Jesús Miguel Zamora, hermano de La Salle, se despide de la CONFER tras nueve años de servicio como secretario general
Cuando Jesús Miguel Zamora, hermano de La Salle, llegó a la Secretaría General de la CONFER en 2017 era el vicepresidente de la institución. Como parte de su Consejo General —por ser presidente de la CONFER de Castilla y León, Asturias y Cantabria— ocupaba temporalmente la vacante que había dejado Mariña Ríos, promocionada a la Presidencia tras el nombramiento de Luis Ángel de las Heras como obispo. La responsabilidad no le pilló por sorpresa.
Han pasado nueve años, toca emprender otras aventuras —le sustituirá a partir del 1 de septiembre el salesiano Fernando García— y decir adiós. Se va con «alegría», con «la riqueza acumulada de tantos encuentros con las congregaciones, con los religiosos y los laicos en misión compartida». Una misión realizada con una presencia permanente y discreta. «Me ha hecho querer mucho más a la vida religiosa», confiesa en entrevista con ECCLESIA en la sede de la CONFER a finales de julio.
No han sido años sencillos. En este tiempo, la sociedad entera —también la Iglesia— vivió una pandemia cuyas consecuencias —más allá de las pérdidas de vidas humanas— todavía no se han medido con claridad; se ha producido una mengua de efectivos en la vida religiosa; y los abusos, a los que han tenido que dar respuesta prácticamente desde cero. En cambio, han aparecido oportunidades y esperanzas, que hoy se convierten en retos: la intercongregacionalidad, la intergeneracionalidad, la misión compartida con los laicos o esa voz profética que sigue siendo la vida religiosa para mostrar sentido en un mundo sediento de trascendencia.
En la propia CONFER ha habido cambios. Se ha demostrado, sostiene Jesús Miguel Zamora, que es una institución viva y no solo una sede; que cuando dice algo es porque lo ha pensado y tiene contenido; y que su trabajo es ahora «bastante más profesional». Los resultados están a la vista, por ejemplo, en el ámbito de la comunicación.
En general, dice Zamora, «la vida consagrada se ha hecho mayor, pero ha ganado en profundidad teológica y espiritualidad». Subraya, que la preocupación excesiva por las vocaciones y los números ha dado paso a una aceptación de la realidad y a la vivencia de la propia vocación con «hondura y con gozo». Porque, añade, «la vida consagrada no es imprescindible para hacer muchas cosas, pero sí es necesaria para dar sentido a la vida». Por ejemplo, para volver a recuperar «la raíz de nuestro primer amor, de que no estamos aquí para hacer, sino para demostrar que Dios sigue llamando». O para revelar la importancia de la vida en comunidad en un momento en el que parecen imponerse el individualismo y la soledad. Zamora recalca como un gran valor que haya personas de distinta condición, procedencia y formación que decidan compartir vida.
Desde esta posición, la que habla de sentido más que de cifras, se despliegan varias propuestas. La intercongregacionalidad, que, más que una unión motivada por el menor número de efectivos, es un modo de fraternidad, de caminar juntos que, luego, puede dar como fruto proyectos concretos y ayudar a que la presencia de la vida religiosa siga en pueblos y ciudades.
Se ha avanzado mucho en lo que llamamos misión compartida, donde los laicos participan del carisma y contribuyen de forma activa en la propuesta que las congregaciones hacen a la sociedad a través de las distintas obras. «Los laicos no están solo para suplir a un religioso, ser director de un colegio o coordinador de un proyecto. Están para descubrir el sentido vocacional de su vida», explica el aún secretario general de la CONFER. Una forma de situarse, sostiene, que une todavía más a religiosos y laicos bajo el carisma común.
También recalca la necesidad de que la voz de los religiosos y religiosas se haga presente en la sociedad para aportar, insiste de nuevo, hondura, lucidez y esperanza. Otro reto emergente es la relación entre los religiosos jóvenes y mayores, que conviven cada vez más en comunidades donde los segundos son mayoría. Zamora afirma que esta realidad, más que un problema, es una oportunidad «para favorecer una mejor comunicación entre generaciones». Eso sí, subraya la necesidad de encontrar espacios para que jóvenes de distintas congregaciones puedan encontrarse.
El difícil tema de los abusos
Uno de los temas que más han marcado su servicio en la CONFER ha sido el de los abusos, «un tema difícil, que no se había pensado bien y que explotó gracias a los medios de comunicación». Jesús Miguel Zamora recalca la importancia de sacar a la luz estos casos, aunque sean dolorosos, y valora el camino que la Iglesia en su conjunto ha realizado hasta llegar a firmar con la Conferencia Episcopal Española un Plan de Reparación Integral para víctimas cuyos casos habían prescrito y ofrecer una vía alternativa al mismo a través del Defensor del Pueblo. Así, se pasó, en apenas unos años, de no hablar del tema, como él mismo reconoce, a tomar en serio la cuestión y a asumir su responsabilidad. «No hay institución que haya hecho un esfuerzo tan grande en este tema como la Iglesia», afirma. Aunque como CONFER el contacto con las víctimas ha sido limitado, subraya la importancia de la escucha, de poner a la víctima en el centro, por encima de la propia congregación. «Es lo más importante», explica.
Viendo el trabajo realizado, Jesús Miguel Zamora se lleva, además de encuentros y experiencias, muchos aprendizajes. Destaca el trabajo sinodal con las congregaciones, con gran sentido de unidad; o los lazos tejidos con otras entidades eclesiales y sociales, como Conferencia Episcopal, OMP, Cáritas o Ábside Media. Dice que pasar por la CONFER le ha hecho más humilde, al ver tantas presencias en tantos lugares, «haciendo cosas pequeñas, con un valor tremendo».






