Aquel día entendí que hay palabras que no deben nunca, nunca, dejarse para después, y que para un matrimonio, decirse «te quiero» es siempre urgente
Cuando pienso en todo lo que ha sucedido, hay algo que me viene a la cabeza una y otra vez: cuando vi salir a Mario de casa, no nos despedimos como yo habría querido. Prácticamente acabábamos de llegar a España de una misión evangelizadora en la que habíamos sufrido mucho; aún no nos habíamos terminado de asentar en Madrid con nuestros hijos —tenemos tres niños pequeños y, por lo pronto, nos encontramos viviendo temporalmente en casa de mis padres, intentando recomponer nuestra vida y empezar de nuevo. Mario acaba de comenzar un trabajo y tenía que viajar a Sevilla para asistir a una formación.
Nuestra situación familiar es, en fin, bastante complicada. Mario se levantó muy temprano para coger el tren, yo dormía con el pequeño y, mucho antes de la hora habitual, las niñas fueron despertándose y viniendo una detrás de otra. Mario se preparó, se despidió de mí y se marchó, a lo que yo respondí con enfado. Enfado por quedarme sola con los niños, por el cansancio, por nuestra situación y por todos aquellos meses de tensión entre nosotros. Me despedí de él, en fin, como si Dios no fuera bueno.
Mi día continuó como si nada: niños al colegio, una visita al trastero donde tenemos guardadas todas nuestras cosas a buscar ropa de invierno para el bebé, quizá una cámara nebulizadora con Ventolín. Luego a la gasolinera y para casa. Aproveché para llamar a Mario, pero no contestaba. Tampoco a los mensajes que le dejé. Asumí, sin más, que iría durmiendo; tal debía ser el cansancio acumulado tras varios días sin dormir por estar con las niñas. Echo gasolina al coche y, mientras tanto, leo en el grupo de su familia un mensaje:
«Accidente de tren en Toledo».
Mi primer pensamiento fue: «Oh, otra vez, pobrecitos…». Enseguida, como por instinto, me saltó la primera alarma: «Toledo. Mario iba a Sevilla. “No sé en qué tren viaja Mario”». Me metí en el coche y mientras conducía la angustia empezó a crecer; solo quería llegar cuanto antes a donde fuera y poder llamarle. En el grupo de Whatsapp de su familia crecía el nerviosismo, y en mi interior también. Mientras buscaba un hueco para aparcar, se me empezaron a colar, sin permiso, pensamientos de todo tipo. Que podía estar muerto. Que le había dejado marcharse sin decirle cuánto le quería. Que mis hijos crecerían sin su padre. Y un macabro etcétera que me repetían, una y otra vez, que Dios no era bueno.
Tenía el alma sepultada bajo toneladas de angustia. Los oídos me zumbaban y sentía que me faltaba el aire. En ese momento me llama mi padre: «Hola, Maite, soy papá. ¿Dónde estás? Voy en un segundo a donde estés». Esto bastó para que yo sintiese cómo el golpe me mataba por dentro. «¿Mario está bien?», acierto a preguntar. «Está vivo, Maite. Está bien. Sabe que tiene una pierna muy rota; le han ayudado a salir del sitio en el que estaba». Quien haya vivido algo parecido sabrá de lo que hablo, de cómo no podía pensar más que en lo mucho que le quería, en lo tonta que había sido, en el futuro de mis hijos y en rezar, rezar, rezar por él. Así se lo pedí a nuestra comunidad de San Pedro, en Alcobendas, donde Mario y yo vivimos nuestra fe.
A partir de aquí se inician las que, sin duda alguna, han sido las horas más largas de toda mi vida. Solo necesitaba que alguien me llamara. No quería saturar el único teléfono que habían habilitado para atender a los familiares, pero llegó un momento en que ya no pude más. Llamé para preguntar si podía ir a buscarle, si sabían a qué hospital le trasladaban o qué tenía que hacer. Tras horas de insistencia al teléfono, alguien contestó. Me pidió mis datos, los suyos y mi teléfono. Acto seguido me colgó. Mi impulso fue el de gritar y salir corriendo a buscarle.
Mis suegros recibieron una llamada diciendo que Mario estaba bien y que una ambulancia le trasladaría a un hospital, pero no dijeron a cuál.
