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Borradas: las mujeres en Afganistán cinco años después del regreso de los talibanes

Viven sin los derechos más básicos. ECCLESIA habla con Khadija Amin, periodista y refugiada afgana en España, que lucha para que esta realidad no caiga en el olvido

La mañana del 15 de agosto de 2021, Khadija Amin presentó el informativo de las nueve en la televisión pública afgana y salió a cubrir un reportaje. A la vuelta, su jefe la llamó. Los talibanes habían entrado en Kabul y no podía regresar a la redacción. «Fue durísimo ver cómo perdimos nuestros derechos en unas horas», recuerda. «Esa misma mañana hablaba con mis compañeras de que llegaría un día en que presentaríamos las noticias sin velo, sin saber que en tres horas ya no me dejarían ni entrar en la oficina», afirma en conversación con ECCLESIA.

Ocho días después aterrizaba en la base aérea de Torrejón de Ardoz, en uno de los aviones de evacuación fletados por España. Hoy vive como refugiada en nuestro país, donde ha logrado seguir ejerciendo el periodismo y ha publicado un libro —Sin velo. Una mujer libre contra los talibanes (Debate)— sobre la historia de las mujeres afganas. Este agosto se cumplen cinco años de aquel día, del regreso de los talibanes al poder tras dos décadas de guerra y de la retirada de las tropas internacionales. Y el testimonio de quienes lograron salir, como Amin, es una de las rendijas por las que todavía se cuela lo que ocurre dentro de un país cada vez más cerrado al mundo.

Amin insiste en desmontar la idea de que Afganistán ha sido siempre lo que es hoy. «Íbamos a la universidad, a trabajar. No era obligatorio llevar burka; en los últimos años casi ninguna chica llevaba velo», cuenta. «Teníamos una vida casi normal. No fue fácil: durante 20 años, las mujeres estuvimos luchando, y conseguimos algunos derechos». Existía una ley para eliminar la violencia contra las mujeres y campañas como «¿Dónde está mi nombre?», que reclamaba que el nombre de las madres apareciera en los documentos de identidad de sus hijos, algo que aún se considera una vergüenza en buena parte del país.

Aquella caída de Kabul, dice, se venía gestando desde las negociaciones de paz entre Estados Unidos y los talibanes. «Fue como un engaño. Cuando empezaron a negociar, decidieron salir de Afganistán y abandonar a las mujeres, porque los talibanes no son de confianza; eso lo sabe todo el mundo. Ya habíamos vivido con ellos hace 25 años. Pero no imaginábamos que iban a tomar el control de todo el país».

Los peores temores

El balance de estos cinco años que hacen las agencias de Naciones Unidas confirma sus peores temores. Las autoridades talibanas han dictado más de 160 decretos dirigidos específicamente contra las mujeres y las niñas, y la ONU describe el sistema resultante con un término cada vez más extendido: apartheid de género. La Ley para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, ratificada en 2024, obliga a las mujeres a cubrirse el cuerpo y el rostro por completo y considera su voz algo íntimo que debe ocultarse fuera del hogar.

«Las mujeres han sido totalmente borradas de la sociedad. Ni siquiera pueden hablar en público», resume Amin. «No pueden salir de casa sin un mahram, un hombre de la familia que las acompañe. Incluso para ir al hospital tienen que ir acompañadas». Las últimas normas del régimen, denuncia, legalizan además el matrimonio infantil: «Imagínate cómo será la vida de una mujer que a los diez u once años ya la pueden obligar a casarse, porque la ley lo permite». 

A veces, cuenta, se le ocurre comparar su país con una prisión, pero enseguida se corrige: «En la cárcel al menos hay actividades en grupo, pueden salir, respirar aire libre, estar con sus compañeras. En Afganistán eso es imposible».

La asfixia alcanza también a las minorías religiosas: los cristianos —apenas unos miles de fieles que, junto a hindúes y sijs, suman menos del 0,3% de la población, según el Departamento de Estado de EE.UU.— viven su fe en secreto, reunidos en casas particulares, en un país sin una sola iglesia abierta.

Afganistán es hoy el único país del mundo que prohíbe la educación secundaria y universitaria a las mujeres. En 2025, según Unesco y Unicef, la cifra de adolescentes a las que se había vetado el acceso al instituto ascendía ya a 2,2 millones. «Sabemos que la educación es un derecho fundamental, pero en Afganistán a las niñas les prohíben estudiar», dice Amin. Ella conoce lo que significa ese veto. Durante el primer régimen talibán, en los años 90, estudió en clases clandestinas. «Sé muy bien el valor de esas clases, porque son un futuro para ellas», explica.

A la represión se suma el hundimiento económico. El Banco Mundial calcula que aproximadamente uno de cada dos afganos vive en pobreza extrema, y Naciones Unidas estima que casi la mitad de la población necesita ayuda humanitaria para sobrevivir, en un momento en que los recortes de los donantes internacionales han dejado la respuesta gravemente infrafinanciada. Sobre ese país exhausto han caído además, desde finales de 2023, más de cinco millones de afganos deportados o retornados desde Irán y Pakistán. Así como varios terremotos.

La miseria tiene consecuencias que rara vez aparecen en las estadísticas. «Muchas familias venden a sus hijas a cambio de dinero para poder mantener al resto de la familia», denuncia Amin. Es una de las razones por las que su activismo desde España se centra en dar independencia económica a las mujeres que siguen dentro.

La resistencia en WhatsApp

Contra lo que pueda parecer, el contacto con el interior no está cortado. «Los talibanes no han limitado internet, como sí ha pasado en Irán», explica.

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