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León XIV invita, desde la tumba de san Agustín, a recuperar el fervor misionero: «Lo esencial es vivir con Cristo»

El Papa visitó la basílica de Pavía en el marco de las peregrinaciones pastorales que está llevando a cabo por el primer aniversario de su pontificado

Dentro del mosaico de visitas pastorales que el papa León XIV está realizando entre mayo y agosto con motivo de su primer aniversario como Pontífice, el Santo Padre se desplazó el pasado fin de semana hasta la ciudad de Pavía, en el norte de Italia. El epicentro de la jornada fue la basílica de San Pietro in Ciel d’Oro, joya del románico lombardo citada por Dante en la Comedia y donde reposan desde el año 722 los restos mortales de san Agustín. En tan insigne lugar, el Papa presidió una Liturgia de la Palabra.

Ante una asamblea entregada, León XIV definió a la Iglesia de Pavía como «una comunidad de antigua tradición que permanece viva y presente en la ciudad y en el territorio, atenta a los signos de este tiempo y a sus desafíos, sin dejarse desalentar por las fatigas, por el contexto secularizado y por las dificultades en la transmisión de la fe». Esta visita, que forma parte de una intensa serie de peregrinaciones, supone para León XIV una verdadera peregrinación personal. No en vano, en su primer saludo tras ser elegido, se definió a sí mismo como «hijo de San Agustín».

Este viaje a la ciudad lombarda no es un hecho aislado, pues, con motivo del primer aniversario de su elección, León XIV ha diseñado un itinerario que combina la devoción mariana en Pompeya, el compromiso social en las denominadas «Tierras de los Fuegos» en Acerra y el drama migratorio en Lampedusa. Sin embargo, Pavía emergía como un lugar privilegiado en este mapa de afectos y espiritualidad, permitiendo al Sucesor de Pedro profundizar en la herencia de aquel obispo de Hipona que ha marcado su propio camino vital, teológico y ministerial.

Durante su homilía, el Santo Padre articuló un mensaje centrado en la identidad cristiana. Tomando como base la figura de la piedra angular, recordó que la vitalidad de la Iglesia depende exclusivamente de su unión con Jesús. «Cristo es el fundamento del edificio espiritual, es la piedra angular colocada como base de nuestro camino eclesial, de la acción pastoral y de la evangelización», subrayó con firmeza.

Seguidamente, advirtió sobre el riesgo de que las comunidades se pierdan en el mero activismo o en estructuras heredadas que ya no comunican vida. Aunque reconoció las múltiples urgencias de la vida diocesana, insistió en la necesidad de «reconducir todo al centro» para «impedir que nuestras acciones resulten dispersivas, centradas únicamente en nosotros mismos y en nuestros esfuerzos». Y fue especialmente directo en lo relativo al clero y a la vida consagrada, a quienes pidió evitar el agotamiento administrativo. «Lo esencial es vivir con Cristo, y difundir su Evangelio es lo que debe preocuparnos. Lo recomiendo ante todo a los presbíteros, que a veces pueden sufrir el sentido de dispersión interior y de cansancio por las múltiples obligaciones: vuelvan siempre al centro», les exhortó.

Dentro de los muros de la basílica, el Papa quiso dedicar también unas palabras específicas a los religiosos y religiosas, enfrentados hoy al complejo reto de actualizar sus carismas originales sin perder su esencia. Les animó a volver constantemente a la fuente para poner sus dones al servicio de la Iglesia diocesana, recordando que la comunión es la única vía para que el testimonio sea creíble en una sociedad que, a menudo, parece haber perdido el «gusto espiritual» por lo sagrado.

Así las cosas, León XIV propuso también la interioridad como el antídoto necesario para el hombre moderno, fragmentado por la inmediatez. Y explicó que la búsqueda de la verdad sigue siendo un anhelo humano universal: «La necesidad de volver a entrar en uno mismo, de no dispersarse en la fragmentación exterior, de buscar y encontrar un sentido que oriente nuestra vida y anime nuestras relaciones, es una exigencia común a todos: hoy reaparece de diversas maneras incluso en la prisa y en la dispersión de la vida cotidiana, especialmente en los interrogantes de los más jóvenes».

El Pontífice mostró asimismo una aguda sensibilidad ante el contexto actual, describiendo una realidad donde la propuesta de fe ya no resulta automáticamente atractiva para muchos. En este sentido, instó a la comunidad a no dejarse ganar por el pesimismo ante el ambiente secularizado que dificulta la transmisión de los valores cristianos, insistiendo en que la Iglesia no debe ser un museo de seguridades heredadas, sino una comunidad capaz de «hacer emerger la belleza de la fe» para la sociedad civil, ofreciendo respuestas a los interrogantes más profundos que surgen en medio de la cotidianeidad.

De este modo, invitó a los fieles a recuperar el fervor misionero. Según León XIV, los cristianos deben recuperar la alegría de su mensaje, pues «estamos llamados a llevar el anuncio del Evangelio, un anuncio gozoso y liberador de Jesucristo, que haga emerger la belleza de la fe para nuestra vida y para nuestra sociedad», señaló, añadiendo que existe una «necesidad, hoy, de acompañar a las personas al descubrimiento o redescubrimiento de la fe».

Para el Sucesor de Pedro, ser «piedras vivas» significa estar profundamente insertos en la realidad de los hombres. «Estamos llamados a ser una Iglesia bien arraigada en el territorio, una Iglesia que camina en medio de las fatigas y las esperanzas de la gente, experta en el arte de escuchar y de acompañar, cuidando las relaciones con las familias, con aquellos que se preparan para recibir los sacramentos y también con quienes se acercan esporádicamente o están alejados de la vida de fe», concluyó.

La jornada finalizó con un envío misionero cargado de esperanza. Antes de abandonar la basílica, el Pontífice recordó a los fieles que la verdadera vitalidad espiritual no nace de estrategias de organización, sino de la escucha asidua de las Escrituras. Según sus propias palabras, es este contacto con lo divino lo que «genera vitalidad espiritual, estimula el testimonio en los ambientes de vida e impulsa a hacerse prójimos de los pobres».

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