El primer domingo de julio celebramos nuevamente la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico, una iniciativa de la Conferencia Episcopal Española, en pleno inicio de los desplazamientos de verano y muy cerca de la festividad de san Cristóbal, patrono de los conductores y transportistas, que celebramos cada 10 de julio.
Esta jornada nos recuerda que la carretera no es solo una vía para transitar, sino también un lugar donde se pone a prueba nuestra humanidad, nuestro respeto por los demás y nuestra mansedumbre. Conducir es una responsabilidad moral, ya que nuestras acciones pueden afectar gravemente a los demás. Detrás de cada volante hay una persona, una familia, una historia y un camino por recorrer.
En el mensaje del año pasado para esta jornada recordábamos que, cuando preparamos un viaje, antes de salir a la carretera, «no se puede dejar nada al azar cuando hay vidas humanas en juego». Esta afirmación sigue siendo plenamente actual. Vivimos en una sociedad acelerada, marcada a menudo por las prisas, la distracción y el estrés. La velocidad excesiva, la falta de atención, un mantenimiento inadecuado del vehículo, el uso irresponsable del teléfono móvil o la conducción bajo los efectos del alcohol y otras sustancias pueden convertir un instante de imprudencia en un drama.
La prudencia, la paciencia y el respeto no son solo virtudes loables en la conducción; son auténticas expresiones de caridad cristiana. También en la carretera estamos llamados a amar al prójimo. Cada vez que cedemos el paso, respetamos un límite de velocidad o conducimos con serenidad, estamos protegiendo nuestra vida y la de los demás, y contribuimos así al bien común.
Esta jornada quiere ser también un reconocimiento sincero a todas las personas que trabajan cada día al servicio de la movilidad y de la seguridad en la carretera: conductores profesionales, trabajadores de las carreteras y de las estaciones de servicio, agentes de tráfico, bomberos, personal sanitario, etc. Su labor es imprescindible y merece gratitud y apoyo.
La tradición cristiana ha conservado también la buena costumbre de bendecir los vehículos y encomendarse a Dios antes de iniciar un viaje. Cuando nos ponemos en camino, reconocemos que necesitamos la protección del Señor y le pedimos saber actuar con responsabilidad.
Este verano habrá, como cada año, muchos vehículos en la carretera. Recemos para que todos podamos disfrutar del trayecto y regresar a casa sanos y salvos. Recemos también por las víctimas de los accidentes de tráfico y por sus familias. Detrás de cada siniestro hay dolor, ausencias y heridas que muchas veces duran toda la vida. Por eso, prevenir accidentes es también una obra de misericordia y una exigencia de nuestra conciencia.
Queridos hermanos y hermanas, que santa María, modelo de prudencia, y san Cristóbal intercedan por todos nosotros. Y que el Señor bendiga nuestros caminos para que sean siempre espacios de vida, de respeto y de esperanza.







