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Inteligencia artificial: desafío antropológico

La rápida adopción de esta tecnología plantea, además de interrogantes sobre el futuro del trabajo, la educación, los recursos naturales o la paz en el mundo, retos sobre la persona, sus capacidades y relaciones. El riesgo es devaluar lo humano

La inteligencia artificial se ha colado en nuestras vidas a una velocidad pasmosa. No han pasado ni cuatro años desde que se popularizó con el lanzamiento de ChatGPT. En poco tiempo se ha vuelto casi omnipresente. La utilizamos para hacer simples consultas o para analizar grandes cantidades de información. Para nuestra vida personal y también para el trabajo.

Según un informe de Microsoft, el 17,8 % de la población mundial en edad laboral usa la IA, aunque detrás de estas cifras hay una brecha entre el grupo de países que lideran su adopción, el norte, y los que están a la cola, el sur. En esto pocas cosas han cambiado. La IA, así, alcanza al 70,1 % de la población en Emiratos Árabes Unidos, el líder indiscutible, seguido por Singapur (63,4 %), Noruega (48,6 %), Irlanda (48,4 %), Francia (47,8 %) y España (44,2 %). Otro estudio, de la Universidad de Stanford, subraya que la adopción de la IA está siendo más rápida que la de los ordenadores personales o internet. De hecho, estima que el 53 % de la población global ya la usa, aunque, como Microsoft, recoge una brecha entre países. También, según Stanford, los países con mayor uso son Emiratos (64 %) y Singapur (61 %). Resulta curioso que EE. UU., líder en desarrollo tecnológico, ocupe en ambos estudios posiciones más rezagadas.

Además del uso, la IA está generando conversación a todos los niveles. No es para menos si la consideramos, como hace Luis Enrique Echarte, doctor en Neurociencia y profesor de Bioética en la Universidad de Navarra, como «una tecnología emergente disruptiva», al estilo de la rueda o la máquina de vapor. Y, por tanto, plantea interrogantes, como recoge el papa León XIV en Magnifica humanitas, sobre la verdad, el poder, la democracia, la educación, el trabajo, la economía, las relaciones humanas o la libertad. En definitiva, sobre la concepción del ser humano. ¿Qué es y qué no es la IA? ¿Qué consecuencias tendrá a nivel antropológico? ¿Hacia dónde se dirige la humanidad? ¿Nos superarán las máquinas? Sobre estas preguntas intentaremos reflexionar.

Son cuestionamientos que han aparecido a lo largo de la historia, fundamentalmente en el mundo de las humanidades, en la teología, la filosofía, la literatura y el arte. De hecho, la palabra robot aparece por primera vez, gracias a los hermanos checos Čapek, en una obra de teatro titulada R.U.R. Un texto que se ha reeditado en España hace no mucho gracias a la editorial Rosamerón. «Ahí están las claves de los problemas o buena parte de los dilemas que afrontaremos luego sobre los robots o la inteligencia artificial», afirma Fernando Bonete, profesor de la Universidad Nebrija y escritor, autor de La guerra imaginaria. Desmontando el mito de la inteligencia artificial con Asimov. Él mismo explica que, años más tarde, la robótica se presentaría como ciencia dentro de los relatos de Asimov. Y que la ciencia experimental empieza a sentar las bases de lo que hoy conocemos como inteligencia artificial, aunque no se llamaba así, gracias a Alan Turing. «Que el arte y la literatura hayan ido un paso por delante muestra que el asunto de fondo es más humano que técnico», añade.

¿A qué llamamos IA?

Pero antes de abordar todas estas cuestiones, hay que aclarar a qué llamamos inteligencia artificial y si realmente es inteligente. Alfredo Marcos, catedrático de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Valladolid, afirma que son sistemas digitales en los que podemos delegar el control de ciertos procesos. Cita, por ejemplo, actividades tan dispares como la redacción de un texto, hacer recomendaciones publicitarias, construir una imagen, gestionar armamento, conducir un automóvil o interpretar una imagen médica. Eso sí, lo que la población en general entiende por IA, explica, son los grandes modelos de lenguaje, «capaces de moverse en un océano de datos digitales y encontrar pautas lingüísticas de interés». Él es más partidario de llamarles sistemas de control delegado, sistemas de apoyo a la decisión o inteligencia ampliada. Prefiere no usar inteligencia artificial y evitar así la idea de que detrás hay alguien: «No hay nada que sea consciente, nada que entienda, nada que se pueda responsabilizar de las decisiones».

Y esto es importante, porque las palabras inteligencia y artificial tienen de por sí ya una carga semántica. Es una objeción que también manifiesta León XIV en la encíclica, al afirmar que hay que evitar el equívoco de equiparar esta «inteligencia» —se pone entre comillas— a la humana. Aunque, en este sentido, Marcos añade una variable más: dentro de los propios sistemas está el ser humano, pues hay que tener en cuenta a los diseñadores, desarrolladores, a los legisladores y a los propios usuarios, que con su uso entrenan a estas máquinas.

