El misionero oblato de María Inmaculada lleva en el Sáhara Occidental desde 2004. En 2013, el papa Francisco lo nombró prefecto de este territorio, que a nivel eclesial depende directamente de la Santa Sede
El papa León XIV nombró el pasado sábado a Mario León, misionero oblato de María Inmaculada, como nuevo arzobispo coadjutor de Rabat. Este madrileño, de 52 años, era hasta el momento el prefecto apostólico del Sáhara Occidental y desde agosto —una vez el arzobispo titular, Cristóbal López Romero, dio un paso atrás mientras se investigan unas denuncias contra él por abusos— administrador apostólico de esta sede.
León Dorado estudió Teología en San Dámaso en Madrid tras hacer Informática. Su primera profesión religiosa la hizo el 15 de septiembre de 1996, justo ahora hace 30 años, y fue ordenado sacerdote el 2 de junio de 2001.
Lleva en el Sáhara Occidental desde 2004, a donde fue enviado tras unos años de servicio en Jaén. Allí fue administrador apostólico entre 2009 y 2013, cuando el papa Francisco lo nombra prefecto.
En 2024, Mario León fue protagonista de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado aquí en España, no en vano la prefectura del Sáhara Occidental es un territorio clave en la ruta migratoria hacia España y, por tanto, una Iglesia importante en el proyecto de Hospitalidad Atlántica. Se trata de una red eclesial que nació en diciembre de 2023, aunque se había gestado tiempo atrás, con tres objetivos fundamentales: ofrecer información a los migrantes sobre los peligros de la ruta, de las dificultades legales en Europa y sus derechos en frontera; facilitar el acceso a espacios seguros a los migrantes durante el viaje; y promover comunicación y proyectos de desarrollo entre diócesis y países.
Entonces, en entrevista con ECCLESIA, comentaba que la realidad migratoria del Sáhara, especialmente en zonas como Dajla o El Aaiún, «está revitalizando la comunidad cristiana de la zona».
«Es África la que nos da vida, porque, prácticamente, toda la comunidad está formada por personas en migración», explica. Imprimen su sello en las celebraciones, con sus cantos y bailes, con su manera de vivir la liturgia. «Es una comunidad que sufre y, como sufre mucho, vive todo muy intensamente. También la fe», afirmaba a nuestra revista.






