Armando Jesús Lovera vivió en Perú con el hoy Papa y fraguó una relación que todavía perdura: «Ese tiempo fue una escuela de humanidad»
El amigo del alma. «Un amigo que me ha enseñado a ver el rostro de Jesús». Ese es el papa León XIV, antes padre Roberto, para Armando Jesús Lovera Vásquez. Este peruano de la amazónica Iquitos afincado en Valladolid acaba de publicar un libro —De Roberto a León (Mensajero)— que no es una biografía al uso, sino un viaje por una amistad.
Armando Jesús Lovera convivió con Roberto Prevost varios años en la casa de formación de Trujillo en los 90, aunque lo había conocido antes en Colombia, en otro centro. Nuestro autor quería ser agustino por entonces, aunque, luego, los caminos de Dios lo llevaron por otras rutas vocacionales. Pero esa intuición le permitió convivir con el hoy Papa y hacerse su amigo.
El primer impacto ya fue sorprendente. Recuerda Lovera que, al ser canonista, recibieron la noticia de su llegada con ciertas reservas. Esperaban en Prevost «una persona fría, seria, de protocolos…», pero no fue así. «Nos desarmó a todos por su forma de ser, muy cercana, y por su testimonio», explica en conversación con ECCLESIA el día de la presentación de la obra en Madrid. Aquellos años, el padre Roberto le ayudó a profundizar en la fe, a discernir la vocación y a tener buenos amigos: «Ese tiempo fue una escuela de humanidad». El hoy Papa ya demostraba su capacidad de escucha, pero también de oración y contemplación. Una oración muy estructurada, dice Lovera, marcada por la Liturgia de las Horas, pero sin cerrarse «a nuevas formas». También destaca su empeño y paciencia en la formación de los candidatos, especialmente de aquellos que procedían de zonas muy desfavorecidas.
Fue formador, pero también párroco, en definitiva, un líder preocupado por su pueblo, como demuestran algunos hechos que se narran en el libro: la organización de redes de solidaridad para sostener a las familias afectadas por «el brutal ajuste económico» del presidente Fujimori, la mediación en conflictos sociales o la puesta en marcha de dos plantas de producción de oxígeno durante la pandemia. «La cercanía a los que más sufren fue su forma de hacerse prójimo, de hacer presente a la Iglesia que se detiene ante el dolor de los caídos, contempla la situación y se hace cargo», refleja Lovera en el libro.
Siempre demostró estar comprometido, fue muy querido. Un episodio trágico muestra a las claras estas cualidades. Gumersindo, un aspirante que justo dejaba la casa de formación y la vocación religiosa, fallecería tras su partida, en el trayecto en autobús a Lima. Su familia, en la otra punta del país, le pidió al padre Roberto si podía hacerse cargo de la recogida del cuerpo. Y este condujo cientos de kilómetros para recogerlo y llevarlo hasta sus seres queridos.
En medio del dolor, una confusión —se difundió que el que había muerto había sido el párroco Roberto— demostró el amor del pueblo. Los fieles se concentraron para llorar la pérdida. Fue el propio Prevost quien corrigió el error. Acontecimientos sencillos, pero que, para Lovera, muestran su disponibilidad y el cariño de la gente.
La familia
Pero la historia de Robert Prevost es también la historia de sus padres, Louis y Mildred. Louis, que participó en del Desembarco de Normandía, también compartió vida con Armando durante las visitas a su hijo en Perú. Un hombre que es testigo de la entrega por altos ideales. «Ese mismo espíritu parece haberlo heredado Roberto. Su manera de vivir el ministerio tiene algo de esa sobriedad aprendida en casa. No es el heroísmo que se exhibe, sino el coraje cotidiano de sostener, de escuchar, de estar», se puede leer en De Roberto a León. Tras la etapa militar, su padre se dedicaría a la educación, consciente de su poder transformador. Cuenta el autor que incluso llevaba a casa a jóvenes en situaciones difíciles. Todo eso lo vivió Roberto. Como también vio desde pequeño que uno de los centros de la familia era la parroquia, «más que un templo, la estructura que daba sentido al día a día».
Un aspecto interesante de la obra tiene que ver, por ejemplo, con el nombre de León XIV. Evidentemente, como el propio Papa expresó, los desafíos que afrontó León XIII en un cambio de época como el que vivimos hoy es uno de los motivos de su elección. Pero Lovera indagó hasta poner encima de la mesa el vínculo entre León XIII y la Orden de San Agustín, a la que apoyó durante su pontificado. Otra clave importante es la devoción de Prevost a la Virgen del Buen Consejo, cuya imagen se encuentra en Genazzano. Hasta allí se acercó tras ser elegido Papa, como lo hizo cuando le fue encargado el gobierno general de su orden o, al término del mandato, para dar gracias.
En los últimos años, Roberto y Armando han mantenido la amistad. De hecho, el hoy Papa ofició su matrimonio y bautizó a sus hijas. La última vez que se vieron fue este verano, en una cita que ya tenían cerrada antes del cónclave: «Le dije que quería seguir siendo su amigo, quizás no con la cercanía de antes, pero sí en la oración. En Jesús seguiremos siendo amigos».
La amistad es el tema que vuelve a destacar Armando Lovera en la entrevista con ECCLESIA, la amistad como regalo de Dios, como lo es la suya con el Papa. Porque, dice, Dios actúa a través de los amigos. El propio León seleccionó una cita de uno de sus discursos sobre la amistad para abrir el libro: «La amistad con Cristo es nuestra estrella polar».