A este filósofo le gusta salirse de la historia típica de la inteligencia artificial, que narra los intentos, desde mediados del siglo XX, de construir máquinas que simulasen o incluso sustituyesen a la inteligencia humana. Un camino que ha ido sufriendo vaivenes y que ahora se encuentra en un momento de grandes expectativas. «Pero hay otra historia más interesante. Uno puede visualizar a toda la humanidad, desde que existen seres humanos, creando un patrimonio de sabiduría que se transmite de generación en generación. Todo esto se va acumulando a través de la tradición oral, luego la escritura, la imprenta, los medios de grabación… Y llega un momento, a finales del siglo XX, en que la humanidad se pone a digitalizar todo este caudal de conocimiento, e internet se convierte en una especie de recipiente. Y ahí es donde interviene lo que hoy llamamos inteligencia artificial. Son sistemas que navegan en ese océano. Hasta ese punto la IA es fruto del trabajo humano», explica en conversación con ECCLESIA.

Bonete comparte de algún modo las ideas de Marcos, pues subraya que, aunque se llame así, no existe ninguna inteligencia artificial, o lo que es lo mismo, «no hay ninguna máquina que sea inteligente». «Si condensamos las principales definiciones de inteligencia que hay en la psicología cognitiva, sabemos que es la capacidad de resolver problemas aleatorios, tener la capacidad de resolver cualquier tipo de problema. Ahora mismo, hay máquinas que pueden resolver problemas concretos, pero no cualquier tipo», añade. 

¿Quién está detrás?

Además de la pregunta sobre la máquina, es pertinente saber quién está detrás, quién maneja los hilos, sobre todo, porque esta tecnología, como afirma Marcos, se ha convertido en un poder. Y, por ello, León XIV insiste en Magnifica humanitas en recalcar que no es moralmente neutra. En estos momentos, continúa el filósofo, la IA está en muy pocas manos. Por una parte, en las grandes empresas tecnológicas como Google, Apple, Meta (Facebook e Instagram), Microsoft, a las que se han añadido otras que vienen pujando fuerte como OpenAI (ChatGPT), Nvidia (diseño de chips), Anthropic y SpaceX (Elon Musk). A esta realidad, Marcos añade otro actor importante: el Partido Comunista Chino.

En este contexto, y con la Unión Europea centrada en la regulación —Marcos se pregunta si el efecto Bruselas, el de la regulación, tendrá el mismo impacto que en otros sectores como en el de la protección de datos—, el Papa reclama que este poder pueda ser gobernado con un código ético y sometido a criterios de justicia social compartida. Y que haya criterios claros y controles efectivos. En el fondo, es desarmar la IA: «Sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable y, por tanto, habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida».

Luis Enrique Echarte estudia desde hace tiempo las tecnologías emergentes. En 2025 publicó un libro con el provocador título de Te enamorarás de una máquina. Aunque no menos provocadora es la comparación que hace en su interior, como él mismo reconoce en conversación con ECCLESIA: la IA es como la energía nuclear. «Puede ser muy destructiva o muy beneficiosa». La historia lo demuestra. Y añade: «Así que la inteligencia artificial es una tecnología poderosa que hay que tratar con cuidado».

Christopher Olah (Anthropic), en la presentación de Magnifica humanitas. / OSV News. Yara Nardi. Reuters

Los riesgos

Y en este punto es cuando toca hablar de los riesgos. Uno de los más citados, y en él coinciden los tres expertos consultados, es el ámbito laboral, aunque en este sentido Fernando Bonete huye del catastrofismo que, asegura, por el momento no se ha cumplido. Sostiene que no se han destruido tantos empleos como se preveía. De hecho, cree que será positiva para liberarnos de tareas mecánicas para centrarnos en lo que es necesario: las creativas, solidarias, artísticas… En este punto, Echarte se plantea una pregunta. ¿Por qué seguir haciendo trabajos que una máquina puede hacer mejor? Su respuesta entronca directamente con la Magnifica humanitas al afirmar que el criterio de eficiencia no puede ser el único que debemos tener en cuenta. Si lo hacemos así, entonces «las máquinas van a eclipsar cualquier quehacer humano» y entrarán en competencia. Pone el ejemplo del artesano, que hará un cántaro más caro e imperfecto que una máquina, pero, al mismo tiempo, «es alguien que ha puesto todo su cariño, su historia personal, que puede haberlo hecho con amor». «Y esto es un intangible que no se puede medir, que no se puede pesar, pero que carga el utensilio de valor. Además, podemos valorar ese trabajo, decírselo al artesano. Esto es algo que una máquina no puede hacer y que otorga dignidad y trascendencia el trabajo».

Pero hay más desafíos a los que dar respuesta: la educación, porque cambiará el modo de enseñar y de examinar; el uso para el control social, para la guerra o para la gestión automatizada de empresas. Y otros que parecen tangenciales, pero que resultan vitales: la producción de energía para los grandes centros de datos, así como el consumo de agua para la refrigeración, los materiales necesarios y los desechos.

