La Universidad Católica de Murcia estrena en septiembre su nuevo campus en Madrid con cinco nuevos grados y la misión de siempre: evangelizar
La Universidad Católica de Murcia (UCAM), fundada hace ahora 30 años por José Luis Mendoza, se abre a un nuevo reto: la apertura de un campus en Madrid. En Torrejón de Ardoz, donde ya se ha establecido, ofrecerá desde septiembre cinco grados universitarios, centrados, sobre todo, en nutrición, deporte y salud. Una nueva apuesta que se añade a los campus de Murcia, Cartagena y Málaga, sumando como resultado un total de 22.000 alumnos. Además de esta ingente actividad, sostiene y gestiona el Pontificio Instituto Juan Pablo II en su sección extraurbana de Madrid. Se trata de una oferta académica que no renuncia a la identidad católica, sino que la hace presente de manera transversal. Porque esta universidad, dice a ECCLESIA su presidenta, María Dolores García Mascarell, tiene una misión: la evangelización. Es un carisma muy presente en la propia familia, muy numerosa, a través del Camino Neocatecumenal.
—La UCAM cumple 30 años. ¿Qué recuerda de los inicios?
—Después de organizar cursos de posgrado con distintas universidades y de crear la Fundación Universitaria San Antonio, mi esposo, José Luis Mendoza, pensó en crear una universidad. Pero ese deseo se quedó en pausa un tiempo, pues fuimos enviados como familia en misión a República Dominicana. Al volver, retomó el proyecto. Su idea era crear un centro adscrito, pero le dijeron que, tal y como había dispuesto Juan Pablo II, los laicos podían llevar adelante una universidad católica con el visto bueno del obispo. Don Javier Azagra, entonces obispo de Cartagena, vio con buenos ojos el proyecto. «Creo que es de Dios y va a venir muy bien para llegar a los jóvenes de hoy», nos dijo. Y, así, comenzaron las gestiones para crear la universidad. Además, coincidió que don Antonio Cañizares también quería arrancar una universidad en Ávila, y las dos salimos adelante.
—¿Cuál era la principal motivación?
—Veníamos de estar en un equipo de catequistas de jóvenes y adultos y veíamos una gran necesidad de llegar a los jóvenes y de mostrarles el Evangelio, de ofrecerles toda la sabiduría de la Iglesia. Era una oportunidad para dar una formación integral, que incluyese el conocimiento más técnico, pero siempre con la luz del Evangelio. En la universidad pueden convivir fe y razón, porque la razón es iluminada por la fe, y la fe enriquecida por la razón. Por eso, en nuestros planes de estudio incluimos materias de teología y doctrina social de la Iglesia o asignaturas como Ética o Bioética. Buscamos formar profesionales competentes y entregados a una vocación de servicio a la sociedad.
—En el lado más personal, ¿cómo han vivido la gestión de este gran proyecto que es la UCAM con la vida de una familia numerosa?
—Hemos sido una familia muy tradicional, en el sentido más estricto de la palabra. Yo he estado muchos años dedicada a la crianza de los hijos. Y el Señor nos ha bendecido. Le doy gracias por no haber tenido que lanzarme al mercado laboral. Esto me ha ayudado a estar pendiente de los niños, sobre todo en etapas clave como la adolescencia. Hemos intentado, frente a la adversidad de la sociedad, crear un clima en el que vivir la fe. En la familia, en la parroquia, en el colegio…
—En enero de 2023, asumió la presidencia de la UCAM tras el fallecimiento de su marido. ¿Cómo ha sido el paso de una vida más dedicada a la familia a liderar este proyecto educativo?
—Es una empresa familiar, y, por tanto, se habla en toda ocasión de ella. Así que yo estaba muy al tanto de todo, de las dificultades y de las alegrías. Ambas no son pocas.
—¿Qué distingue a una universidad católica como la UCAM de otras que no lo son?
—No nos escondemos. Llevamos en el nombre y apellidos nuestra identidad católica. Pongo un ejemplo concreto. Como decía, en todos los grados hay formación en teología y doctrina social. Muchos alumnos nos dicen al finalizar su formación que esas asignaturas son las que más les han impactado. Luego, hay quien viene a buscar a los capellanes para que los casen, y yo siempre añado que ojalá vengan cuando pasen por alguna crisis. Nuestras puertas están abiertas. Ellos han pasado por la universidad, ojalá que la universidad haya pasado por ellos, dejando huella.
—¿Cómo se ofrece la fe a los alumnos en la UCAM?
