Del 6 al 12 de junio he tenido la gracia de poder acompañar al Papa León XIV en su viaje apostólico a España bajo el lema “Alzad la mirada”, un viaje que ha superado con creces todas las expectativas que pudiéramos haber tenido.
La acogida del pueblo español ha sido desbordante en todos los lugares por los que ha pasado y también entre los que no han tenido esa dicha, pero lo han seguido por los medios de comunicación. Pareciera que estuviéramos deseosos de recibir al Papa. No lo digo solo por las cifras –ciertamente descomunales y contundentes–, sino por el fervor y el entusiasmo suscitado en las plazas y calles por donde pasaba, y por el interés en recibir sus palabras que se hacían virales inmediatamente. Esto es algo que no surge de la nada. Habla de una sociedad española que valora la figura del Santo Padre como un referente religioso fiable. Los últimos Papas conocidos por la generación actual de españoles, desde el Vaticano II a nuestros días, han hecho resonar la voz de la Iglesia más allá de la lucha… ya no de clases, sino de intereses y beneficios de parte, de estados, de fronteras, con una mirada libre y sincera sobre la humanidad.
Las misas, procesiones, vigilias, oraciones ante el Santísimo, el Rosario… han sido momentos de gran profundidad. En esta semana hemos celebrado el Corpus Christi en Madrid, una eucaristía de Acción de gracias en el Centenario de la muerte de Gaudí en Barcelona y el Sagrado Corazón de Jesús en las dos diócesis de las Islas Canarias. En la vigilia con los jóvenes, en la que siempre impresiona el silencio, el respeto, la emoción, el Santo Padre nos pidió: «¡Buscad siempre la verdad! ¡Dios es verdad! ¡Si te lleva lejos de Dios, no es verdad! ¡No lo olvidéis!». En la misa del Corpus –hablando de la adoración eucarística– destacaron sin duda sus palabras: «Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano». El Papa nos pidió que la religiosidad no sea un museo del pasado, sino una escuela de fe que siempre lleva a practicar la caridad. En el Rosario de Montserrat, nos dijo que la devoción mariana «nos invita a reconocernos hermanos y hermanas, donde nadie quede excluido y donde la comunión sea más fuerte que toda división». En la Misa de la Sagrada Familia, pidió que la altura de la basílica sirva «para guiar los pasos del pueblo de Dios que peregrina en España, con la cruz que ilumina el camino». En Canarias, el Papa pidió que la caridad de su Corazón nos convierta en «portadores de su misericordia y de su paz, para que en el mundo cesen las guerras y crezca a nuestro alrededor una nueva humanidad, reconciliada en el amor».
Pero no hizo solo actos religiosos, el Papa también se encontró con la sociedad civil, las autoridades y el cuerpo diplomático, con los congresistas y senadores, con políticos y con el mundo de la cultura, el arte y el deporte. En sus palabras ha resonado un llamamiento a la reconciliación y al diálogo entre las distintas fuerzas y nos invitó a apostar por «la cultura del encuentro» y no por la confrontación. Exponiendo con claridad la doctrina social de la Iglesia, la defensa de la dignidad y de la vida humana, el bien común… ofreció la colaboración de la Iglesia «que camina con la humanidad». «La Iglesia al servicio del futuro de un pueblo que busca la reconciliación y la paz». Muy interesantes fueron también las palabras que se pronunciaron en presencia del Papa en esos foros públicos. En cada estación del viaje, León XIV se ha encontrado en privado o en público con los más vulnerables de la sociedad: los pobres, los migrantes, los presos, las víctimas de los abusos, los enfermos… El Papa nos ha dicho que «la dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera», que nadie es el «delito que ha cometido», ofreciendo en todo momento un mensaje de esperanza y redención y destacando que su dignidad sigue intacta ante los ojos de Dios. Ayudar a los necesitados no es algo opcional ni secundario, sino el núcleo de la misión del cristianismo. Por ello, «no es posible olvidar a los pobres».
Además, el Papa ha tenido encuentros multitudinarios con la realidad diocesana de cada lugar, en las que ha encontrado una Iglesia viva, sinodal, que va aterrizando en este cambio de época, una Iglesia «otra» en su ardor y en sus expresiones. Como decía el Papa, esta Iglesia ya no es un museo del pasado al que visitar, sino que tiene una palabra significativa que decir a la sociedad. Ha habido manifestaciones festivas impresionantes como el encuentro del Bernabéu o la bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia de Barcelona.
¡Impresionante! En otras han primado los testimonios impactantes de personas que han buscado en Jesús la respuesta a sus interrogantes y han encontrado en su Iglesia acogida, comprensión, puertas abiertas. El Papa León XIV no ha eludido ningún tema y ha respondido con cercanía y realismo. Nos advirtió que no debemos justificar el dolor diciendo de forma superficial que «es la voluntad de Dios». «No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad». Ha sido recurrente a lo largo del viaje su insistencia en nuestra responsabilidad como cristianos: «No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria… No podemos creer en Jesús y promover la guerra».
Muchas impresiones, resonancias y ecos se acumulan en la memoria. Ahora hemos de asimilarlas poco a poco y serán punto de unión para todos los cristianos y para caminar junto con la sociedad. Hemos tenido la gran gracia de ser uno de los primeros países que visita el Papa León XIV y sus palabras van más allá de nuestras fronteras y resuenan para el mundo entero. Que todo sea para unirnos más en comunión en torno al Pastor de la Iglesia universal que el Espíritu ha suscitado en este momento de la historia.