Pero, por encima de ellas, decisivas todas, aparece un riesgo del que se habla menos y que tiene que ver con la concepción del ser humano. Son los riesgos antropológicos. «El riesgo no es solo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo», dice el Papa en su encíclica. Es lo mismo que sostiene Bonete cuando llama a la prudencia, porque el espíritu de este tiempo, basado en criterios economicistas y de maximización de beneficios, se puede plasmar casi de manera automática en el uso de la IA.

La clave en el desafío antropológico la resume Marcos en la siguiente afirmación: «Si uno acepta que las máquinas pueden ser inteligentes, se degrada la noción de inteligencia», y esto deriva hacia «una devaluación del ser humano» y un intento de superarlo «creando entidades mejores a través de sistemas como la inteligencia artificial».

Pero hay un problema que va más allá de lo que Echarte llama singularidad tecnológica: que las máquinas lleguen a ser muy inteligentes. Para ello, recurre al test de Turing, la prueba ideada para comprobar si una máquina puede mostrar un comportamiento inteligente. Y habla del reverso de este test: «Podemos llegar a aceptar que las máquinas son más inteligentes porque el algoritmo ha crecido en complejidad y en eficiencia, o porque, debido al mal uso de la IA, los seres humanos lleguemos a deteriorar nuestras propias capacidades intelectuales, lo que algunos vienen a denominar demencia digital». Así que advierte ante el peligro del deterioro intelectual del ser humano, lo que podría llevar a «una menor sensibilidad sobre la diferencia entre la persona y la máquina y a pensar que esta última ha alcanzado el estatus ontológico de la primera». «Cabe el riesgo de que vayamos perdiendo capacidades», apunta Marcos, que, añade, puede aceptarse que empecemos a redactar, calcular, relacionarnos o trabajar peor, porque la IA ya lo hace por nosotros, considerándolas capacidades instrumentales.

Pero esta realidad afecta también a otras dimensiones de la persona, como la afectiva. Cada vez más personas utilizan la IA como consejera o confidente, como un interlocutor humano. Por eso, Marcos incide en la necesidad de alfabetización en este sentido, de recalcar, aunque parezca evidente, que cuando establecemos una relación con un sistema de inteligencia artificial, no se da una relación interpersonal. «Hay un sistema estadístico que centra la atención en algunas de las secuencias de signos que escribimos y las relaciona con otras parecidas en el océano digital. No hay un sujeto consciente, no hay nadie que se dé cuenta de nada ni que asuma una responsabilidad», añade.

Para Echarte, «a base de interactuar con la máquina también a nivel afectivo estamos cambiando de manera inevitable nuestra manera de entender al otro, la manera que tenemos de tratar a una persona real». Esto, continúa, puede llevarnos a evitar abrirnos o contar problemas y confidencias a un igual, para dejarlo en manos de la máquina, porque, al no ser humano, no juzga, más bien nos reconoce y afirma.

Así las cosas, plantea una situación al hilo de un hecho real: la introducción de robots en alguna residencia de mayores de Castilla-La Mancha, que, además de hacer labores de apoyo, pueden entablar conversación y acompañar. Máquinas que siempre están, que preguntan… frente al familiar que, ahogado por el ritmo de vida, dedica poco tiempo a la semana o que el día de la visita no está en su mejor momento. «¿Y qué es mejor? ¿Un robot que acompaña a la persona como ella quiere o un acompañamiento real, aunque no sea el que uno busca o sea imperfecto? Esta es mi gran preocupación: las relaciones intersubjetivas», añade. Por eso, defiende que se establezca un nuevo principio: el derecho a la integridad intersubjetiva, o lo que es lo mismo, el derecho a tener espacios donde poder entablar relaciones reales con un otro, relaciones que son necesarias para que el otro tipo de vínculos no acaben imponiéndose y, por tanto, transformando las relaciones humanas.

Cumbre sobre IA enfocada al bien común en Ginebra en 2025. / CNS. ITU. Rowan Farrell

Prudencia y contemplación

¿Y qué respuesta damos a este desafío? Alfredo Marcos apuesta por ejercitar las virtudes clásicas, en especial, la prudencia, pues no todo depende de los Estados ni siquiera de la ONU, aunque su papel sea relevante. Y propone acciones concretas como el silencio tecnológico, esto es, hacer pausas en el uso de la tecnología, sobre todo, en etapas formativas. Luis Enrique Echarte, por su parte, sugiere la recuperación de las prácticas contemplativas: «No se trata solo de cerrar los ojos ante las pantallas, sino de abrirlos a la realidad que nos rodea». Y concluye: «La vida es hermosa, pero hay que abrir los ojos para darse cuenta. Hay vínculos que se pueden establecer con el otro, con la naturaleza y con Dios que hacen que sea una gran aventura, una experiencia epifánica, como diría Taylor». 

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