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Segunda y tercera meditaciones a la Curia Romana: «La ayuda de Dios es una morada en la que vivir, no un servicio de emergencia o una póliza de seguro»

En el marco de los ejercicios espirituales que están desarrollando el papa León XIV y la Curia Romana con motivo del inicio de la Cuaresma, la tercera reflexión se ha centrado en «cómo vivir con la ayuda divina»

En la tarde de ayer, la Capilla Paulina fue el escenario de la tercera meditación de los ejercicios espirituales de Cuaresma predicados por monseñor Erik Varden, obispo de Trondheim, ante el Papa y la Curia Romana. Bajo el título de «Cómo vivir con la ayuda de Dios», el monje trapense invitó a los presentes a profundizar en una fe que trascienda la búsqueda —irreal— de una seguridad inmediata.

De este modo, el predicador comenzó su reflexión citando a la educadora Mary Ward para recordar que, aunque el esfuerzo humano es necesario, la ayuda divina es un axioma fundamental de la fe bíblica. Y se mostró muy crítico con las visiones utilitaristas de la religión, pues, a su juicio, la ayuda de Dios «no es ocasional; no es un servicio de emergencia al que recurrimos cuando se incendia una casa o alguien es atropellado por un coche, como si llamáramos al 112».

Apoyándose en el Salmo 90 y en las enseñanzas de san Bernardo, el obispo noruego explicó que el auxilio divino constituye una «morada», una realidad constante en la que el creyente puede vivir, moverse y existir. Esta concepción, señaló, es lo que diferencia al Dios de Jesucristo, definido como «compasión encarnada», del concepto filosófico del «motor inmóvil» aristotélico.

El obispo de Trondheim también abordó la crisis de fe que surge entre la petición de ayuda divina y el sentimiento de abandono. Utilizando la figura bíblica de Job, describió su historia como una «sinfonía en tres movimientos» que transcurre desde el «lamento visceral» y la «amenaza» hasta la «experiencia inesperada de la gracia». Según Varden, Job se negó a aceptar racionalizaciones que presentaban a Dios «haciendo cuentas sobre su vida como si fuera un balance», optando, en cambio, por buscar su presencia incluso en medio de la aflicción.

Debido a esta tendencia, hacia el final de su meditación alertó sobre la tentación de convertir la religión en una «póliza de seguro» o en una «forma de negociación». Y advirtió que, cuando el mal golpea y destruye las barreras protectoras, los creyentes pueden verse tentados a maldecir a Dios si solo buscan seguridad. En lugar de «traficar con seguridades», Varden instó a la Curia Romana a permitir que Dios derribe los muros que a veces asfixian al ser humano. Y concluyó afirmando que morar en la ayuda del Altísimo significa atravesar el dolor para «aprender a vivir con gracia en este nuevo nivel de profundidad», permitiendo así que otros también encuentren ese camino.

Segunda meditación

En el marco de estos ejercicios espirituales que están desarrollando el papa León XIV y la Curia Romana con motivo del inicio de la Cuaresma —bajo la batuta de monseñor Erik Varden y con el lema «Iluminados por una gloria oculta»— la segunda meditación, celebrada en la mañana de ayer, se centró en la figura de «san Bernardo idealista». Durante la jornada de ayer en la Capilla Paulina, el monje cisterciense y obispo de Trondeim presentó al santo como un referente fundamental para el camino de conversión durante este tiempo litúrgico fuerte.

Monseñor Varden, de este modo, aclaró que san Bernardo es «un excelente compañero para cualquiera que emprenda un éxodo cuaresmal del egocentrismo y el orgullo con el deseo de perseguir la verdad de sí mismo, manteniendo los ojos fijos en el amor de Dios, que todo lo ilumina». Según el predicador, la enseñanza del santo no es meramente teórica, sino que surge de su propia «lucha personal» y de las heridas que cuestionan su presunción ante la «justicia misericordiosa de Dios».

Al abordar la historia de la Orden Cisterciense, monseñor Varden recordó que la obra de Cîteaux, fundada en 1098, «fue tanto una innovación como una reforma». En este sentido, precisó que el proyecto original no nació como una reacción negativa contra terceros, subrayando que «los fundadores llamaron a su casa novum monasterium». Y el obispo quiso ser muy claro al puntualizar que, si esta iniciativa ha tenido éxito, es porque no fue meramente reaccionaria, pues proyectos de esta naturaleza «tarde o temprano acaban en nada».

En un análisis más profundo de su personalidad, el predicador señaló una «similitud de carácter» entre Bernardo de Claraval y el monje trapense Thomas Merton. Así, explicó que el santo ha poseído una «naturaleza mercurial que tenía y debía equilibrar enormes tensiones», comparando su intensidad intelectual con la sinceridad que Merton mostraba, a pesar de sus complejas intuiciones. Para Varden, esta autenticidad ha sido clave, pues la doctrina de Bernardo sobre la conversión «nace de una cultura bíblica sin igual y de nociones teológicas bien ponderadas».

En cuanto a las virtudes del monje, el predicador subrayó que, a pesar de haber adoptado en ocasiones posiciones rígidas, «no era un hipócrita». Monseñor Varden lo describió como alguien «genuinamente humilde, dedicado a Dios, capaz de ternura y amabilidad, un amigo fiel —capaz de hacerse amigo de antiguos enemigos— y un testigo convincente del amor de Dios». Esta humanidad, según el obispo noruego, lo convierten en una «figura fascinante» para el hombre contemporáneo.

Las meditaciones continuarán en la Capilla Paulina hasta el próximo viernes, 27 de febrero, con dos sesiones diarias que incluyen la Hora Media y la adoración eucarística. El obispo ha adelantado que los próximos temas han de profundizar en conceptos como «volverse libres», el «esplendor de la verdad» o la misión de «comunicar la esperanza», concluyendo así un ciclo espiritual diseñado para la renovación y revigorización de la Curia Romana.

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