El Domund cumple 100 años como herramienta fundamental para llevar el Evangelio a las zonas más remotas del planeta. Durante este tiempo, la Iglesia ha bautizado a 9.000 personas, erigido una nueva parroquia y ordenado dos sacerdotes de media cada día
Cuando un memorable día de 1922 Pío XI se despojó de su solideo y lo usó como improvisado cestillo para pedir limosna en favor de las misiones, pocos visionarios habrían sido capaces de anticipar el efecto mariposa que acababa de desencadenarse con aquel gesto tan espontáneo y, acaso por ello, tan pragmático y cargado de simbolismo. La escena tuvo lugar durante una conmemoración, la del tercer centenario de la creación de Propaganda Fide —brazo de la Santa Sede encargado de coordinar la expansión del cristianismo en tierras lejanas—, pero acabó siendo la chispa institucional de una iniciativa llamada a tener vida propia: el Domingo Mundial de las Misiones. Un siglo después de su nacimiento, el balance de lo que se ha dado en llamar «el siglo misionero» dibuja, más allá de una enorme expansión cuantitativa, una reconfiguración estructural de la propia Iglesia católica y de su peso relativo en el tablero internacional.
Sirva de ejemplo la ambición de la obra: durante los últimos 100 años, el número de circunscripciones eclesiásticas consideradas técnicamente como «territorios de misión»
—jurisdicciones que carecen de autosuficiencia económica o clero local plenamente consolidado y que dependen directamente del Dicasterio para la Evangelización— se ha multiplicado casi por cuatro, pasando de 296 a 1.131. En ese mismo período, el número de fieles que vive en estos territorios ha experimentado un salto exponencial de 9,6 millones a casi 347 millones, lo que, descontando el crecimiento demográfico del último siglo, ha elevado la penetración del catolicismo en dichas regiones del 1,68 % a más del 8,6 % de la población. La imagen que arrojan los datos de la Santa Sede es asombrosa: durante cada día de los últimos 100 años, en los territorios de misión se han bautizado de media 9.000 personas, erigido una nueva parroquia, inaugurado tres centros educativos, ordenado dos sacerdotes y consagrado cinco religiosas.
Esta aceleración ha desplazado el centro de gravedad de la fe desde el eje atlántico europeo hacia el sur global. Si en 1978 apenas 7 de cada 100 católicos del mundo eran africanos, hoy esa proporción se ha triplicado hasta alcanzar el 22 %. Actualmente, en las diócesis de misión residen casi la mitad de la población mundial, se celebran 4 de cada 10 bautismos del planeta y se forman más de la mitad de los futuros sacerdotes de la Iglesia universal. Sin embargo, la clave para una lectura decisiva de este siglo de historia y de los propios datos reside en la transformación teológica de la propia noción de envío.
El problema del colonialismo
Durante gran parte de la era moderna, la misión fue moldeada por un vector unidireccional: Europa, considerada la metrópolis espiritual de la cristiandad, exportaba personal consagrado y recursos económicos hacia lugares remotos. Pero este marco comenzó a resquebrajarse tras la Primera Guerra Mundial. Como analiza el misionólogo y catedrático Eloy Bueno para ECCLESIA, la publicación de la encíclica Maximum illud por Benedicto XV en 1919 marcó un punto de inflexión, al denunciar la inconsistencia de una acción evangelizadora «demasiado dominada por los nacionalismos y el etnocentrismo, de tal manera que el colonialismo impregnaba mucho las mentalidades de la época».
Aquel documento magisterial pedía a los enviados en nombre de Cristo que se inculturaran profundamente en los contextos de recepción con el aprendizaje de sus lenguas y costumbres, fijando, además, el objetivo prioritario de edificar Iglesias locales nativas dotadas de clero propio. La posterior institución del Domund en 1926 por parte Pío XI, «el Papa misionero», pretendió articular una serie de normas generales para esta arquitectura de la evangelización, de suerte que la causa universal no quedara confinada «al gusto particular o a la vocación especial de algunos hombres y mujeres, sino que en realidad esta tarea tenía que ser apoyada y sentida como propia por el conjunto del pueblo de Dios», agrega Bueno.