—Tenemos cada día la Eucaristía, la oración comunitaria, el rosario… Los jueves, la exposición del Santísimo. Además, cada año hay un grupo de alumnos que se forma para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana. Muchos descubren la verdadera Iglesia, que no es la que ven por la televisión. Así, hay jóvenes cuya vida se transforma. Recuerdo que, durante una visita a la universidad, el cardenal Ratzinger nos dijo que era importante educar en valores, en virtudes humanas, en emociones, pero que lo que realmente cambia la vida a los jóvenes es el encuentro con Jesucristo. Las peregrinaciones son un momento propicio para ello. Lo fue la visita de León XIV a España. Tuvimos la oportunidad de viajar a Madrid, tener un encuentro previo en nuestro campus de Torrejón y, finalmente, escuchar al Papa.
—Desde la atalaya privilegiada que es una universidad. ¿Cómo ve a los jóvenes? ¿Hay un renacer espiritual en ellos?
—Hay un renovado deseo de espiritualidad. A veces, es delicado, porque hay personas que se desvían hacia la new age. Pero también es verdad que hay jóvenes que entran en grupos como Hakuna, Emaús o incluso en el Camino Neocatecumenal. Hay una vuelta a la espiritualidad, porque la gente busca y no encuentra en el mundo lo que su alma anhela. Todos anhelamos ser saciados por la trascendencia, aunque no seamos muy conscientes de ello. Ojalá que este fenómeno no sea solo un deseo, sino que arraigue en la vida de las personas, de modo que sean transformadas.
—Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y ahora León XIV. ¿Cómo ha sido su relación con los Papas?
—El Señor siempre nos ha puesto en el corazón el deseo de fidelidad a Pedro, esté el Papa que esté. Un deseo de servir a la Iglesia, a la cabeza, a Pedro. Con Juan Pablo II tuvimos varios encuentros, con una audiencia personal incluida. A Benedicto XVI, como decía antes, lo conocimos antes de ser Papa. Nos apoyó mucho. Francisco hablaba mucho con José Luis durante su etapa como cardenal, pues coincidían en las reuniones del Pontificio Consejo para la Familia. Como purpurado era un hombre de pocas palabras, pero como Papa fue muy expresivo y expansivo. El Espíritu Santo siempre te da los dones que necesitas para llevar a cabo la misión en cada momento. A León XIV no lo hemos conocido, pero estuvo en Perú y nosotros organizábamos hasta la pandemia misiones con jóvenes en el país.

—Una de las señas de identidad de la UCAM es el deporte. ¿Por qué?
—Fue algo natural, porque mi marido era muy deportista. Viendo que en nuestra región había deportistas olímpicos que no podían compaginar su actividad con los estudios universitarios, empezó a echar una mano a algunos. Luego se alió con el presidente del Comité Olímpico Español, Alejandro Blanco, que tenía la misma inquietud, y lanzó una propuesta académica, la que ofrecemos hoy, para que puedan compaginar las dos actividades: deporte de alto nivel y formación.
—¿También se les ofrece la fe?
—Por supuesto. Los capellanes hacen su labor pastoral y muchos se han acercado a los sacramentos.
—Algunos son conocidos por el gran público…
—Te puedo decir que la nadadora Mireia Belmonte, campeona olímpica, nos pidió que fuéramos sus padrinos de Confirmación. Y fue una gran alegría. El deporte y la fe comparten muchos valores: la capacidad de renunciar a lo que me apetece, el sacrificio, tener clara una meta o un objetivo y lanzarse a ello. Y también formar equipo, pues en la Iglesia hacemos comunidad, nos salvamos mucho mejor si compartimos la fe.
—Mirando al futuro, ¿cuáles son los principales retos de la UCAM?
—El crecimiento sin perder de vista nuestros valores y objetivos, nuestra esencia de ser universidad católica. Para formar profesionales hay muchas universidades, pero no hay tantas que se centren en la formación integral de las personas y, sobre todo, que hagan una propuesta de anuncio de Jesucristo. Es nuestra misión y no queremos perderla.
—¿Y la inteligencia artificial?
—También. Está transformando la forma de aprender, de transmitir el conocimiento y hasta de examinar. Tiene aplicaciones que no están orientadas al bien, pero hay otras que pueden ser muy útiles. En cualquier caso, creo que las personas son insustituibles. Esto se ve claro en el anuncio del Evangelio. No va a haber inteligencia artificial que nos pueda sustituir, porque el testimonio de la fe es lo que toca el corazón del otro.
—¿Qué espera de su universidad en Madrid?
—Es una ventana de oportunidad para sumar profesorado —que sea gente de fe, que la viva y la transmita— y alumnos. Esperamos seguir aportando esta visión del hombre, que es hijo de Dios y al que Jesucristo ama tanto como para dar su vida por él.








