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Confines

En ocasiones, se nos califica a los conversos tardíos como demasiado entusiastas e incluso intrépidos. Y lo cierto es que tienen razón quienes nos definen así. Puede que tengamos algo más interiorizado, por puro contraste con nuestra vida anterior, lo que implica ser hijos en el Hijo. Reza Isaías eso que nos resuena en el corazón: «Porque te tomé de los confines de la tierra, y de tierras lejanas te llamé, y te dije: “Mi siervo eres tú; te escogí, y no te deseché”». Ese fuego impulsa a misiones verdaderamente llamativas, pero también obedientes y siempre con indicios maternales de que ese es el camino. 

Recordemos el asombro de Santiago al vislumbrar a nuestra Madre en Cesárea Augusta o a fray Juan de Zumárraga al presenciar la astucia de la Madre colándose en la tilma del campesino Juan Diego. Si las madres suelen ser impacientes y se las ingenian para que les hagamos caso, cuanto más la Madre de las madres. «Te he puesto como luz para las naciones, para que lleves salvación hasta los confines de la tierra», se nos recuerda en Hechos. 

Nuestra Madre siempre está detrás de esta urgente tarea: llevar al Salvador a los confines. Pero, para nuestra sorpresa, los confines hoy no son geográficos y puede que sean más difíciles de alcanzar que nunca. Es por eso que nuestra Madre, que va siempre un paso por delante, ha bañado de fe sencilla a quiénes en su día fueron considerados los confines de la tierra. De este modo, los que nos creemos misioneros acabamos siendo misionados por quienes han entendido todo sin necesidad de complicarse nada. 

11 horas de vuelo nos pueden hacer falta para darnos cuenta de que en el lugar donde reina «la que pisa la serpiente» ya no hay personas que necesiten ser misionadas, sino verdaderos apóstoles de María de Guadalupe que pueden devolver a la Vieja Europa esa sencillez que tanto nos hace falta. Sin sofisticaciones ni complicaciones, el llamado camino de Guadalupe puede ser para nosotros el impulso maternal que nos ayude a recordar que los confines hoy en día son los corazones duros que reinan en occidente y los que más hay que rescatar. 

Que la fe que un día se sembró en el nuevo mundo siga dando fruto en él, para que también nosotros podamos empaparnos de ella, ahora que tanto necesitamos recordar quienes somos en verdad: hijos de Dios, hijos de María.  

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