Al rato recibí, por otro lado, la llamada de una mujer. «Hola, ¿Maite? Llamo del accidente de trenes. Estamos en la zona cero del accidente. Está aquí tu marido, Mario, y no va a parar hasta que te llamen». Pregunté si estaba bien. «Sí, le tenemos aquí en una camilla. Ahora mismo le estoy sujetando los goteros. No puede hablar porque le han puesto medicación y está muy drogado». ¿En la zona cero? ¿Pero no se lo estaban llevando a un hospital? Respiré hondo y empecé a repetirme algo que todavía hoy recuerdo: «Dios es su padre. Dios es su padre. Va a venir. Con pierna, sin pierna, da igual. Va a venir conmigo y con los niños, ayúdale Señor a estar en paz, ayúdale». Le di las gracias a aquella mujer y colgué.
Ni siquiera entonces, en aquella primera llamada que tanto había deseado recibir, fui capaz de decir en voz alta lo único que quería decirle a Mario. Que le quiero, que es mi vida, que le espero con los niños, que los niños le quieren con locura, que es lo mejor que nos ha pasado. Sobre todo que le quiero. Dentro de mí solo había desconcierto, angustia y aquel zumbido constante en los oídos. De nuevo la tentación de que Dios no era bueno.
El tiempo avanzaba despacio, y yo seguía esperando una nueva llamada que me dijera dónde estaba Mario, cómo se encontraba o qué iba a pasar con él. Mi madre me miraba preocupada. Yo estaba completamente descompuesta, sin poder pensar con claridad, esperando noticias. En un momento se acerca y me dice: «Desde luego, una cosa debes tener clara: tu Mariete te quiere». «¿Por qué dices eso?», le pregunto. Entonces me contó que Mario no había dejado de repetirlo, que preguntaba por mí, que quería que me llamaran, que decía una y otra vez: «Dile a Maite que la quiero, que la quiero. Dile a los niños que les quiero, que les cuide, que les quiero». Me quedé sin palabras.
Llevábamos meses sufriendo, atravesando una crisis muy grande, con infinidad de cosas que nos habíamos dejado de decir y mucho, muchísimo dolor acumulado. En todas esas horas no había dejado de pensar que le dejé marcharse sin decirle cuánto le quería. Y él, desde aquel lugar, herido, asustado y sin saber qué iba a ser de su vida, estaba intentando hacerme llegar que nos quería. Esto es algo que nunca voy a olvidar: que en este negro día, mientras yo buscaba desesperadamente a mi marido, él solo buscaba la manera de decirme que me quería. Y como él todavía no podía hacerlo, no paró hasta encontrar a alguien que me lo dijera. Aún hoy me estremezco de pensarlo.
Más tarde volvieron a llamar a mis suegros para confirmarles que trasladaban a Mario al Hospital Universitario de Toledo. Le habían estabilizado y ya le habían metido en la ambulancia. Al rato me llamaron para decirme que había llegado, que iban a hacerle unas pruebas y, eso sí, que las fracturas que tenía eran graves. Allí que fui con mis suegros. De camino recibí otra llamada en la que se me informaba que Mario entraba en quirófano de urgencia. Estaba estable, pero la fractura y la luxación eran complicadas. «Urgencia. Estable. Mario» era todo lo que conseguía escuchar.
Miguelito, nuestro bebé, lloraba en el coche. Le puse una nana y le acaricié para tranquilizarle. Mientras conducíamos, pensaba en Mario. En nuestra boda, en nuestro noviazgo, en cada uno de nuestros hijos cuando llegaron al mundo. Pensaba en Miguel naciendo durante nuestro tiempo de misión, en aquellas condiciones tan precarias, y en Mario sosteniéndome, cogiéndole en brazos en un paritorio prácticamente vacío, donde estábamos solos los dos. Él y yo. Pensaba también en todo lo que Mario había sufrido durante aquellos meses. En su angustia por sentir que no era suficiente, que no hacía lo bastante para que pudiéramos sacar adelante nuestra familia en medio de las dificultades de la misión. Y me repetía a mí misma: «¿Que no era suficiente? Pero si es mi vida. ¡Se lo tengo que decir! ¡Se lo tengo que decir!».
