen a matar un dragón», añade con humor.
La segunda concreción de su vocación llegó con un acontecimiento traumático. Lo despidieron de su trabajo como director comercial por negarse a tomar una decisión que moralmente no podía aceptar. En el vértigo de no encontrar empleo y tener que alimentar a siete hijos —hoy nueve—, le llegó la propuesta insistente de un sacerdote para que pusiese negro sobre blanco todas esas historias de Tolkien y el Evangelio sobre las que hablaba. Lo hizo y esas páginas se convirtieron en el libro Un camino inesperado. La parábola de El Señor de los Anillos (Encuentro), al que siguieron otros, entre ellos, la saga de El Club del Fuego Secreto.
Un camino inesperado, que lleva ya diecinueve ediciones, hizo que surgiera la posibilidad de hacer un documental. Una producción de la que se ocupó él mismo con la colaboración de la EWTN. El resultado: varios premios. De ahí, surgió la posibilidad de seguir haciendo más documentales: «Dios, por medio de aquel acontecimiento difícil, duro, me mostró de nuevo qué tenía que hacer». Una llamada, dice, que se resume en ayudar a adolescentes y jóvenes con dificultades en el ánimo. «No es una aproximación psicológica, sino narrativa. Creo que a lo que el Señor me llama hoy, mi misión, es intentar devolver la esperanza a los jóvenes a través de los libros, los documentales, las películas, las charlas…», reconoce. De hecho, tiene una asociación a través de la que articula esta tarea.
En todo este tiempo, ha sido consciente de que Dios marcaba el camino y que él no buscaba nada. Confiesa que nunca había pensado escribir un libro ni producir un documental y menos plantearse dar respuesta a las necesidades de jóvenes que no encuentran el sentido a sus vidas. «Lo que les pasa a los chicos en la actualidad es que les convencen de que son los dueños y autores de todo, pero no pueden evitar sufrir. Es una generación que se pregunta por qué no es feliz si puede hacer lo que le da la gana», sentencia. Por eso considera profético que el papa Francisco haya convocado el Jubileo, precisamente, sobre la esperanza. Porque está convencido de que la Iglesia tiene ahora mismo una misión con estos chicos caídos al borde del camino y que necesitan que alguien les diga que hay esperanza y que su vida tiene sentido. Y él está en ella.








