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Mirada nueva, mirada misericordiosa

Quizá lo más noble que podemos hacer, como seres humanos, es aprender a mirar a los demás con esa misma mirada de novedad de Dios, de misericordia, sin dejarnos llevar por el peso del pasado de las personas

Hace poco, viví una experiencia que me dejó una lección muy valiosa sobre la forma en que miramos a los demás. Estaba en una cena muy agradable, rodeada de personas que conocía y otras que no. Entre ellas, había alguien a quien no había visto nunca antes, y desde el primer momento me pareció una persona entrañable. Algo en su forma de ser, en sus gestos, en sus palabras, me cautivó profundamente. Me sentí atraída por su sencillez, su ternura, y me sorprendió cómo cada comentario, cada mirada, me parecía encantador. Fue algo tan espontáneo que pensé: «Me he enamorado de esta persona». Entendedme bien, no en el sentido romántico, sino como un arrobamiento hacia su ser. Me pareció la persona más maravillosa que jamás había conocido.

Al final de la cena, alguien me comentó más detalles sobre esa persona, sobre su vida y su pasado, y lo que escuché me impactó profundamente. Descubrí que esa persona había causado mucho dolor a otras, que su historia estaba llena de sombras y heridas. Fue una revelación que me dejó sorprendida, incluso consternada, al ver la distancia entre la imagen que yo me había formado de él y lo que realmente había sido su vida.

Lo que más me impactó, sin embargo, fue darme cuenta de algo muy profundo: si yo hubiera conocido su pasado antes, es probable que no lo hubiera mirado de la misma manera. Me di cuenta de que, sin saber su historia, lo miraba con una pureza, una ingenuidad y una ternura que, de saber lo que sabía después, tal vez no habría experimentado. Me hubiera condicionado la información sobre su pasado, los errores cometidos y el sufrimiento causado.

Sin embargo, algo en mi corazón me llevó a pensar que, de alguna manera, Dios ve a esa persona como yo lo vi en ese primer momento: con una mirada limpia, sin prejuicios, sin condena, solo con misericordia y ternura. Dios ve a cada uno de nosotros con los ojos de quien sabe lo que hemos hecho, lo que hemos vivido, pero también lo que estamos llamados a ser. Y me di cuenta de que él nos mira así, renovándonos, perdonándonos, una y otra vez, a pesar de nuestras caídas, nuestras heridas, y nuestros arrepentimientos.

Quizá lo más noble que podemos hacer, como seres humanos, es aprender a mirar a los demás con esa misma mirada de novedad, de misericordia, sin dejarnos llevar por el peso del pasado de las personas. ¿Qué pasaría si, en lugar de juzgar, viéramos con los ojos de quien sabe lo mejor de cada uno, lo más profundo, lo más redentor?

Porque así es como Dios nos mira a nosotros. Y si somos capaces de imitar esa mirada, seremos capaces de transformar no solo nuestra forma de ver al otro, sino también nuestra relación con el mundo.

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