Santiago Portas es director de Instituciones Religiosas y Tercer Sector del Banco Sabadell. Autor de 70 veces 7. Liderar desde el perdón, la verdad y la reconciliación
En el Código de Derecho Canónico hay expresiones que, leídas hoy, pueden sonar antiguas, pero que encierran una gran profundidad jurídica, moral y pastoral. Una de ellas aparece en el canon 1284 §1, cuando se afirma que todos los administradores de bienes eclesiásticos están obligados a cumplir su función «con la diligencia de un buen padre de familia».
La fórmula no es exclusiva del derecho de la Iglesia. También aparece en el Código Civil español y procede de una tradición jurídica muy anterior. Su origen se encuentra en el derecho romano, en la figura del bonus pater familias, que no designaba tanto al padre en sentido afectivo, sino a la persona prudente, responsable y cuidadosa que sabe gobernar su casa, proteger su patrimonio y actuar con previsión. Con el paso de los siglos, esa imagen se convirtió en un criterio jurídico.
En el ámbito de la Iglesia, esta expresión adquiere un sentido especialmente importante. Los bienes eclesiásticos no son bienes privados al servicio del interés particular de quien los administra. El propio Código de Derecho Canónico recuerda que la Iglesia puede adquirir, conservar, administrar y enajenar bienes temporales para cumplir sus fines propios: sostener el culto divino, atender al clero y a los ministros, realizar obras de apostolado y ejercer la caridad. Por tanto, administrar en la Iglesia no es simplemente gestionar recursos: es custodiar medios al servicio de una misión.
De ahí que actuar como «buen padre de familia» implique, en primer lugar, una actitud de responsabilidad. El administrador eclesiástico —sea en una diócesis, parroquia, congregación, fundación o entidad vinculada a la Iglesia— no puede comportarse como dueño absoluto de los bienes, sino como servidor y custodio. Administra algo que ha recibido para ponerlo al servicio del Evangelio, de la comunidad y de los pobres. Esa conciencia cambia profundamente la forma de tomar decisiones económicas.
En segundo lugar, la expresión exige prudencia. La prudencia no es miedo ni inmovilismo. No significa dejar los recursos quietos por temor a equivocarse, sino ponderar bien los riesgos, actuar con información, dejarse asesorar cuando sea necesario y tomar decisiones proporcionadas. En la administración de la Iglesia, la buena intención no basta si no va acompañada de rigor, transparencia y competencia. Una mala decisión puede comprometer obras pastorales, educativas, sociales o asistenciales que dependen de esos recursos.
En tercer lugar, el canon 1284 concreta esa diligencia en obligaciones muy prácticas. El administrador debe vigilar que los bienes no se pierdan ni sufran daño, asegurar jurídicamente la propiedad, observar las normas canónicas y civiles, cobrar diligentemente las rentas, pagar las deudas, llevar adecuadamente los libros contables, conservar documentos y rendir cuentas. Es decir, la expresión «buen padre de familia» no se queda en una fórmula bonita o moralizante: se traduce en control, orden, previsión, legalidad y rendición de cuentas.
También tiene una dimensión evangélica. Administrar bien en la Iglesia no es acumular por acumular, sino hacer posible la misión. Cada euro mal gestionado es una oportunidad perdida para evangelizar, educar, acompañar, cuidar o servir. Y cada decisión económica tomada con seriedad puede convertirse en una forma concreta de caridad institucional. La buena administración no sustituye a la misión, pero la sostiene; no es el fin, pero permite que el fin pueda realizarse.
Por eso, quizá esta antigua expresión conserva hoy toda su fuerza. Administrar como «un buen padre de familia» no es solo cumplir una obligación jurídica, sino asumir una forma concreta de servicio. En la Iglesia, quien administra no está llamado a servirse de los bienes, sino a ponerlos al servicio de la misión, recordando aquellas palabras del Evangelio: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir».
Desde ahí, merece también un reconocimiento agradecido la labor de tantas personas que, muchas veces con discreción y entrega, están al frente de parroquias, diócesis, congregaciones, fundaciones, colegios, hospitales, residencias, entidades sociales y tantas otras obras de la Iglesia. Su tarea no siempre es visible, pero resulta esencial para que la misión continúe con fidelidad, transparencia y credibilidad.