Llegamos al hospital y nos encontramos una imagen que no voy a olvidar. En el vestíbulo había un puesto móvil de atención a familiares de las víctimas. Había personas preguntando a sanitarios que consultaban en un ordenador. Todos y cada uno de ellos buscaban un pedazo fundamental de su vida como yo buscaba el mío. Algunos no conseguían encontrarlo. Gritaban de dolor, lloraban, se sentaban a esperar con la cara desencajada. Otros rezaban. Yo los miraba y solo me nacía de dentro rezar por ellos. Me repetía eso que Mario decía, que a pesar de todo Dios es bueno, es bueno, es bueno.
Mientras esperábamos a que alguien pudiera atendernos, volvió a sonar el teléfono. Era el mismo número. «¿Maite?»; «¡Estoy aquí en el Hospital!», respondí. «¿Estás en el vestíbulo de la entrada? Voy a llamar para que os suban». Mario había salido del quirófano. Nos dirigimos a la URPA y cuando estábamos llegando, escuché: «¡Familia de Mario Aguado!». Sentí que me moría. Creo que habría sido capaz de atropellar a quien fuera con el carro del bebé con tal de llegar hasta él. Como no me dejan entrar con el bebé, se queda mi suegro con él y yo entro acompañada de mi suegra a ver a Mario. Y le vi.
Lleno de cables, con oxígeno, electrodos, cortes, brechas, heridas y cardenales. Estaba aturdido, pero hablaba y abría los ojos. Ve a su madre y dice, lúcido a pesar de los analgésicos, «¡Pero si es mi mamá!». La abrazó. Lloraron. Yo intenté acercarme a los pies de la cama para decirle que estaba allí y, sobre todo, que le quería. Pero vi todos aquellos hierros y tuve miedo de rozarle y hacerle daño. Me quedé, pues, esperando. Al poco rato nuestros ojos se encuentran, se incorpora, abre los ojos como platos y dice: «¡Mi mujer!». Le abracé y entonces, solo entonces, respiré.
El solo me repetía: «Lo siento, lo siento, lo siento…». Y lloraba. Yo le respondía que le quería, aunque las palabras tenían que encontrar la forma de esquivar el nudo de angustia que aún me oprimía la garganta. Pero se lo decía, una y otra vez, sin parar. Al verle el cuerpo empecé a sentir muchísimo calor. Me sobraba la chaqueta de lana, la bata, todo. Pedí un taburete para poder sentarme a su lado. Me tumbaron y me recuperé.
Ya está. Estoy con él. Está aquí. Mario repetía nombres una y otra vez. Daba las gracias a todos los que se acercaban a atenderle y pronunciaba los nombres de las personas que le habían ayudado como si fueran un mantra: «José Ramón, Rosa, Santos, Tamara…». No dejaba de dar las gracias. Me dejaron estar con él durante un buen rato, hasta que me avisaron de que tenían que atender a más pacientes que llegaban de cirugías urgentes y que debía marcharme.
Antes de irme, Mario lloró. Me contó que durante horas había pensado que iba a quedarse parapléjico. Que podía perder una pierna. Le pregunté a la enfermera si podría volver a verle. «Claro que sí, cariño. Mañana a las 9:30 es la hora de visitas». Y me fui de allí dando profundas gracias a Dios. Mario estaba vivo. Había vuelto a encontrarme. Podía abrazarle.
Y aunque todavía no sabíamos todo lo que nos esperaba, aquella noche pude volver a respirar. Aquel día entendí que hay palabras que no deben nunca, nunca, dejarse para después, y que para un matrimonio, decirse «te quiero» es siempre urgente, a cualquier hora, pues uno no sabe si cinco minutos después lo va a poder decir. Que no me quede un solo «te quiero» sin decirle a Mario desde hoy hasta el final de nuestros días. Porque la vida puede cambiar en un aterrador instante y que el amor, incluso cuando atraviesa momentos difíciles, sigue siendo el pilar fundamental que lo sostiene todo. Mario había salido de casa aquella mañana para ir a trabajar; era un viaje de formación, un simple viaje más. Creía tener derecho a estar enfadada con él, y el solo recuerdo de haberme despedido de él con desdén es algo que me corta el aliento. Tenemos, gracias a Dios, una nueva oportunidad, una vida entera por reconstruir, tres hijos pequeños que nos esperan y tantas, tantas, tantas cosas pendientes entre nosotros. Solo me quedan fuerzas para dar gracias a Dios por darnos esta nueva oportunidad de vivirlas. Por eso y porque es bueno.





