«No tengamos miedo a hablar de sexo y a hacerlo sin complejos. Tenemos una propuesta que es mejor que la del 68, una propuesta de vida sexual que es mejor», dijo en un encuentro organizado por el Servicio de Pastoral Vocacional de la CEE
Como bien se dijo en el inicio del camino al Congreso de Vocaciones, celebrado en marzo en Madrid, este gran evento no era la meta, sino un punto importante en el mismo. Por eso, la reflexión en torno a la vocación, a su relanzamiento como cultura y pastoral sigue en marcha. Y hace unos días, en un encuentro organizado por el Servicio de Pastoral Vocacional de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Luis Argüello, arzobispo de Valladolid y responsable del citado servicio, ofreció en una ponencia las claves para proponer la vida como vocación.
Y entre todas ellas, el también presidente de la CEE recalcó dos: la vida de oración y la educación afectivo-sexual. «Si me preguntasen qué dos acciones lanzaría en España a la hora de impulsar una cultura vocacional, diría que la vida de oración y la educación sexual. Enseñar a orar, estar en relación con la gracia, y la educación sexual», explicó.
E insistió sobre la segunda cuestión: «No tener miedo a hablar de sexo y hacerlo sin complejos, porque tenemos una propuesta que es mejor que la del 68. Tenemos una propuesta de vida sexual que es mejor».
Tenemos una propuesta de vida sexual que es mejor que la del 68. No hay que tener miedo a hablar de sexo y a hacerlo sin complejos
Este acento del arzobispo se explica, como él mismo indicó, en el contexto de crisis antropológica en el que vivimos, donde la persona ha sido reducida a individuo y el éxito en la vida se mide en el grado de autonomía e independencia que podamos alcanzar.
El sentido esponsal
Frente a esta realidad, la Iglesia, afirmó Argüello, sugiere la vida entendida desde la obediencia a la verdad de lo que somos y a la llamada del amor y la entrega. Algo, por cierto, que tiene su eco en la propuesta afectivo-sexual de la Iglesia. Porque, como recordó, la concreción de cada vocación requiere descubrir el sentido esponsal —de entrega— del cuerpo, ya sea en el matrimonio, donde se manifiesta más claramente, pero también en el amor célibe o virginal.
Otro concepto clave desarrollado por el arzobispo es el de reciprocidad, porque implica que la identidad de un polo o vocación solo se entiende cuando va hacia el otro. Y por eso el hombre y la mujer son recíprocos más que complementarios. Y son recíprocas también las vocaciones en la Iglesia: ministerio ordenado, consagrados y matrimonios.
Con todo esto, Argüello subrayó que «sin una educación afectivo-sexual, sin una evangelización de la sexualidad, nuestro camino vocacional tendrá grandes dificultades». Para la cultura vocacional, «la educación sexual es básica».
Somos vocación
Al margen de esta cuestión más concreta, el presidente de la CEE reconoció que para promover con éxito una nueva cultura vocacional hay que ayudar a entender e interiorizar que somos vocación y que, además de lo ya mencionado, son claves la amistad con Jesús, la vida de oración, así como el acompañamiento y el discernimiento.
Porque, como recoge en el decálogo sobre el que asentó la ponencia, «la realidad que nos rodea no es de falta de curas y monjas, sino de falta de vidas entendidas y vividas como vocación, en todos los ámbitos». «Lo que está en crisis es la vida entendida como vocación. Es una crisis antropológica, de comprensión de lo que somos», agrega.
La realidad que nos rodea no es de falta de curas o monjas, sino de falta de vidas entendidas y vividas como vocación. Lo que está en crisis es la vida entendida como vocación
Una nueva cultura
En este sentido, recordó que la vocación «no es un apéndice ni una guinda del pastel», sino que es fundamental en nuestra estructura antropológica, y que la necesidad de esta cultura se justifica en que la vocación no es evidente para todos.
«Ha de trabajarse dese múltiples ámbitos, es decir, creando un ecosistema, una cultura, un humus, donde las personas descubran qué hacer con su vida, persiguiendo un sentido y plenitud que no alcanzarían por otros caminos, escuchando la llamada del Señor. Se trata de crear una cultura que ayude a entender que somos vocación, a escuchar la llamada concreta y que genere sujetos que respondan a la misma», recalcó.
Para concluir, dijo que toda actividad de la Iglesia debe ser vocacional y que, por tanto, la pastoral debe tener un alma vocacional, a lo que ayudaría una organización vocacional de comunión. «La Iglesia es una familia vocacional, donde todos se necesita en la reciprocidad y se complementan», sostuvo.
En definitiva, el objetivo final es «impulsar una Iglesia misionera», que esté protagonizada por hombres y mujeres que quieren ser santos, llevando la caridad hasta las últimas consecuencias.








