Acoge la exposición «Primada», que explica, a través de 350 obras maestras, por qué esta sede se convirtió en el eje del orbe católico
A estas alturas del año, cuando el sol de Castilla hornea el granito de sus murallas, Toledo, con su damero de sombras y ecos, conduce al visitante no solo por sus calles, sino a través del tiempo. Un tiempo sedimentado, más preciso que el de los mismos relojes, se desvela al abrir los cerrojos más antiguos de su catedral, la de Santa María, primada de España. Se rasga la clausura para una exposición de aniversario, «Primada», una muestra que conmemora, a través de 350 obras maestras, los 800 años de la primera piedra de este templo gótico, un ejercicio de arqueología espiritual y un despliegue estético abrumador que busca explicar por qué esta sede, y no otra, se convirtió en el eje del orbe católico hispano a lo largo de los siglos.
Días antes de la apertura oficial, los organizadores de la exposición reunieron a un grupo de periodistas bajo la Puerta del Mollete. El nombre, cargado de una caridad que casi se puede tocar, proviene de los panecillos que allí se repartían históricamente a los necesitados. Hoy, la puerta ejerce de umbral a un recorrido que serpentea por espacios catedralicios habitualmente vedados al turista.
El deán del cabildo, Juan Pedro Sánchez Gamero, nos invita a entrar en «el alma de la catedral», una estructura que ha necesitado de estos ocho siglos para completarse y que ahora, por primera vez, se deja leer como un libro abierto bajo la luz que resbala por los arbotantes. «Mi corazón está muy alegre, está que explota, hay que decirlo así», confiesa, con una voz filtrada por la acústica solemne del claustro.
Culto y devoción
La exposición, así las cosas, se divide en dos partes: «Primada I», que abarca desde 1226 hasta finales del siglo XV y comisariada por Javier Martínez de Aguirre, catedrático de Historia del Arte en la Universidad Complutense; y «Primada II», que abarca desde el siglo XVI hasta finales del XVIII, a cargo de Benito Navarrete Prieto, también catedrático de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid. Al primer bloque, centrado en la etapa medieval, corresponden las primeras cuatro secciones de la muestra —«Sede Primada», «Culto y devoción», «Dives toletana: los tesoros de la Primada» y «Tiempo, presencia y memoria»—, mientras que el segundo, dedicado a la Edad Moderna, incluye de la quinta a la octava: «Memoria capitular y topografía urbana», «Arte y cultura en la Catedral de Toledo», «Fabricando devoción, predicando santidad» y «Comitencia, coleccionismo y patronazgo». El nexo de unión entre ambas partes se sitúa en la Capilla de la Torre, donde se ha instalado un espacio tecnológico con pantallas que muestran piezas digitalizadas en tres dimensiones. En total, el recorrido expositivo supera los 2.000 metros cuadrados distribuidos por diversos espacios del templo.
Martínez de Aguirre camina con la seguridad de quien conoce cada sillar de la institución. «Estamos hablando de una hectárea y media de construcción», explica ante una maqueta monumental a escala 1:50 —un ingenio de 3×3 metros que resume la evolución del templo—, señalando cómo el proyecto inicial del maestro Martín superaba ya en ambición a cualquier catedral gótica de su tiempo.
La maqueta revela el diálogo, a veces armónico y otras no tan fluido, entre los distintos credos: la catedral se levantó sobre la antigua mezquita mayor, de la que aún se conservan un brocal de pozo y capiteles que Martínez de Aguirre señala con admiración, como si fueran los cimientos de toda una identidad toledana.
Al adentrarse en la «Sede Primada», el visitante puede contemplar el ajuar funerario del arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, el hombre que, junto al rey Fernando III, imaginó este gigante de piedra. «Se trata de uno de los ajuares eclesiásticos más ricos de la Europa medieval», subraya Martínez de Aguirre, destacando asimismo que las telas fueron tejidas en el al-Ándalus islámico. La paradoja es evidente: el gran heraldo de la cristiandad fue enterrado envuelto en los refinamientos propios de sus enemigos.
