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Amarás al Señor, tu Dios… y a tu prójimo como a ti mismo

Queridos hermanos:

La próxima semana, el día 18 de enero, comienza el Octavario de oración por la unidad de los cristianos, que se extenderá hasta el día 25, fiesta de la conversión de San Pablo.

El mejor testimonio que podemos dar al mundo es la unidad, la comunión, la fraternidad entre los que llamamos Padre al mismo Dios y confesamos que el amor que nos tiene lo ha demostrado sobre todo en el envío y la entrega de su propio Hijo.

A veces preguntamos a los niños “¿a quién quieres más?” o “¿cuánto me quieres?”, como si el amor se pudiese medir con metros o pesar con balanzas, de modo que si pones más en un lado queda menos para el otro, o si quieres más a tu madre es que quieres menos a tu padre o a tus hermanos. Las cosas del espíritu tienen otra lógica: cuanto más se ama a una persona más capaces somos de amar a todos; y un simple rescoldo de odio en el corazón afecta a todos los que queremos. El amor con el que Dios ama a su Hijo es el mismo que derrama sobre nosotros con el Espíritu santo. Y nosotros, con un solo corazón queremos a Dios y los demás. El amor no enfrenta, el amor nunca compite. Lo mismo sucede con la paz en el mundo, la libertad, la verdad… Una pequeña mentira impugna toda una argumentación. No es posible la libertad a medias, ni la paz a pedazos.

Dios quiere a todos sin sombra de odio: el amor no consiste en que nosotros le amemos a él, sino que él nos ama desde antes que nos convirtamos y por encima de nuestro pecado. “¿Acaso Dios lo es solo de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? También lo es de los gentiles, si es verdad que no hay más que un Dios” (Rom 3,29-30).

El amor de Dios nos une a todos los hombres, y los cristianos somos testigos alegres de esta unidad en el amor de Dios. Muchos no han conocido todavía el amor infinito e incondicional que Dios les tiene, pero nosotros sí lo hemos conocido en nuestro Señor Jesucristo, en su muerte y resurrección.

La identidad común de todos los cristianos es esta experiencia del amor de Dios manifestado en Cristo, fuente de paz y de reconciliación entre nosotros y para todo el mundo. Este testimonio a menudo se ve mermado por nuestras divisiones o por el empobrecimiento espiritual y la búsqueda de intereses. El imperativo de testimoniar el amor de Dios es aún más apremiante en este mundo desvinculado y regado de conflictos.

La parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37) es el icono de este año para el Octavario de oración por la unidad de los cristianos. En tiempos de Jesús, entre los samaritanos y los judíos, enfrentados por motivos religiosos, había un clima de enemistad y hostilidad. Los cristianos solo podemos convertirnos en prójimos, al estilo del buen samaritano: aprendiendo a amarnos unos a otros independientemente de nuestras diferencias. El amor cristiano como el de Dios salta por encima de nuestras diferencias culturales, sociales, raciales e incluso religiosas, y está siempre abierto a la reconciliación.

La fe en Jesús es una llamada a amar a Dios y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. ¿Cómo podríamos amar a Dios a quien no vemos, si no amáramos al hermano a quien vemos? (cf. 1Jn 4,20). Renovemos nuestro compromiso por la unidad y pidamos al Señor que su amor fortalezca nuestra unión como cristianos.

Con mi bendición,

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