Desde hace cuatro años, Ángel Pérez se dedica a impartir cursos que buscan mejorar la proclamación de la Palabra de Dios en la liturgia. Con una sólida trayectoria en locución profesional, ofrece formaciones intensivas por toda España, dirigidos a lectores de parroquias, hermandades y comunidades religiosas. La iniciativa, nacida desde la experiencia personal y el deseo de servir a la Iglesia, apuesta por una proclamación clara, viva y comprensible, que ayude a los fieles a escuchar con el corazón.
—¿Cómo surge la idea de crear estos cursos? ¿En qué momento detectas la necesidad de formar personas que sean capaces de leer bien durante la Misa?
—Yo comprobaba hace ya tiempo, porque llevo haciendo esto unos cuatro años, que en Misa no oía ni entendía nada. Hablo siempre en general, claro. Hay personas que lo hacen un poco mejor, sobre todo porque son mayores y llevan muchos años en el ambón. Notaba que ahí hacía falta algo. Y pensaba: «Dios mío, estoy en misa y no me estoy enterando de nada. Ni siquiera oyéndolo».
Total, que en ese momento decidí, por mi cuenta y riesgo, empezar a impartir estos cursos en Madrid. Viví muchos años en Madrid, pero soy de Sevilla, y ahora me he venido aquí porque la mayoría de los cursos los doy en Andalucía. En Madrid también los hago, y en otros sitios, pero en Andalucía está el componente de las hermandades.
Imparto los cursos en parroquias, seminarios, colegios, instituciones de la Iglesia, colectivos de religiosos y sacerdotes… Pero aquí hay cerca de 3.000 hermandades, y he visto que, por lo general, tienen interés en formar a sus lectores.
Yo me suelo reunir con los obispos porque, claro, no soy un verso suelto ni voy por mi cuenta. Todos formamos parte de la Iglesia, que está jerarquizada; si no, esto no funcionaría, acabaríamos tirando cada uno por su lado. Por eso me reúno con los ellos. Pido audiencia, y cuando en una diócesis o archidiócesis ya he impartido varios cursos, voy a ver al obispo.
Y hay algo que me llamó muchísimo la atención la primera vez que me lo dijeron. Pensé: «Que una institución como la Iglesia, que lleva dos mil años, y no tenga algo así…». En el último año, habré visto a unos 14 o 15 obispos, y todos me han dicho lo mismo: «Ángel, esto que tú haces no existe en la Iglesia». Este tipo de formación no se da. Se hacen cursos de liturgia, sí, pero enseñar a las personas a proclamar la Palabra de Dios, tal cual, no existe. Y no me lo ha dicho uno solo, todos han coincidido. Y yo no soy nadie especial. Soy un católico más que quiere ayudar a la Iglesia. En eso estoy. Esa es la historia.
—¿En qué consisten los cursos?
—Lo primero es que se trata de un curso accesible para todos. Me explico: lo imparto de una forma amena, distendida y, si me apuras, también divertida. En la Iglesia se hacen muchísimas cosas, pero yo, desde el primer día, tuve claro que esto tenía que ser asequible para todo el mundo.
Controlar la voz es muy difícil. Lo digo por experiencia profesional: cuesta mucho. Así que planteo una formación intensiva de tres horas, totalmente práctica. Siempre la divido en dos partes: la primera en un espacio que no es el templo, con un descanso, y la segunda en el templo, que es el lugar donde está la presencia real del Señor y donde los lectores proclaman la Palabra. Durante esas tres horas, me centro en crear un ambiente distendido. Nos reímos mucho.
Y luego, cuando el curso termina, lo que hago es crear grupos de WhatsApp. A través de ellos, mando las lecturas de los domingos proclamadas por mí. Les digo a los alumnos —yo he sido profesor de locución muchos años— que hagan algo muy fácil y sencillo: les envío los textos del mes y ellos me escuchan. Y les digo que me imiten. A estas alturas, si no supiera proclamar, mal iríamos.
La gran diferencia que noto —y esto lo veo en muchos sitios— es que la mayoría de las personas, simplemente, leen. Y cuando se lee, todo suena igual, monocorde; la gente se aburre, no entiende nada y desconecta. Proclamar requiere una serie de ejercicios muy sencillos, que yo les mando. La idea es que sea algo fácil, asequible y que cualquiera pueda hacer. Tan es así que, con los años, se han ido incorporando personas con distintos tipos de discapacidad que no se atrevían por diversos motivos.
Por ejemplo, en Sevilla tengo un grupo de lectores invidentes y personas con otras discapacidades, que son un verdadero tesoro para la Iglesia. Como ellos, hay muchas otras personas que, con un poco de ayuda, pueden hacer perfectamente las lecturas.
—¿Hay alguna transformación de algún alumno que recuerdes especialmente?
—Lo primero es que, al impartir los cursos, ya me fui encontrando con personas —muy pocas, contadas con los dedos de una mano— que sabían proclamar. Uno en Sevilla, otro en Madrid, otra persona… ¿Y por qué? Porque ellos se habían preocupado.
Hay una enorme diferencia entre proclamar y leer. Y lo que nosotros, y la Iglesia, queremos es proclamar. La idea final es que quien va a Misa, cuando escucha la lectura, si tú sabes proclamar, tiene la sensación de que está viviendo ese texto. Lo entiende, lo asume, lo interioriza. Eso es lo que pretende la Iglesia.
Me han pasado muchísimas cosas, pero te voy a contar una muy gráfica e ilustrativa con una persona invidente, Juan, de Sevilla. Nos conocimos porque, como siempre, estoy haciendo entrevistas y moviéndome para dar a conocer esta labor, él me llamó. Juan fue muy divertido. Desde entonces, en ciertos domingos, cuando es posible, vamos a distintos templos, en la capital o en otros lugares, y hacemos las lecturas entre él y yo. Y ahora, además de todas las iniciativas que se nos ocurren, estamos montando un grupo definitivo que une a personas invidentes y videntes.