Sin embargo, la pieza que atrae aquí las miradas mejor formadas es la Biblia de San Luis. Custodiada bajo tres llaves desde el siglo XIII, esta obra cumbre de la miniatura francesa cuenta con más de 4.800 escenas iluminadas. Con una honestidad desarmante, el comisario admite que «es una obra que todos conocemos por el facsímil, pero el original yo no lo había visto hasta ahora… Y la mayor parte de la gente no lo ha visto en su vida». La viveza de los azules y oros de sus páginas, expuestas bajo una luz controlada, parece ignorar que han pasado ocho siglos desde que fueron trazados.
El recorrido se vuelve más íntimo a medida que asciende hacia el claustro alto por la escalera de Tenorio. Arquetas, relicarios y objetos profanos que se reconvierten en accesorios religiosos conforman el tesoro de la Dives toletana, ese aura de Toledo, la Rica, más que como una ostentación vacía, como un depósito de memoria transcultural, capaz de asimilar y sacralizar lo que otros habrían destruido.
El plato fuerte de esta sección es, sin duda, la Custodia de Enrique de Arfe. Instalada en una vitrina que permite rodearla a pocos centímetros, la pieza de plata parece un bosque gótico microscópico donde la luz estalla y se fragmenta de manera infinita.
Con el paso de la primera a la segunda parte de la muestra, el visitante pasa de una exposición de la estructura y el origen a una verdadera narración de drama y poder. Y en esta transición, el normalmente discreto papel de la bisagra pasa a ser el hito fundamental con la figura del cardenal Cisneros. Históricamente, su mandato (1495-1517) simboliza el poder y la espiritualidad de un tiempo en plena transformación.
Bajo su mecenazgo, la catedral comenzó a adoptar los lenguajes artísticos que marcarían los siglos posteriores, siendo el principal promotor de Juan de Borgoña. Ejemplo de sus aspiraciones es la decoración de la Sala Capitular, que se considera una obra cumbre del Renacimiento europeo. La muestra exhibe piezas de enorme valor vinculadas directamente a su deseo de engrandecer el templo, como La manga de cruz procesional —una de las piezas litúrgicas más destacadas y que sigue utilizándose en el Corpus Christi— y los cuatro tapices de los reposteros de los Reyes Católicos, así como sellos, documentación y otros atributos que distinguían su autoridad como arzobispo metropolitano y primado. Por todo ello, Cisneros representa el ideal del arzobispo toledano que une la alta política —fue regente de Castilla— con la reforma eclesiástica.
«Lo que se quiere hacer en la Edad Moderna es convertir a la catedral en el relicario más importante de la cristiandad y un lugar de peregrinación obligado», explica Benito Navarrete Prieto frente a los lienzos de Francisco Ricci, que retratan la colocación de la primera piedra. La energía del comisario de esta segunda parte es llamativa, pero contagiosa. Agrega que estas pinturas no son meros registros históricos, sino «arquitectura efímera» que servía para prestigiar a la sede ante el resto del orbe católico.
De ahí, pasamos a lo que el comisario califica como la «esencia de la exposición»: en una tríada casi mística, cuelgan tres versiones de la Imposición de la casulla a san Ildefonso, nada menos que una talla policromada de El Greco y dos óleos de Velázquez y Zurbarán. Sobre el Velázquez, Navarrete suelta una de esas perlas que deleitan las curiosidades: «El rostro que aparece en la figura de san Ildefonso es el de Luis de Góngora. Porque Velázquez quería que Góngora le ayudara con la realeza». El arte, en Toledo, siempre ha sido moneda de cambio en los pasillos de la corte.

