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Jesús Sánchez Adalid: «La literatura puede ser entendida como una forma de misión»

En su última novela, Tres halcones para Tamerlán, reivindica el encuentro entre mundos y culturas diversas a través del histórico viaje de un embajador español a Samarcanda en el siglo XV para cumplir un encargo del rey Enrique III

En el muy poblado panorama de la novela histórica española, pocos perfiles resultan tan exclusivos como el de Jesús Sánchez Adalid (Don Benito, Badajoz, 1962). Exjuez, escritor y párroco de pueblo, ha sido distinguido con premios como el Fernando Lara o el Alfonso X el Sabio, y traducido a nueve idiomas, si bien se muestra consciente de que el éxito es frágil como un aleteo en medio de una tempestad en el Caspio. En Tres halcones para Tamerlán (HarperCollins), Sánchez Adalid rescata una joya diplomática olvidada: el envío de tres aves regias desde Segovia hasta la corte del conquistador más temido de Asia, atravesando las ruinas de Troya y el fulgor de Bizancio. Para este hombre, que vistió las puñetas de juez antes que la casulla, la escritura no es un refugio, sino una extensión de su misión, una vocación complementaria a su ministerio. Conversamos con este buscador de luz que ha hecho de la historia un puente entre culturas y un faro para las sombras que acechan nuestro presente.

—Fue juez antes que sacerdote y escritor: ¿cómo conviven el derecho, la teología y la literatura en su interior?
—Son tres formas de acercarse a la realidad. El derecho busca el orden y la justicia; la teología, el sentido último; la literatura, la expresión de lo humano en toda su riqueza. Lejos de contradecirse, son caminos que se iluminan mutuamente. Cada una corrige los posibles excesos de las otras y contribuye a una mirada más completa y más equilibrada. Siempre doy gracias a Dios por haber tenido esta formación en mi vida.

—En su última novela, recupera la misión de Ruy González de Clavijo a Samarcanda. ¿Qué tiene esta gesta del siglo XV que pueda hablarle al lector del siglo XXI?
—La embajada de Ruy González de Clavijo posee una sorprendente actualidad. Más allá de su valor histórico, fue un auténtico encuentro entre mundos distintos: Oriente y Occidente, culturas, lenguas y religiones diversas. Y ese encuentro, con todo lo que implica de asombro, dificultad y aprendizaje, sigue siendo hoy una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo. El lector del siglo XXI puede reconocerse en ese viaje, porque en el fondo seguimos siendo buscadores. Vivimos en un mundo cercano, merced a la globalización, pero no siempre verdaderamente comprendido. La experiencia de Clavijo nos recuerda que el conocimiento del otro exige tiempo, humildad y una sincera apertura interior.

Además, toda travesía exterior encierra un itinerario interior. En la novela he querido reflejar ese proceso: el camino de un joven que, al recorrer el mundo, va descubriendo también su propia alma, enfrentándose al misterio, a la belleza y a la fragilidad de la vida.

—Ese joven que usted cita es Alvar, un joven aprendiz de halconero, y el protagonista. ¿Por qué elegir la mirada de un muchacho para narrar un viaje de tal magnitud histórica y geopolítica?
—Porque la juventud tiene una cualidad insustituible: la capacidad de asombro. Un gran acontecimiento histórico, visto desde una mirada excesivamente madura, corre el riesgo de quedar reducido a análisis o estrategia. En cambio, a través de Alvar, todo recupera su frescura original: el descubrimiento del mundo, el desconcierto ante lo desconocido, la emoción de lo nuevo.

Aquel viaje no solo fue una misión diplomática, sino también una irrupción en un universo absolutamente distinto. A los ojos de un muchacho castellano, como Alvar, Oriente se despliega como un mundo fascinante y casi inabarcable: animales nunca vistos —jirafas, elefantes, grandes manadas de camellos…—, ciudades deslumbrantes, mercados llenos de colores y lenguas desconocidas, y, sobre todo, la corte del gran Tamerlán, con su ceremonial, su riqueza y su poder, que debía de causar una impresión difícil de describir con palabras.

