La visita apostólica del papa León XIV a Francia, del 25 al 28 de septiembre, nos ofrece una valiosa oportunidad para reflexionar sobre el camino sinodal de nuestra Iglesia diocesana. Especialmente significativo fue el encuentro que mantuvo el 26 de septiembre con los miembros de la Asamblea Sinodal Provincial, los catecúmenos y los neófitos, en el Instituto Católico de París. Hay en este discurso tres claves que nos pueden servir como criterios concretos para nuestro sínodo:
- Evangelizar: transmitir la fe desde el encuentro y el acompañamiento. Uno de los signos que más llamó la atención del Papa fue el acercamiento de numerosos adultos a la fe en una sociedad fuertemente secularizada. Ante esta realidad, León XIV invitó a abandonar el pesimismo y a reconocer la acción de Dios en quienes vuelven a descubrir el Evangelio. El Papa propone una Iglesia «en estado de iniciación», capaz de acoger a quienes comienzan a buscar a Dios y acompañarlos durante todo su itinerario de fe.
Transmitir la fe es ayudar a las personas a encontrarse con Jesucristo, descubrir la belleza
del Evangelio e incorporarse progresivamente a una comunidad cristiana que las acoge y sostiene. El acompañamiento reclama una formación integral que une la fe y la vida.
- Sinodalidad: caminar juntos, escuchar y discernir. El Papa incidió en cómo comprender la vida sinodal: «Se trata de asumir el estilo de caminar juntos». La sinodalidad es un estilo: escuchar, compartir experiencias y buscar juntos la voluntad de Dios. Nuestro sínodo está llamado a descubrir también estos tesoros escondidos. Es muy necesario que estemos convencidos que el proceso del sínodo nos hace ser más realistas y sensibles. El Papa así lo expresa: «Con ternura pastoral y caridad fraterna, debemos reconocer, acoger y custodiar la pequeña llama que el Espíritu Santo ha encendido en la oscuridad de la noche, la pequeña semilla que aspira a crecer, incluso en medio de espinas y zarzas». Dejemos a Dios ser Dios actuando desde este prisma.
- La vida de la fe: el centro de toda renovación. La Iglesia evangeliza y camina unida porque vive de Jesucristo. La misión nace del encuentro personal con el Señor, se alimenta en la oración y la liturgia y se hace visible en la caridad fraterna. No se puede dar lo que no se tiene. Este tesoro que llevamos en vasijas de barro es germen de anunciar a tiempo y a destiempo.
El papa León XIV habló con la claridad de un padre y de un profeta. Expresó que la vida de la fe tiene en sí misma vida. A veces nos quedamos en la superficialidad porque creemos que lo que estamos tratando son cuestiones tácticas. No es así. Estamos colaborando en la Redención participando de la misión de la Iglesia para que muchos crean. Por eso el Papa llegó a decir: «Me viene a la mente lo que sucedió con uno de los catecúmenos más célebres de la historia, san Agustín. Fue iniciado en la fe por san Ambrosio, y su fe era apenas una pequeña semilla cuando recibió el bautismo. Pero aquella semilla creció y se multiplicó, hasta convertirse en un árbol tan grande que, bajo su follaje, todavía hoy podemos encontrar consuelo»
Nuestro sínodo será fecundo si escuchando a Jesús en la Iglesia somos puentes y constructores de la nueva civilización. Es muy importante que hablemos desde nuestra propia experiencia, de lo que Jesús ha hecho en ti en la Iglesia y cómo lo ha hecho. Hemos de dar lo que hemos recibido gratis. No caigamos en la tentación de hablar del pasado, sino desde el presente. Las actuaciones de Dios se dan en lo sencillo y en lo oculto.