Devoción por la santidad
El recorrido por la Edad Moderna, así las cosas, está atravesado por la devoción de la catedral hacia sus santos patrones: san Eugenio, santa Leocadia y, sobre todo, como hemos visto, san Ildefonso. Navarrete nos detiene ante el relicario de Virgilio Fanelli, en su opinión, «el gran trauma de la catedral». «En el siglo XIII, se descubre que el cuerpo santo de la reliquia de san Ildefonso había aparecido en la iglesia de San Pedro, de Zamora», detalla, con tono de cronista. Durante siglos, los diferentes arzobispos intentaron recuperar el cuerpo sin éxito, hasta que, en 1673, un cantor de Zamora robó un hueso del brazo: «Es el único fragmento del cuerpo de san Ildefonso que tiene la catedral para superar ese trauma», concluye, señalando la pieza bajo el cristal.
Esta búsqueda de legitimidad histórica en la santidad alcanzó su punto álgido con la construcción del Ochavo, el santuario barroco diseñado para ser el relicario más hermoso de la cristiandad. Gracias a una maqueta de Fernández de Salazar, la exposición permite entender el proceso creativo de este espacio circular donde se concentraban las reliquias más preciosas, desde la espina de Cristo regalada por el archiduque Alberto de Austria hasta los restos de santa Leocadia traídos desde Flandes.
Uno de los momentos más sorprendentes de la visita lo brinda el encuentro con la mitra de plumas de Michoacán. Realizada por indígenas mexicanos en el siglo XVI, pero basada en grabados europeos del Libro de horas de Thielman Kerver, la mitra es una joya de la globalización temprana, ya que une la manufactura indiana en la forma de trabajar las plumas con un prototipo europeo.
Para el comisario Navarrete, este objeto simboliza el deseo de la Primada de ser ejemplo «incluso en América», extendiendo sus alas de influencia más allá de los límites de Europa. Al observar la iridiscencia de las exóticas plumas junto a los típicos bordados locales de la seda, el visitante comprende el orgullo de aquella Toledo del siglo XVII, capital espiritual de un imperio donde nunca se ponía el sol.
El recorrido de «Primada II» termina en el siglo XVIII con la figura del cardenal Lorenzana, «el último gran intelectual de la Ilustración» vinculado a la sede catedralicia, según Navarrete. Fue precisamente Lorenzana quien renovó el claustro y encargó a los mejores artistas de su tiempo —Maella, Bayeu, Goya— que actualizaran la iconografía de los santos locales.
La obra que despide al visitante es el Prendimiento de Cristo, de Goya, una pintura sin duda inquietante. El comisario nos pide fijar la mirada en el rostro de Jesús y en las sombras que lo rodean: «No quiere hacer uso del rojo de la túnica… Es un momento en su pintura completamente expresionista». Se trata de un tour de force al final de la escapada, una obra que, aunque respeta el encargo religioso, ya apunta hacia la modernidad, que presenta la conciencia de soledad del hombre frente a su destino, cerrando así, con este interrogante existencial, un recorrido de ocho siglos de arte.
Al salir del trascoro y regresar a la nave central, el peso y el paso de la historia se sienten de otra manera. El arzobispo de Toledo, monseñor Francisco Cerro Chaves, ha resumido la filosofía detrás de esta conmemoración: «La catedral primada no es únicamente un gran monumento heredado del pasado, sino un templo vivo». De acuerdo con sus palabras, el octavo centenario no debe ser solo una mirada al ayer, sino una invitación a redescubrir una belleza que sigue hablando al hombre contemporáneo.
En el centro del mapa europeo
Esta pretendida vitalidad se manifiesta en detalles técnicos: el programa de restauración ha intervenido en más de cien piezas específicamente para esta ocasión, rescatando del polvo, por ejemplo, tablas medievales y óleos sobre cobre del camarín de la Virgen del Sagrario que nunca habían sido vistos por el público. El presupuesto asignado —2,2 millones de euros— y un catálogo científico de 1.300 páginas son el testimonio material de un esfuerzo por devolver a Toledo al centro del mapa cultural europeo del siglo XXI.
La exposición «Primada» permanecerá abierta hasta el próximo 14 de octubre. Ocho meses para recorrer 800 años. Es un tiempo breve para una historia tan larga, pero suficiente para entender la eternidad.








