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Abrid las puertas del corazón a Cristo que viene

Queridos diocesanos de Alcalá de Henares:

En el salmo 23 se dice: “Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas, va a entrar el Rey de la gloria”. Comentando este salmo, el Cardenal Cantalamessa decía que, en Navidad, las puertas que hay que abrir son las de nuestro corazón, que son las puertas de la fe, la esperanza y la caridad.

La primera puerta es la fe. “El justo vivirá por la fe” (Hab 2,4). La fe nos permite perseverar a pesar de las dificultades, con la conciencia de que el mal no tendrá la última palabra. Dios es soberano, tiene el control de los acontecimientos y sabe escribir derecho en renglones torcidos. Las situaciones pueden salirse del control de los hombres, pero no del control de Dios. Cristo, muriendo y resucitando, ha vencido al mundo, y ha convertido el sufrimiento en instrumento de salvación. “Todo coopera para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28). En este tiempo de Adviento, que estamos comenzando, podríamos preguntarnos: ¿Cómo es mi vida de fe? Ojalá podamos responder como San Pablo: “Sé de quien me he fiado” (2Tm 1,12). Dios nunca retrocede para hacer el vacío ante quien se arroja en sus manos.

En la espera del Mesías, abramos también la puerta de la esperanza. Como cristianos, creemos en la vida después de la muerte, lo cual nos permite vivir con esperanza, ya que nuestro destino eterno nos ayuda a relativizar muchas cosas de este mundo. Para nosotros, la muerte no es un aterrizaje, sino un despegue. “La muerte ha sido absorbida en la victoria” (1Co 15,54). “Se siembra un cuerpo sin gloria y resucita glorioso” (1Co 15,43). El sentido de la vida no puede ser aquello de “comamos y bebamos, que mañana moriremos” (1Co 15,32). Después de este mundo, nos espera la eternidad. Dios tiene un proyecto maravilloso para nosotros: “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1Co 2,9). No podemos desperdiciar la vida viviendo egoístamente. Lo nuestro es amar a Dios y al prójimo. Amar siempre y a todos. Para vivir así hay que tener esperanza en la vida futura. Nada se hace sin esperanza. El pesimismo es el verdadero agujero negro del universo. Solo la esperanza nos da coraje para amar, para luchar por un mundo mejor, para no sucumbir a las satisfacciones efímeras de este mundo ni a la desesperanza de una vida sin sentido.

La última puerta que tenemos que abrir para recibir al Mesías es la puerta de la caridad. Es la puerta más especial. Para abrirla, antes de amar, hay que dejarse amar. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero” (1Jn 4,10). Abrir la puerta de la caridad es acoger el amor de Dios, creer en su amor. Recibir el amor de Dios parece algo fácil, pero es una de las cosas más difíciles del mundo. Hay que hacerse niño. Hay que hacerse pobre.

No es fácil volver a ser niño. Las desilusiones de la vida nos hacen cautelosos, prudentes y un poco escépticos. En esta Navidad, Jesús vuelve a decirnos: “Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20). Abramos las puertas del corazón a este Niño que llama. Cuenta una leyenda que, entre los pastores que fueron a ver al Niño en Nochebuena, había un pastorcillo tan pobre que no tenía nada que ofrecer a la Virgen María, por eso se quedó a un lado, un poco avergonzado. Todos los demás competían para darle a María su regalo. Como ella no podía recibirlos teniendo a Jesús en sus brazos, le entregó el Niño a aquel pobre pastorcillo que se había presentado con las manos vacías. Por el hecho de ser el más pobre, le tocó la mejor parte. ¿Qué podríamos hacer nosotros para que nos tocara la misma suerte?

Recibid mi saludo y mi bendición.

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