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Gemma Morató: «En una cultura dominada por la urgencia, León XIV parece reivindicar el tiempo del discernimiento»

Autora de varios libros centrados en la vida consagrada, la comunicación y la espiritualidad, la religiosa dominica publica León XIV. El Papa bisagra

Religiosa dominica de la Presentación, sor Gemma Morató Sendra (Reus, 1972) vive una vocación arraigada en la misión a través de la comunicación, la educación y el acompañamiento a la vida religiosa. Profesora en la Facultad de Comunicación y Relaciones Internacionales Blanquerna, así como en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Don Bosco, dirige el Proyecto María, Reina de la Paz en Barcelona, y coordina la presencia digital de su congregación. Es autora de varios libros centrados en la vida consagrada, la comunicación y la espiritualidad, presenta ahora León XIV. El Papa bisagra.

—¿En qué momento decidió que el pontificado de León XIV acumulaba ya una entidad suficiente o que el nuevo Papa se había mostrado tanto como para escribir este libro?
—No lo decidí yo, fue la Providencia. Esta me fue llevando por varias peticiones editoriales que acepté con gusto, pues siempre había pensado que era interesante seguir a un Papa desde los inicios con todo lo que dice, publica, etc. Hay pontificados que se explican por las decisiones que toman y otros que ya hablan por el modo en que comienzan. León XIV, desde sus primeras palabras (escritas en un papel, cosa inaudita) y gestos, mostró un estilo propio: una manera de escuchar, de hablar y de situarse en la Iglesia.

—Establece su metáfora de la bisagra a partir de la energía arrolladora de Francisco. Como salida de esta bisagra, ¿qué espera del momento futuro de la Iglesia tras León XIV?
—Una bisagra no es un punto de llegada, sino el elemento que permite abrir una puerta sin romper la anterior. Francisco abrió muchos procesos y puso en marcha una profunda renovación pastoral. León XIV puede ser quien los consolide, los ordene y los haga madurar. No espero una Iglesia distinta, sino una Iglesia capaz de integrar el impulso profético con la estabilidad institucional. Esa es la función de una bisagra: unir sin fracturar.

—¿Qué rasgo de la personalidad de Robert Prevost considera decisivo para entender su pontificado? ¿Qué ha descubierto de él durante la investigación que le haya sorprendido?
—Su capacidad de escucha. Es una escucha serena, profundamente agustiniana, que no busca protagonismo, sino discernimiento. Me sorprendió descubrir hasta qué punto quienes han trabajado con él, especialmente en Perú, coinciden en describirlo como una persona cercana, prudente y capaz de generar comunión. En un tiempo tan polarizado, esa cualidad puede resultar más revolucionaria que muchos discursos.

—¿Qué se ha visto de León XIV a su paso por España que no se hubiera visto hasta entonces? ¿Se ha visto algo que probablemente no se vuelva a ver en este Papa durante algún tiempo?
—España permitió descubrir al Papa (algunos decían que no salía, que no se hablaba de él) y lo encontramos muy cercano, más de lo que muchos imaginaban. Se le vio cómodo entre la gente, con capacidad para emocionarse, para improvisar encuentros y para dejar que los gestos hablaran tanto como las palabras. Quizá lo más excepcional fue precisamente la novedad: el descubrimiento mutuo entre un Papa recién elegido y un pueblo que todavía estaba aprendiendo quién era. Esa primera mirada siempre es irrepetible. Ha sido una visita magnífica.

—¿Cree que es un error interpretar cada gesto del nuevo Papa comparándolo constantemente con su predecesor o en este caso es más bien inevitable?
—Sí, yo desde el inicio intenté no hacerlo; en realidad me molesta, aunque en cierta manera entiendo que es inevitable para muchos, pero sería un error permanecer ahí. Francisco fue una personalidad enorme y dejó una profunda huella comunicativa. Sin embargo, ningún Papa puede ser comprendido únicamente por contraste con otro. León XIV necesita ser leído desde su propia identidad, su espiritualidad agustiniana y su experiencia misionera. La Iglesia gana cuando deja de buscar continuidades o rupturas simplistas y descubre la originalidad de cada pontificado. Y sobre todo, y como digo en el libro, el Espíritu Santo estaba allí.

