Necesitamos pastoral digital en nuestras parroquias. Necesitamos sacerdotes, laicos, teólogos y comunicadores trabajando juntos. Personas que nos ayuden a formarnos, a contrastar, a no equivocarnos y, sobre todo, a no sentir que tenemos que hacerlo solos.
Este verano, después de participar en el evento Hechos 29, que tuvo lugar en Costa Rica, volví a casa con una idea que llevaba tiempo rondándome la cabeza, pero que allí terminó de hacerse evidente: la Iglesia es misionera y tiene que estar también donde hoy están las personas. Ese lugar, para muchos, es internet.
Lo pienso especialmente desde mi propia experiencia. No soy teóloga, ni pretendo serlo por ahora. Soy una chica joven que habla de su fe, de la Iglesia y de lo que significa creer en medio de este mundo. Y, sin embargo, muchas veces descubro que en redes sociales se me escucha más a mí que a párrocos que tienen muchísimo más que aportar que yo.
Lejos de hacerme sentir importante, esto me preocupa. Porque me hace preguntarme quién está acompañando a todas esas personas que escuchan, preguntan, cuestionan o se acercan a la Iglesia a través de una pantalla.
La Iglesia está tomando esa dirección, pero creo que necesitamos dar un paso más. No basta con que algunas personas, de manera casi individual, intentemos evangelizar en redes. Necesitamos pastoral digital en nuestras parroquias. Necesitamos sacerdotes, laicos, teólogos y comunicadores trabajando juntos. Personas que nos ayuden a formarnos, a contrastar, a no equivocarnos y, sobre todo, a no sentir que tenemos que hacerlo solos.
Después de Hechos 29, tengo todavía más claro que hay muchísima gente con ganas de anunciar a Cristo en este nuevo continente digital. Lo que necesitamos ahora es encontrarnos, acompañarnos y unirnos. No se trata de llenar Instagram de contenido religioso. Se trata de recordar que detrás de cada pantalla hay una persona. Y si esa persona está buscando, preguntando o incluso dudando de Dios, la Iglesia como madre también tiene que acompañar a sus misioneros para salir a su encuentro. Quizá este sea uno de los grandes retos de nuestra generación. Y también, estoy convencida, una de nuestras grandes oportunidades.




