El martirio es el testimonio más alto de la vida cristiana; de un amor a Dios y al prójimo sin igual, el más semejante al de Cristo en la cruz
En Valencia, se está celebrando el 25.º aniversario de la beatificación en Roma de 233 mártires valencianos. En el Ateneo Mercantil, tuvo lugar en septiembre un coloquio para el que me propusieron este tema: «El martirio de los cristianos, el hecho más importante de la historia de la Iglesia en el siglo XX». Tesis difícil, pero no imposible de defender.
El siglo en que los humanos se mataron más que nunca ha sido el que ha dado a la Iglesia más mártires que toda su historia. Por supuesto, muchos más que los 100.000 martirizados por el paganismo de Roma. Según los cálculos más moderados, unos 3.000.000. Armenios, ortodoxos, católicos, protestantes… todos sufrieron como nunca la persecución sangrienta, ahora a manos del paganismo moderno. Los 7.000 eclesiásticos martirizados en España —cifra enorme, sobre todo en términos relativos— palidecen ante los 250.000 de la Unión Soviética. Solo en Dachau los nazis asesinaron a más de 1.800 sacerdotes católicos.
Pero la importancia del martirio no se calibra solo por la magnitud de las cifras, sino por su relevancia cualitativa para la Iglesia y para el mundo. Hay tres hechos muy significativos que podrían disputarle el puesto al martirio. El movimiento mariano, con su precedente de Lourdes, su culmen en Fátima y la proclamación del dogma de la Asunción en 1950. El movimiento litúrgico, que no comporta solo purificación y revitalización de la celebración, sino también una renovación del acercamiento a la Sagrada Escritura y a la patrística. Y, en fin, el Vaticano II, hito señero en la tarea todavía pendiente de la evangelización de la cultura moderna.
Pues bien, el martirio masivo del siglo XX sería incluso cualitativamente más importante que estos tres acontecimientos por una sencilla razón. El martirio es el testimonio más alto de la vida cristiana; de un amor a Dios y al prójimo sin igual, el más semejante al de Cristo en la cruz. Así lo enseñan la Escritura, los Padres y el mismo Vaticano II: después de la Virgen santísima y los apóstoles, la Iglesia venera a los mártires con el mayor afecto entre todos los santos (cf. LG 50). Ellos son testigos de aquel amor del que Jesús habla, refiriéndose ante todo a sí mismo: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15). En cambio, el movimiento mariano, el movimiento litúrgico y el Concilio no son de por sí expresión máxima de la vida cristiana, sino solo instrumentos para favorecerla y promoverla, cada uno en su modo y grado.
Fátima profetiza un tiempo de sufrimiento, causado por el paganismo moderno, y pide la unión con el Corazón inmaculado y la conversión. La Reina de los mártires va a la cabeza de los testigos de la Cruz y de la Gloria de su Hijo. En el Calvario y luego glorificada en cuerpo y alma, encarna la esperanza escatológica de la Iglesia, tan puesta en crisis por el nuevo paganismo, adorador de un paradisiaco pagus de hechura humana.
La liturgia, con la Eucaristía en el centro, es fuente divina de fe y de esperanza para los santificados por el Bautismo. El sujeto verdadero de la acción litúrgica es el Cristo total, del que son miembros destacados María, los apóstoles, los mártires y los santos. La Iglesia vive ya y espera aún en la Liturgia la salvación de Dios, atestiguada por la Escritura y la Tradición. Los concilios son un servicio específico que la Iglesia jerárquica presta a la Iglesia para facilitarle, en cada circunstancia histórica, la unión perfecta en caridad con su cabeza, el Señor crucificado y resucitado, al tiempo que el amor al prójimo por él.
En conclusión: el martirio de los cristianos es el hecho más importante de la historia de la Iglesia en el siglo XX, porque los mártires, siendo, como siempre, presencia privilegiada de la salvación de Cristo, constituyen, como nunca, una nube ingente de testigos de luz y esperanza; son signos vivos de la Misericordia y del perdón divino y humano en una época tan inmisericorde y llena de odios. Ante la crisis de humanidad del paganismo moderno, la Providencia ha enviado tantos testigos como fermento sobrenatural de la evangelización de la cultura moderna, que puede rescatarla de sus propios demonios y abrir a todas y cada una de sus víctimas el futuro divino de vida y amor.
En 1961, recién anunciado el Concilio por san Juan XXIII, el cardenal Josef Frings, arzobispo de Colonia, pronunció en Génova una conferencia titulada El Concilio y el mundo de las ideas modernas. Después de exponer magistralmente lo que debería ser la tarea del Concilio, concluía con estas frases sorprendentes que corroboran nuestra tesis sobre la importancia del martirio en nuestra época:
«En este tiempo nuestro se le ha pedido a la Iglesia también el testimonio más grande: el testimonio del sufrimiento. Nunca deberemos olvidar que solo el último medio siglo ha producido más mártires que los tres siglos de persecución de los cristianos por Roma. ¿Podemos darnos por abandonados de la mano de Dios en un siglo que ha sido capaz de tales testimonios?
¿Podemos todavía andar quejándonos de una Iglesia cansada y falta de fe?
Que la Iglesia siga siendo aún y más que nunca Iglesia de mártires es la prueba clara de que la fuerza del Espíritu Santo sigue viva en ella sin mengua alguna. El signo del dolor es el signo de su vida invencible.
La tarea del próximo concilio será ponerse al servicio de esa vida. Como concilio de renovación, habrá de ocuparse menos de formular doctrinas que de facilitar de nuevo y más a fondo el testimonio de la vida cristiana para el mundo de hoy. De modo que se ponga en verdad de manifiesto que Cristo no es solo un “Cristo ayer”, sino el único Cristo “ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8)» 1.
Además del aniversario de Valencia, la Iglesia conmemora este 2026 los 90 años del martirio de la mayoría de los mártires de España. Y las declaraciones de nuevos mártires continúan. A final de año, serán ya 2.415 los santos y beatos mártires del siglo XX en España.
El 17 de octubre, Ibiza celebró la beatificación de Juan Torres Torres, de 23 años, párroco de Formentera, y de 19 sacerdotes más. Eran casi la mitad del presbiterio diocesano de entonces.
El 7 de noviembre, en Santander, es el turno de Francisco González de Córdova, a la cabeza de 80 mártires (67 sacerdotes, 3 carmelitas descalzos, 3 seminaristas y 7 seglares). Entre ellos, el primer juez español que llega a los altares, Luis Mosquera Caramelo, joven padre de cinco hijos, de los cuales Manuel, sacerdote, misionero en Chile, falleció el pasado julio, a los pocos días de haber conocido el decreto de beatificación de su padre.
El 28 de noviembre serán beatificados en Madrid 9 seminaristas, de 18 a 24 años, encabezados por Ignacio Aláez Vaquero y acompañados por el tío sacerdote de uno y el padre de otro, un militar que no permitió que su hijo se fuera sin él al Cielo.
1 Luego se supo que Frings había encargado su conferencia a un joven teólogo de su diócesis, Joseph Ratzinger. Se puede leer en Joseph Ratzinger, Obras completas VII/1, 35-54. BAC.