—¿Cuál cree que será la palabra que defina este pontificado dentro de diez años?
—Si tuviera que escoger una sola palabra, sería comunión. No una comunión entendida como uniformidad, sino como la capacidad de mantener unida a una Iglesia diversa, escuchando sensibilidades distintas y buscando siempre el encuentro.

—¿Cuál es el principal reto que ha recibido León XIV como bisagra?
—El de que la Iglesia no se polarice, pues está sufriendo los mismos embates que la sociedad, por eso es necesario ser bisagra. También, ayudar a que los grandes procesos abiertos por Francisco no dependan ya de la personalidad de Francisco. La sinodalidad, la reforma de la Curia, la lucha contra los abusos o la atención a las periferias necesitan institucionalizarse y convertirse en cultura eclesial. Desafíos bien complejos.

—León XIV parece menos espontáneo que Francisco: ¿es eso una ventaja o, más bien, un inconveniente?
—Depende del momento histórico. Francisco necesitó romper inercias y utilizó la espontaneidad como un lenguaje pastoral. León XIV parece optar por una comunicación más reflexiva y medida, pero miremos qué pasa los martes en Castel Gandolfo, allí está el Papa espontáneo, ¿lo escuchamos? No es mejor ni peor; responde a otra necesidad. A veces, la serenidad comunica tanta autoridad como la espontaneidad.

—Hoy, un Papa comunica tanto por sus silencios como por sus discursos. ¿Qué cree que ya está diciendo León XIV sin haberlo verbalizado?
—Está diciendo que no todo necesita una respuesta inmediata. En una cultura dominada por la urgencia, él parece reivindicar el tiempo del discernimiento. Sus silencios transmiten que gobernar la Iglesia no consiste en reaccionar a cada titular, sino en escuchar, orar y decidir con profundidad. Y de pronto veremos caminos recorridos y no nos habremos enterado.

—¿Qué riesgos comunicativos debería evitar este Papa?
—Debería evitar que el deseo de precisión termine convirtiéndose en distancia. Francisco asumía el riesgo de hablar mucho; León XIV podría correr el riesgo contrario: que el exceso de prudencia deje espacio para interpretaciones ajenas. Hoy, la comunicación exige claridad, cercanía y contexto. Pero para mí no es tanto él, sino sus asesores mediáticos, o el engranaje mediático vaticano que debe ayudar en hacerlo visible, traducirlo si conviene, pues en la reciente visita a España se ha visto que no le falta claridad.

—¿Qué espera la sociedad de un Papa que quizá la Iglesia no debería intentar ofrecer?
—Con frecuencia se espera que el Papa actúe como un líder político global, ofreciendo soluciones inmediatas a problemas sociales o geopolíticos. Sin embargo, la misión del Papa no es sustituir a los gobernantes, sino ofrecer una mirada ética, espiritual y profundamente humana. La Iglesia pierde su identidad cuando pretende responder con lógica política a preguntas que son esencialmente evangélicas.

—Si pudiera hacerle una sola pregunta al papa León XIV durante una conversación privada, ¿cuál sería?
—Uy, qué difícil. Quizás le preguntaría: ¿cómo hacer para vivir siempre fiados del Señor, sin titubeos ni dudas, y crecer en fe y humildad?

—Si dentro de cinco años alguien dijera «León XIV ha decepcionado», ¿qué cree que habría tenido que ocurrir?
—Alguien es posible, pero será solo alguien. Supongo que la mayor decepción sería que dejara de ser fiel a sí mismo por intentar satisfacer todas las expectativas. Un Papa nunca puede responder a todos los deseos que se proyectan sobre él. Fracasaría si gobernara desde el miedo o desde el cálculo, y no desde el discernimiento evangélico.

—¿Qué decisión cree que deberá tomar León XIV antes de que termine su pontificado y que marcará la historia de la Iglesia?
—Más que una decisión concreta, creo que deberá consolidar una forma de gobernar. Si consigue que la sinodalidad deje de ser un acontecimiento y se convierta en un modo ordinario de vivir y decidir en la Iglesia, habrá dejado una huella histórica. Las grandes transformaciones no siempre nacen de un documento; a veces nacen de un estilo que termina impregnando toda la vida eclesial. Y ojalá aquí la vida consagrada tome ejemplo y delantera.

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