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El arte de la espera (I)

En el acelerado discurrir de nuestros días, donde la inmediatez se ha convertido en la norma, y la paciencia en una virtud en peligro de extinción, el Evangelio nos propone hacer una pausa a través de tres parábolas de Jesús que nos enseñan el arte de la espera. En ellas se presenta a Jesús como un esposo, como un generoso donante y como un necesitado. La de las diez vírgenes que aguardan la llegada del esposo es la primera.

Esta se dirige especialmente a aquellos que ya conocen al esposo y le esperan, sabiendo que es aquel que cumplirá la aspiración más profunda de nuestro corazón. Todas las doncellas de las que nos habla la parábola comparten una misma realidad existencial. En primer lugar, ninguna de ellas conoce con exactitud el momento de la llegada del esposo; la incertidumbre temporal es un dato inapelable que afecta a toda nuestra existencia. En segundo lugar, todas sintieron el cansancio, el peso del sueño y acabaron durmiéndose. Por tanto, no está en la fortaleza la distinción entre las prudentes y las necias: el cansancio forma parte de nuestra condición frágil y limitada.

La verdadera diferencia, el punto de inflexión que marca el destino de unas y otras, no radica en haber dormido o velado de manera ininterrumpida, sino en la preparación previa y en como responden en el momento de la llegada. Mientras que las vírgenes sensatas se prepararon para esta llegada, siendo conscientes de lo imprevisto del momento y cargaron sus lámparas con el aceite necesario, las necias se confiaron, descuidando el aprovisionamiento esencial y marcharon a buscar aceite en otro lugar. Este detalle nos invita a reflexionar sobre cómo gestionamos nuestro tiempo de espera en el mundo.

¿Qué esperamos realmente de la vida? El tiempo presente, a menudo vivido con vértigo, es en realidad un tiempo propicio para la maduración interior. Es la ocasión que se nos otorga para discernir qué es lo verdaderamente importante y, así, saber de qué aprovisionarnos. Conviene que, a veces, paremos y nos hagamos algunas preguntas: ¿Esperamos únicamente seguridades materiales, como la estabilidad económica o, por ejemplo, un golpe de suerte en la lotería que solucione nuestros problemas? ¿Esperamos sólo la preservación inalterable de nuestra salud física? ¿Confiamos en que las estructuras puramente humanas garanticen nuestra existencia asegurando que no pasaremos ningún sufrimiento ni contradicción?

Ciertamente, no hay nada reprochable en desear bienestar o salud; sin embargo, reducir la esperanza a la mera supervivencia o al éxito terrenal es construir sobre cimientos de arena. La propuesta espiritual del Evangelio nos invita a ir más allá. Si nuestra mirada se fija exclusivamente en lo efímero, cuando la vida nos confronte nos daremos cuenta, al igual que las vírgenes necias, de que carecemos de aquello que nos da verdadera consistencia; comprenderemos que lo esencial de la vida no se improvisa, ni se puede pedir prestados en el último instante. El futuro no se resuelve en un proyecto material, sino en la espera de Alguien que viene a nuestro encuentro.

Uno de los aspectos más importantes de la parábola es la constatación de que la respuesta al Señor es un acto rigurosamente personal. Solo cada uno puede acoger la Sabiduría que se nos ofrece de manera gratuita. La fe, como respuesta personal a Jesucristo, no se hereda y no se puede transferir en el momento de la urgencia. Cada persona debe cultivar su propia espera interior; acompañados por otros y aprendiendo unos de otros a esperar adecuadamente, pero respondiendo cada uno de las propias elecciones.

Aprender a esperar no significa adoptar una postura pasiva de brazos cruzados, sino desarrollar una vigilancia activa del corazón. Es un entrenamiento en la autenticidad. Jesús dice a las vírgenes necias: no os conozco. Posiblemente tampoco ellas mismas se conocerían.

La parábola nos desafía a revisar nuestro modo de esperar. En un mundo que nos empuja constantemente a correr tras lo superficial, detenernos a reflexionar sobre qué esperamos nos devuelve la mirada al horizonte. No se trata de temer la llegada del momento final, sino de prepararnos para el encuentro con la tranquilidad de quien ya conoce fundamentalmente lo que espera.

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