El papa León XIV va revelando, con sus palabras y sus obras, el carisma que ha recibido del Espíritu Santo. El obispo de Roma ejerce un ministerio singular, asistido de manera especial por los dones que Dios concede a su pueblo. Basta observar los últimos pontificados con esa mirada para advertirlo con claridad.
Benedicto XVI protagonizó un pontificado ad intra, orientado principalmente hacia la vida interna de la Iglesia. El Papa teólogo fortaleció los fundamentos doctrinales del catolicismo frente a los vientos cambiantes de ideologías ajenas al Evangelio, especialmente el relativismo, y afrontó las profundas heridas provocadas por los abusos y su encubrimiento. Sin embargo, su magisterio fue con frecuencia malinterpretado fuera de los ámbitos eclesiales, e incluso por algunos que, estando dentro de la Iglesia, «estaban fuera». Pocos pontífices han sufrido tal deformación pública.
Francisco encarnó, por el contrario, un pontificado ad extra. Dirigió su mirada hacia las periferias y presentó al mundo una Iglesia de puertas abiertas. Fue el Papa de los pobres, de los excluidos y de los olvidados. También un Papa de entrevistas, documentales y foco; un pontífice capaz de despertar simpatía entre periodistas, líderes políticos y personas que, en principio, se mostraban distantes o incluso contrarias a la Iglesia. Fue el Papa de los puentes y de la misericordia, especialmente atento a quienes se encontraban fuera. Hizo especialmente visible esa dimensión del Evangelio que recuerda que no necesitan médico los sanos, que hay más alegría por un pecador que se convierte y que los últimos pueden preceder a los primeros en el Reino. Su dificultad, sin embargo, fue que una parte significativa de los católicos no siempre comprendió sus gestos, sus prioridades o su lenguaje.
El carisma de León XIV comienza ya a perfilarse con nitidez. Su reciente visita a España ha permitido vislumbrarlo. Es un Papa que busca unir lo de dentro y lo de fuera, tender puentes entre la Iglesia y el mundo sin diluir la identidad de ninguno de los dos. Su carisma parece ser, precisamente, la unidad.
Posee una capacidad conciliadora que favorece el encuentro, pero sin caer en la ambigüedad ni en la complacencia. Es cercano sin ser superficial, dialogante sin renunciar a la verdad, sereno sin dejar de ser valiente. Hay en él una forma singular de liderazgo: resulta carismático sin apoyarse en un carisma personal. Quizá ahí resida una de las claves más reveladoras de su pontificado.
El largo aplauso recibido en el Congreso, tras una intervención profundamente arraigada en el Evangelio y, al mismo tiempo, exigente y provocadora para todos, difícilmente puede explicarse solo por razones humanas. Para quien mira con ojos de fe, es también un signo de ese don de unidad que el Espíritu parece haber querido regalar hoy a la Iglesia a través de León XIV.







