El predicador de la Casa Pontificia ha señalado que el acceso al Reino de Dios no se basa en prestaciones morales, sino en la capacidad de amar al prójimo sin cálculos. El Papa se ha sumado por videoconferencia
La segunda meditación de los ejercicios espirituales que la Curia Romana está llevando a cabo en el Aula Pablo VI con motivo de la Cuaresma ha versado, siguiendo el hilo general de la vida eterna, sobre la entrada al Reino. El predicador de la Casa Pontificia, el fraile capuchino y biblista Roberto Pasolini, ha subrayado que el Señor no tiene un criterio de acceso basado en prestaciones morales, sino que la clave está en el amor al prójimo. En este sentido, ha añadido que la verdadera sorpresa del Juicio Final será descubrir que Dios no tenía ninguna expectativa sobre nosotros, más allá de reconocernos plenamente como sus hijos, inmersos ya en su eternidad.
En la síntesis de esta segunda meditación publicada en Vatican News, el padre Pasolini se ha detenido en la parábola del Juicio Final, la cual, más allá de su llamamiento a la caridad, revela una perspectiva sorprendente: no se trata de un tribunal en el sentido tradicional, sino de una afirmación que revela la realidad ya vivida por cada persona. El criterio de acceso al Reino no es la afiliación religiosa, sino el amor concreto hacia los hermanos más jóvenes, que, en la perspectiva evangélica, representan a los discípulos de Cristo. De este enfoque se extrae que la responsabilidad de los cristianos no es —al menos principalmente— hacer el bien, sino permitir que otros lo hagan.
Al examinar esta parábola, vemos que tanto los justos como los malvados muestran asombro ante las palabras del Rey, de lo que es posible deducir que el bien realizado en ellos fue experimentado de manera natural e inconsciente. Esto sugeriría, en opinión del padre Pasolini, que el acceso a la vida eterna no depende del desempeño moral, sino de la capacidad de vivir en el amor sin cálculos.
Siguiendo el hilo vertebrador del Catecismo de la Iglesia Católica, se afirma que, al final de los tiempos, el Reino de Dios se manifestará plenamente, transformando la humanidad y el cosmos en «nuevos cielos y nueva tierra». La base de nuestra esperanza tiene su origen en la promesa de Cristo, que nos llama a vivir desde ya sin ansiedad de rendimiento, sino con la confianza de que es Dios mismo quien transforma nuestra humanidad a su imagen y semejanza, según ese plan de amor que rige desde el principio.
Esto es así a la luz de que Jesús anunció la vida eterna no como una realidad futura y lejana, sino como una condición ya accesible a quienes escuchan su palabra y creen en el Padre (Jn 5,24). El Evangelio nos invita a reconocer que la vida eterna ya ha comenzado: se manifiesta en nuestro modo de vivir y de amar, abriéndonos a la presencia transformadora de Dios.
El Papa los sigue por videoconferencia
Este año, los ejercicios cuaresmales cuentan con la salvedad de la ausencia física del papa Francisco, quien, sin embargo, estará muy presente entre los participantes, pues, como ha reconocido en una entrevista con Vatican News el predicador, «nos reuniremos en oración por él con mayor intensidad», ensayando así una perfecta «comunión espiritual». «Su misma ausencia será una palabra para nosotros», ha apuntado, añadiendo que «su sufrimiento es profundamente evocador» para millones de personas que experimentan el dolor y la violencia en el mundo.
De hecho, tal y como ha informado la Santa Sede, el Pontífice está siguiendo el devenir e los ejercicios a través de videoconferencia.








