Nos toca llorar a los muertos. De ellos ya habla poca gente, pero son, sin duda, la pérdida más importante que se ha producido
Nuestra mayor preocupación durante los últimos días, desde Marruecos, ha sido saber si nuestra gente había intentado pasar la frontera de Ceuta el pasado 30 de julio, fiesta del Trono en este país, y si lo había conseguido.
Cuando hablamos de «nuestra gente», nos referimos a los subsaharianos en movilidad a quienes acompañamos desde la Delegación Diocesana de Migraciones, así como a los jóvenes y familias marroquíes con los que desarrollamos nuestros proyectos.
En un primer momento, todo era muy confuso. Los teléfonos no paraban de sonar. Llegaban noticias de todos los implicados, mientras los medios de comunicación difundían cifras continuamente y los políticos, sobre todo en España, se cruzaban acusaciones e insultos sin ofrecer soluciones. El caos. Eso es lo que sentíamos y vivíamos, al igual que tantas personas, contemplando, expectantes y estupefactos, lo que estaba sucediendo.
Con el paso de los días hemos sabido que la mayoría de los migrantes africanos no habían podido llegar a esa apertura no oficial de la frontera, a excepción de algunos de origen sudanés que se encontraban en la zona. También hemos sabido que, en general, las familias y los jóvenes con los que trabajan los agentes pastorales más cercanos no habían participado en el asalto.
Pasada esa primera inquietud, nos toca llorar a los muertos. De ellos ya habla poca gente, pero son, sin duda, la pérdida más importante que se ha producido. Después podremos hablar de la confianza entre los gobiernos, de las políticas migratorias, de las esperanzas que suscitan y del resto de cuestiones relacionadas con este extraño suceso. Pero primero hay que llorar a los muertos.
Sí: lo primero sigue siendo la persona humana, aunque nos dé miedo la ruptura de la normalidad. Lo primero siguen siendo los derechos humanos, vulnerados por unos y por otros, más allá de los tratados internacionales.
Lo primero siguen siendo esas multitudes de seres humanos que buscan un futuro que creen mejor. Y también el pueblo de Ceuta, que ve cómo se le exigen respuestas y responsabilidades que no corresponden a los ciudadanos de a pie.
Como afirmaba el arzobispo de Tánger en declaraciones realizadas estos días, «la falta de oportunidades para algunos jóvenes marroquíes y una visión idealizada de Europa han impulsado las travesías masivas hacia Ceuta».
Marruecos es un país en plena ebullición. La riqueza de las inversiones en infraestructuras salta a la vista, pero, al mismo tiempo, muchas personas siguen sintiendo que no tienen oportunidades en su propia nación.
Muchos marroquíes no conocen, o no perciben cómo pueden beneficiarles personalmente, los planes decenales de los diferentes gobiernos que se han sucedido durante los últimos años.
En 2016 se aprobó el aumento de los servicios mínimos en todo el Reino. En los últimos años, la electricidad ha llegado a casi el 95 % de la población y el agua corriente al 90 %. Y no es fácil conseguirlo en un país caracterizado por la dispersión de muchos de sus asentamientos humanos.
El tren de alta velocidad une Tánger con Rabat y Casablanca y está siendo ampliado hasta Marrakech. Las autovías y autopistas se multiplican por toda la geografía nacional. Los grandes puertos de Tánger y Nador, en el Mediterráneo, y el de Dajla, en el Atlántico, son una muestra de las grandes inversiones empresariales que se extienden a todos los campos de la economía.
Todo está previsto que continúe hasta 2030, con motivo del Mundial de fútbol. Las divisas entran en gran cantidad gracias a estas inversiones, al turismo y a los marroquíes que trabajan en el extranjero.
Es cierto que grupos de jóvenes se han manifestado hace unos meses reclamando que toda la población pueda beneficiarse de los avances y privilegios que estas inversiones están generando. También lo es que el Gobierno ha puesto en marcha un nuevo plan decenal para que, a partir de ahora, parte de ese esfuerzo se canalice hacia el bienestar personal y familiar, generando mayores posibilidades educativas, sanitarias y laborales.
Sin embargo, todo esto no es necesariamente lo que perciben los jóvenes que viven conectados a las redes sociales, que aprenden inglés a través de vídeos y música internacionales o que hablan diariamente con familiares que viven en España, Holanda o Bélgica.
La vida sigue siendo difícil para los más vulnerables. Y la fuerza potencial de una población joven no siempre se canaliza hacia un futuro esperanzador arraigado en sus propias comunidades. En ocasiones, esa fuerza es utilizada por intereses ocultos, «que juegan con muchas personas como si fueran unas pelotitas para conseguir cosas a niveles que no tienen nada que ver con las necesidades de las mismas», como afirma un compañero.
Nuestro arzobispo ha instado «a una mayor inversión en la formación profesional y a la apertura de más vías legales para los marroquíes que deseen trabajar en Europa». También ha defendido políticas de integración más sólidas y un diálogo fortalecido entre Marruecos y las naciones europeas, subrayando que los migrantes no deben ser tratados como «moneda de cambio político o ideológico».
Como cristianos y trinitarios, no podemos dejarnos llevar por esas fuerzas ocultas, por las mafias, por políticas inhumanas y populistas, ni por medios de comunicación sensacionalistas que utilizan los rostros humanos para sus propios intereses.
Tenemos que seguir posicionándonos del lado de las personas, de su dignidad y de sus derechos: también el derecho a migrar y a buscar un futuro mejor, también el derecho a la seguridad. El derecho a vivir en un reino de paz y fraternidad, de justicia y de dignidad.
El administrador apostólico de Cádiz y Ceuta ha pedido realizar vigilias de oración el próximo día 14, víspera de la Asunción de María, por la situación pasada y presente de Ceuta. Una invitación a dirigir nuestra mirada hacia Dios, como hacían los profetas ante los acontecimientos inexplicables, como hizo Jesús cuando lloró ante la destrucción de Jerusalén.
Estamos convencidos de que, desde esa mirada a Dios Trinidad, podremos seguir posicionándonos, como siempre intentamos, del lado del Evangelio.








