En su segundo día en Argelia, el Papa ha orado en la intimidad en el yacimiento arqueológico de la Hipona agustina, ha visitado a las Hermanitas de los Pobres y ha compartido el almuerzo con los miembros de su Orden
Después de compartir el almuerzo con sus hermanos de la Orden de San Agustín, Leo XIV ha oficiado una emotiva Eucaristía en la Basílica de San Agustín en Annaba, la antigua Hipona. Ante una asamblea que reflejaba la vitalidad de la minoritaria Iglesia en el Magreb, el Pontífice ha recordado que, aunque los nombres de los lugares cambien con los siglos, los santos permanecen como testigos de un vínculo con la tierra que nace en el Cielo. Partiendo del Evangelio del día, con el diálogo entre Jesús y Nicodemo, León XIV ha centrado su homilía en el imperativo de la vida nueva. «La Palabra divina atraviesa la historia y la renueva con la voz humana del Salvador», ha afirmado al inicio de su intervención, subrayando que el mandato de Cristo —«tenéis que renacer de lo alto»— no es una carga, sino una promesa.
«Las palabras de Cristo, en efecto, tienen toda la firmeza de un deber: ¡Deben renacer de lo alto!», ha proclamado el Santo Padre, si bien ha matizado que «no se trata de una dura imposición, ni de una coacción o, menos aún, de una condena al fracaso». Por el contrario, ha definido este deber como «un don de libertad» que revela la posibilidad de recomenzar desde cero gracias a la gracia divina.
En la basílica dedicada al «Doctor de la Gracia», el Papa no ha podido por menos que evocar la figura de Agustín, no tanto por su sabiduría, sino por su radical conversión. Y en este sentido, citando las Confesiones, ha recordado la célebre oración del santo: «Dame lo que mandas y manda lo que quieras».
El Pontífice, así las cosas, ha invitado a los fieles a no dejarse abrumar por las tribulaciones de la historia. «Cuando nos preguntamos cómo es posible un futuro de justicia y de paz… recordemos que estamos haciendo a Dios la misma pregunta que Nicodemo: “¿De verdad puede cambiar nuestra historia?”», ha planteado. Su respuesta, un «sí» rotundo, se basa en la fuerza del Resucitado: «Nada sería yo, Dios mío, nada sería yo en absoluto si tú no estuvieses en mí; pero, ¿no sería mejor decir que yo no sería en modo alguno si no estuviese en ti?».
Mirando a los Hechos de los Apóstoles, el Papa ha propuesto asimismo el modelo de la comunidad primitiva como criterio de reforma eclesial, destacando que «la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma». Para León XIV, esta unidad no es un contrato social, sino una armonía en la fe que transforma la posesión en don, pues «transformando la posesión en don, esta entrega fraterna no representa una utopía más que para los corazones rivales entre sí y las almas ávidas de sí mismas». Del mismo modo, ha señalado que la caridad debe ser el código fundamental ante la indigencia y la opresión.
En el tramo final de su homilía, el Papa ha dirigido unas palabras especialmente emotivas a los cristianos argelinos, animándoles a ser un signo humilde de esperanza: «La presencia de ustedes en el país trae a la mente el incienso: un grano incandescente, que esparce perfume porque da gloria al Señor y alegría y consuelo a tantos hermanos y hermanas». Finalmente, les ha conminado a ser herederos de la tradición de los mártires y de san Agustín, difundiendo desde «el incensario de nuestro corazón» el «suave olor de la misericordia, de la limosna y del perdón». Y ha concluido la homilía reafirmando que «la libertad de nacer de lo alto es la verdadera esperanza de salvación para el mundo».
Con las Hermanitas de los Pobres y la Orden de San Agustín

Ya en Annaba, la antigua Hipona de Agustín, el Papa ha vivido hoy uno de los momentos más emotivos de su estancia en Argelia, al visitar la casa de acogida para ancianos de las Hermanitas de los Pobres. Alrededor de las 11:35 horas —hora local, una menos que en España—, el Pontífice ha llegado al centro, donde ha sido recibido con calidez por la superiora de la comunidad, la madre Filomena, y un grupo de unos 40 residentes, empleados y colaboradores.
Tras las palabras de bienvenida de la superiora, León XIV ha escuchado los testimonios del arzobispo emérito de Argel, monseñor Paul Desfarges, así como de Salah Bouchemel, un residente argelino de fe musulmana, quien ha conmovido al Pontífice con su abrazo interreligioso.
En su intervención, el Santo Padre ha destacado la atmósfera espiritual que impregna cada rincón de la casa, afirmando que «Dios habita aquí, porque donde hay amor y servicio, allí está Dios». Y, refiriéndose a la labor de las religiosas y al acompañamiento del arzobispo Desfarges, ha señalado que «viendo su presencia aquí, en medio de los hermanos y hermanas ancianos, surge espontáneamente la alabanza y el agradecimiento a Dios».
De este modo, ha retomado las palabras del Evangelio de Lucas, exclamando: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido», en un reconocimiento explícito a la dignidad de los ancianos y a quienes los cuidan en la sencillez del día a día.
El testimonio de Salah Bouchemel ha resultado un punto clave para el Pontífice, quien ha asegurado que, ante ejemplos de convivencia como el de esta casa, «el Señor puede pensar: ¡pues hay esperanza!». En un mundo marcado por el conflicto, León XIV ha destacado un contraste doloroso, pues «el corazón de Dios está desgarrado por las guerras, la violencia, las injusticias y las mentiras. Pero el corazón de nuestro Padre no está con los malvados, con los prepotentes, con los soberbios; el corazón de Dios está con los pequeños y los humildes».
Así, el Papa ha animado a la comunidad a continuar con su misión, explicando que Dios «lleva adelante con ellos su Reino de amor y de paz, cada día. Como tratan de hacerlo ustedes aquí en el servicio cotidiano, en la amistad y en la vida comunitaria».
Tras el intercambio de regalos y un canto compartido, León XIV se ha tomado el tiempo de saludar individualmente a cada uno de los ancianos, en un gesto de cercanía que ha marcado el final de la visita. Antes de partir, se ha despedido agradeciendo: «¡Gracias, queridas hermanas y queridos hermanos, por este encuentro! Los tengo presentes en mi oración y de corazón les doy mi bendición».
A las 12:05 —hora local—, el Pontífice ha abandonado la residencia a pie para dirigirse a la cercana casa de la comunidad agustiniana, donde mantendrá un encuentro privado con los miembros de la Orden antes de compartir el almuerzo con ellos.
Segundo día de León XIV en África

Este martes, León XIV pasará su segundo día en Argelia, en el contexto de la gira de diez días por cuatro países de África. Después de visitar ayer el Monumento a los Mártires, ser recibido por las autoridades del país y pasar un tiempo precioso con la comunidad católica local, el Papa viaja hoy desde Argel hasta Annaba —la antigua Hipona, diócesis de san Agustín—. Sobre el terreno, está previsto que visite el yacimiento arqueológico y la casa de acogida de las Pequeñas Hermanas de los Pobres. Después, se reunirá en privado con la Orden Agustina, al igual que solía hacer Francisco con la Compañía de Jesús. Por la tarde, oficiará Misa en la basílica dedicada al padre de su orden, para luego regresar a la capital argelina.