El muchacho no interpreta inmediatamente; primero contempla, se deja afectar, interpelar. No juzga, sino que acoge lo que ve con una mezcla de admiración y perplejidad. Y esa disposición interior permite que el lector entre en la historia no como espectador distante, sino como compañero de camino, participando de esa sorpresa primera que abre, poco a poco, a una comprensión más profunda.

—¿Qué le aporta la labor pastoral a la hora de construir la psicología de sus personajes?
—La vida pastoral es una escuela permanente de humanidad. En ella, uno entra en contacto con lo esencial: el dolor, la esperanza, el miedo, la fe, la fragilidad… Todo eso va configurando una mirada más compasiva y, al mismo tiempo, más verdadera.

En mi caso, además, nunca he dejado de ejercer una pastoral directa. Siempre tuve claro que mi vocación sacerdotal debía vivirse en cercanía real a las personas, en el trato cotidiano, acompañando a enfermos, jóvenes, familias, celebrando la vida y también sosteniendo en los momentos más difíciles. Esa presencia continua, en lo concreto de la existencia, me ha enriquecido profundamente como persona y como creyente.

Cuando escribo, no parto de teorías sobre el alma humana; sino de rostros concretos, de historias reales que, de algún modo, permanecen en la memoria. Son vivencias que han pasado por el corazón y que, con el tiempo, se transforman en materia narrativa. Eso da a los personajes una densidad que no es solo literaria, sino existencial, porque nace de una experiencia vivida, compartida y, en cierto modo, acompañada desde dentro.

—La fe aparece como un «ancla» para los viajeros. ¿Qué papel juegan Dios y la religión en medio de las tempestades físicas y políticas de la trama?
—En un contexto de incertidumbre constante, la fe no aparece como un discurso ni como una formulación abstracta, sino como un sostén vital. Es una presencia silenciosa que acompaña, orienta y da sentido incluso a aquello que, desde una lógica puramente humana, resultaría incomprensible.

Desde una perspectiva teológica, podríamos decir que la fe actúa como una forma de confianza radical: no tanto en la ausencia del peligro, sino en la presencia de Dios en medio de la historia. Los viajeros no quedan preservados de la prueba —ni de la enfermedad, ni del miedo, ni de las tensiones políticas—, pero viven todo ello desde una profundidad distinta, sostenidos por una esperanza que no depende únicamente de las circunstancias.

En este sentido, Dios no es un elemento accesorio dentro del relato, sino el fundamento último que da unidad a la experiencia. Su presencia no se impone de manera evidente, sino que se insinúa en los acontecimientos, en los encuentros, en los momentos de desolación y también en los de consuelo. Es, en cierto modo, una pedagogía discreta, en la que el hombre aprende a leer la realidad con una mirada más abierta al misterio.

Por eso, la fe funciona como un ancla: no como algo que inmoviliza, sino como aquello que permite atravesar la tempestad sin perder el sentido ni la dirección última de la vida.

—¿Qué tiene el Oriente que tanto ayuda a reflexionar sobre la búsqueda de la verdad?
—Oriente representa, en gran medida, una tradición espiritual especialmente abierta al misterio, menos reducida a lo inmediato y a lo utilitario. No se trata tanto de una idealización, cuanto de una sensibilidad distinta, en la que lo visible remite con mayor facilidad a lo invisible.

El encuentro con esas culturas obliga, de algún modo, a descentrarse. A tomar distancia de lo propio, no para diluirlo, sino para comprenderlo mejor. En ese contraste, uno descubre hasta qué punto la verdad no es una posesión cerrada, sino una realidad que se busca, que se acoge y que, en cierto modo, siempre nos precede.

En este sentido, resulta muy sugerente aquella intuición de san Agustín cuando afirma que la verdad no está fuera de nosotros como algo ajeno, sino que nos habita en lo más profundo. El contacto con Oriente, con su riqueza simbólica y espiritual, puede ayudar precisamente a ese movimiento interior: a pasar de una mirada superficial a una mirada más contemplativa, más abierta al misterio.

