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Encontrarnos en Dios

Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgel,

Vivimos en un tiempo paradójico. Nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, muchas personas experimentan una profunda soledad. Hay una diferencia importante entre estar solo y sentirse solo. La primera puede ser buscada y necesaria; la segunda suele ir acompañada de vacío, incomprensión y sufrimiento interior.

También Jesús conoció esta experiencia. El evangelio nos muestra cómo buscaba momentos de silencio y de soledad para orar al Padre. Pero en Getsemaní experimentó, además, otra soledad más dolorosa: la de sentirse abandonado mientras sus discípulos dormían. En aquel momento de angustia, Cristo asumió también el abandono de tantos hombres y mujeres de todos los tiempos.

Antoni Gaudí conoció igualmente esta experiencia. No solo la soledad exterior, sino también la incomprensión, el hecho de sentirse diferente y de caminar muchas veces a contracorriente. Su profunda visión espiritual no siempre fue comprendida por quienes lo rodeaban. Sin embargo, Gaudí descubrió, en medio de esta realidad, que la cruz de Cristo no habla de un cielo vacío ni de un Dios lejano, sino de un Dios que permanece cercano incluso en el sufrimiento.

A nuestra sociedad le da miedo estar sola. Buscamos continuamente llenar el silencio, distraernos o refugiarnos en relaciones superficiales. Pero el problema más profundo no es simplemente “estar solos”, sino vivir sin una verdadera comunión interior, sin esperanza y sin una presencia que sostenga el corazón.

La fe cristiana no elimina automáticamente las experiencias de vacío, pero sí transforma su significado. El creyente sabe que nunca camina completamente solo. Cristo resucitado sigue acompañando a su pueblo, especialmente en los momentos de fragilidad, tristeza u oscuridad. La propia Iglesia está llamada a ser signo concreto de esta cercanía de Dios, convirtiéndose en hogar, comunidad y compañía para aquellos que se sienten olvidados o heridos.

Hoy el testimonio de Gaudí puede ayudarnos a levantar la mirada. Su vida nos recuerda que, incluso en medio de la incomprensión y del sufrimiento, es posible seguir buscando la luz de Dios. En momentos así la cuestión decisiva no es únicamente si nos sentimos solos, sino hacia dónde dirigimos nuestra mirada.

Por eso os invito a mirar de nuevo hacia Cristo. Él conoce nuestras heridas, nuestras búsquedas y nuestras noches interiores. Y sigue acercándose a cada uno de nosotros para recordarnos que no estamos abandonados. Procuremos encontrar tiempo para entrar en la compañía sonora que habita en nosotros y disfrutaremos del don recibido.

Con la bendición y el afecto de vuestro obispo y servidor,

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