En la celebración del Congreso de Vocaciones —los pasados días 7, 8 y 9 de febrero—, nos dimos pie a reflexionar sobre la llamada «crisis vocacional» que afronta la Iglesia.
Pero, ¿qué debemos entender por «crisis vocacional»? ¿Es acaso el desafío «la falta de vocaciones»?
No hay tal cosa: ¿cómo podría algún bautizado dejar de tener vocación? ¿Cómo podría el Señor dejar de llamar a sus discípulos?
A veces, sin mucha fortuna, se dice que los jóvenes no sienten la llamada o, peor aún, que no quieren responder. Y la lista de razones aducidas se retrotraen a la crisis demográfica y la falta de natalidad, las distracciones del mundo digital, la secularización de Occidente, el Mayo del 68, la Revolución Francesa, la desaparición del Antiguo Régimen y hasta la caída de Satanás. Todo menos asumir nuestra propia responsabilidad.
Pocos se plantean, aún hoy, que, quizá, a los jóvenes, sencillamente, no les termina de convencer la propuesta vocacional que desde las instituciones religiosas se les ofrece. Por lo que sea.
Porque vocaciones hay. Personalmente, puedo constatarlo con los cientos de mensajes que recibí cuando tuve que abandonar mi orden religiosa, y que aún hoy sigo recibiendo de vez en cuando.
Los jóvenes tienen deseos de consagrarse: sienten la llamada y quieren responder. Es solo que, a veces, desgraciadamente, no encuentran correspondencia entre sus anhelos y lo que se les ofrece. Buscan identidad, contracultura, radicalidad, signos, solemnidad, belleza y liturgia. Pero, en muchos casos, sus deseos no son tomados en cuenta suficientemente.
Ante estas demandas, algunos institutos religiosos prefieren no actuar. Así me lo dijo un fraile una vez: «Si estas son las nuevas vocaciones, mejor quedarnos así».
Algo cambió hace tiempo, y lo que en la centuria pasada fue renovación, hoy es parálisis. El progreso, ahora, queda representado por los que buscan la radicalidad.