Así, el Oriente no es solo un lugar geográfico, sino también una experiencia que invita a ensanchar el alma. Y en ese ensanchamiento, lejos de perderse, la propia identidad se purifica y se afirma con mayor hondura. Como alegoría, la luz que viene del Oriente funciona muy bien…

—¿Cómo ha influido su estudio de la cultura mozárabe en su visión de la cristiandad española?
—Me ha ayudado, ante todo, a comprender que la identidad cristiana en España no ha sido nunca monolítica, sino profundamente rica en matices, en tensiones fecundas y en diálogo con otras tradiciones. El testimonio de los mozárabes resulta particularmente valioso, pues supieron mantener viva su fe en un contexto cultural y religioso distinto, sin renunciar a su identidad, pero tampoco cerrándose al entorno en el que vivían. Esa forma de presencia, discreta y firme a la vez, revela una madurez espiritual que resulta muy iluminadora.

En tiempos como los nuestros, no exentos de polarizaciones, esta herencia ofrece una enseñanza muy actual: la posibilidad de vivir una identidad clara y, al mismo tiempo, abierta; arraigada, pero no excluyente. Una identidad que no teme el encuentro, porque está sostenida desde dentro.

—¿De qué manera puede evangelizar una novela histórica? ¿Es la literatura una forma de misión?
—La literatura no evangeliza en el sentido directo y explícito de la predicación, pero sí puede abrir caminos hacia ella. Tiene la capacidad de suscitar preguntas, de despertar en el lector el deseo de verdad y de mostrar, de forma encarnada, la belleza de una vida orientada hacia el bien.

Desde una perspectiva más teológica, podríamos decir que la narración participa de esa lógica de la mediación que atraviesa toda la historia de la salvación: Dios se comunica a través de lo humano, de lo concreto, de las historias. En ese sentido, una novela histórica, cuando es fiel a la verdad del hombre, puede convertirse en un espacio donde lo trascendente se deja entrever sin imponerse.

En un mundo en el que el lenguaje religioso no siempre es acogido, la literatura ofrece una vía más indirecta, pero también más respetuosa con la libertad del lector. No propone, sugiere; no impone, insinúa. Y precisamente por eso puede tocar dimensiones profundas que a veces permanecen cerradas ante otros discursos.

Así, la literatura puede ser entendida como una forma de misión, no en clave de afirmación explícita, sino como una siembra discreta. Una semilla que, en el silencio de la conciencia, puede abrirse a la acción de la gracia y dar fruto en el tiempo oportuno.

—¿Qué le diría a un joven católico que siente la llamada a las artes pero teme no encajar?
—Le diría, ante todo, que no tenga miedo. La llamada a la belleza no es algo secundario ni accesorio: es, en el fondo, una forma de participación en la obra creadora de Dios. Cuando un joven siente esa inquietud por el arte, por la palabra, por la música o por cualquier forma de expresión, está respondiendo, muchas veces sin saberlo, a una llamada que tiene una raíz muy profunda.

Entiendo que pueda surgir el temor a no encajar, especialmente en un ambiente donde a veces parece que fe y cultura van por caminos separados. Pero precisamente por eso su vocación es necesaria. El mundo necesita hombres y mujeres que, desde dentro de la vida cultural, sean capaces de dar testimonio con naturalidad, sin estridencias, de una mirada más luminosa sobre la realidad. Lo importante es vivir esa vocación con verdad, sin ocultar lo que uno es, pero también sin imponerlo. El arte auténtico nace de la sinceridad interior y, cuando está bien arraigado, se convierte en un puente: abre espacios de encuentro, de belleza, de profundidad.

—Al terminar la novela, ¿qué le gustaría que el lector guardara en su corazón?
—Quizá una intuición sencilla, pero esencial: que la vida es un camino, y que en ese camino no estamos solos. Que, más allá de las distancias, diferencias y dificultades, existe una llamada silenciosa a la verdad, a la belleza y al bien que merece ser escuchada, que no siempre se impone con claridad, pero que se va desvelando en la medida en que uno camina con sinceridad. Volvamos a san Agustín: el corazón del hombre está inquieto hasta que descansa en aquello que verdaderamente le da plenitud. 

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