El Papa presidió la Eucaristía en la iglesia de María Santísima del Lago y participó después en la procesión por las aguas del lago Albano, en el centenario de la presencia salesiana en la localidad.
León XIV presidió el pasado sábado 29 de agosto la santa misa en la iglesia de María Santísima del Lago, en Castel Gandolfo, y participó después en la tradicional procesión por las aguas del lago Albano. En una celebración marcada por la devoción mariana y por el centenario de la presencia salesiana en la localidad, el Papa resumió su homilía en una convicción: «solo el amor salva». El Obispo de Roma comenzó recordando a sus predecesores: san Pablo VI «deseó y apoyó la construcción de esta iglesia dedicada a María y la consagró», mientras que san Juan Pablo II quiso allí «recordar su memoria y renovar su mensaje».
El amor, «hasta el final»
León XIV apoyó su reflexión en las lecturas del día. Recordó al profeta Jeremías, que se sabía conocido y elegido por Dios desde el seno materno y que, por amor a su pueblo, ya no podía callar. «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir». Ese mismo amor, dijo el Papa, «lo impulsa a actuar por el bien de su pueblo, sin compromisos, hasta el final».
Es lo que enseña también Jesús, que tras multiplicar los panes anuncia a sus discípulos que deberá subir a Jerusalén, sufrir, morir y resucitar al tercer día. «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga», recordó León XIV, que vio en esas palabras la clave de todo: «solo el amor salva». Un amor, precisó, que Dios mostró haciéndose hombre y que los cristianos reproducen en «la perseverancia de la caridad cotidiana» y en los gestos más extraordinarios, «hasta el martirio, como sucede todavía hoy a muchos cristianos en distintas partes del mundo».
«No permitamos que el mal desfigure nuestra humanidad»
Citando a san Agustín —«la alegría del segador demuestra la intención del sembrador»—, el Papa animó a «esparcir por todas partes en el mundo las semillas de su caridad infinita, sin cansarnos, sin medida». Y salió al paso de quienes ven en el Evangelio una utopía de perdedores, afirmando que poner la otra mejilla, dar ante el rechazo o perdonar sin límites no es debilidad, sino la lógica misma de Cristo. «No hay de qué sorprenderse», señaló, recordando que también a Pedro le costó aceptar «este modo nuevo y diferente de razonar».
Advirtió además que «el odio y la violencia no traen nada bueno, sino solo destrucción y muerte, siempre, incluso cuando son respuesta a injusticias sufridas». Frente a ello, León XIV lanzó una petición: «Cualquiera que sea la herida, cualquiera que sea la ofensa, ¡no permitamos que el mal desfigure nuestra humanidad y nos corrompa el corazón!». Ante las dificultades, invitó a no desanimarse y recordó que nuestra fuerza «está en el Señor, y con su ayuda todo es posible».
La procesión sobre el lago Albano
Tras la Eucaristía, el Papa relacionó la procesión de la Madonna del Lago con el episodio evangélico del lago de Tiberíades, cuando Jesús alcanzó caminando sobre las aguas a unos discípulos asustados y los exhortó a tener fe. Como ellos, explicó, la comunidad deja la orilla llevando consigo la imagen de María, «nuestro modelo y guía», para llevar por las orillas del lago la bendición recibida. Es con gestos sencillos, dijo, con los que se renueva la confianza en Dios y la devoción a su Madre.
La sinceridad y la docilidad de Pedro
Al día siguiente, domingo 30 de agosto, León XIV volvió a asomarse a Castel Gandolfo para rezar el ángelus ante los miles de fieles congregados en la Plaza de la Libertad. En su comentario al Evangelio del XXII Domingo del Tiempo Ordinario, se detuvo de nuevo en la figura de Pedro, que reprende a Jesús al escuchar el anuncio de su pasión —«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte»— y que, pese a su impulsividad, enseña dos cosas importantes: no interrumpir nunca el diálogo con el Señor y no juzgar jamás su modo de obrar. «Que también nosotros tengamos en nuestra vida de fe y en nuestra oración, la misma sinceridad de Pedro, diciéndole con humildad lo que sentimos realmente, aun cuando el corazón está confuso; y, al mismo tiempo, que sepamos cultivar su docilidad, aceptando aquello que nos pide más allá de nuestras expectativas», pidió.






