Una pantalla nunca puede servir de refugio para el alma.
«Los apetitos cansan al alma, y la atormentan, y la oscurecen, y la ensucian, y la enflaquecen», dice san Juan de la Cruz. Hoy, a los apetitos les ponemos el nombre de adicciones, compulsiones, vicio, dependencia, nomofobia. Estar enganchado es la nueva cautividad. La ansiedad, la nueva atrición. Y cautivos estamos cuando, a causa de los múltiples bienes y servicios que las pantallas nos ofrecen, nos vemos obligados a renunciar a lo único que hace nuestra vida digna de ser vivida en el leve tránsito de nuestra existencia sobre la tierra: la contemplación que engendra libertad. Lo de Juan de la Cruz es teología de la liberación.
Este verano, arrastrado por la flaqueza de mi largo cautiverio, me fui a orar una semana al primer monasterio a mano sin cobertura móvil ni internet. Tan grandes fueron los tormentos y la oscuridad, que, en muchas ocasiones, quise volverme atrás. Mis pasos vacilantes se acercaban al patíbulo del Sagrario echándose mano a un bolsillo vacío. Ya no había cómo disimular, cómo postergar la verdad de mí mismo. Ninguna satisfacción rápida y estéril. Solo una mirada, y la mirada que mira de vuelta. Y entonces, santa Teresa: «Mire que le mira». Tras largos días de mirar, de mirarle y de mirarme, tras muchos intentos de huir lejos de allí, la esperanza no defrauda, y la libertad llegó a mí.
Entonces, aprendí. No hay plenitud humana fuera de Cristo. El camino estrecho lleva a la vida. Solo en la cruz está la plenitud.
La luz, por la ventana, me reveló una mota de polvo, la brisa y el zarzal. Mis oídos, como en un prodigio bíblico, se destaparon para escuchar los gorriones y el vencejo. Mi respiración. Cristo, el mismo y el de siempre. Los escalones, de uno en uno y no de dos en dos.
Quien tenga la experiencia de la libertad de la contemplación, que mire y compare, y luego diga si hay vida o no en el Evangelio, y hasta qué punto los apetitos destruyen el alma.