El resultado, en un solo siglo, ha sido la transformación del mundo en un proceso en el que la Iglesia también ha mudado su piel. «Entre 1926 y 2026 ha cambiado absolutamente todo», sentencia Bueno, quien destaca la conversión de la Iglesia emisora en una entidad «auténticamente mundial, configurada por multitud de Iglesias locales». De este modo, la vieja imagen topográfica de un centro europeo que irradia fe hacia márgenes pasivos del mapa ha saltado por los aires para dar paso a una dinámica de estricta reciprocidad. En palabras del teólogo, «la misión hoy se ejerce no en sentido unilateral, sino en sentido multilateral, de tal manera que no se puede pensar que de un lugar, el centro, la Europa cristiana, van misioneros a otras partes del mundo, sino que desde todas partes hay un movimiento misionero hacia todas partes».
Misiones e Iglesias
El desenlace de este proceso secular, así las cosas, está planteando una mutación en la ontología misma de las antiguas demarcaciones misioneras. En la formulación de Bueno, «las misiones ya no son propiamente hablando misiones: son Iglesias». Comunidades que poseen «tanta dignidad como las Iglesias de vieja cristiandad e incluso un mayor aliento y un mayor fervor misionero». La metamorfosis de la modernidad ha llegado incluso a redefinir el estatus de la propia Europa, la cual, atrapada en una aguda y profunda secularización, se ha constituido en tierra de misión ad gentes, donde la presencia de clero procedente del sur global es una realidad cotidiana. Hoy, la nueva vocación exige la vieja capacidad de cruzar orillas, atravesar fronteras y rebasar umbrales, pero no solo para adentrarse en las geografías, sino también en los areópagos culturales y movimientos sociales del momento, y, por supuesto, en el mundo digital.
Esta redefinición teórica mantiene su correlato práctico en la gestión de las Obras Misionales Pontificias (OMP) de la solidaridad de toda la Iglesia para con la misión. Durante décadas, la vocación misionera ha tenido que luchar en Occidente contra una percepción pública que ha tratado de reducirla a un mero auxilio humanitario, difuminando su identidad religiosa. Para Justo Amado, director de OMPress, «a lo largo de los años se ha hablado mucho de la labor en el tercer mundo como algo muy social, muy desconectado de la fe». En el centro de esta deriva anidaba una asimilación acrítica del discurso religioso a los esquemas de las ONG. Para Eloy Bueno, la reducción de la empresa misionera a mera cooperación humanitaria siempre ha constituido un «peligro real» alimentado por la urgencia de las necesidades materiales, si bien, desde la misión de la Iglesia, la acción social solo recupera su sentido pleno cuando se integra «dentro del proyecto global de Dios, de salvación en favor de toda la humanidad». De este modo, Amado subraya que las instituciones pontificias no se dedican a financiar a los misioneros a título individual —«nadie da dinero a los misioneros, porque los misioneros no necesitan dinero para ellos»—, sino a sostener de forma equitativa las estructuras de las 1.131 diócesis catalogadas como territorio de misión, para que puedan erigirse en Iglesias locales autóctonas.
Para sostener este entramado mundial, OMP opera mediante un modelo financiero que contraviene la lógica corporativa convencional. A diferencia de cualquier fundación privada, la institución no acumula reservas patrimoniales; sus fondos se liquidan anualmente en un ejercicio de vaciado sistemático. «Nuestras cuentas están vacías en septiembre —explica Amado—; las arcas se rellenan periódicamente gracias a la generosidad popular expresada en las jornadas del Domund o de la Infancia Misionera, complementada por una pequeña pero constante corriente de herencias y legados testamentarios de particulares. Pero tanto recaudamos, tanto repartimos».
El destino de estos recursos es el Fondo Universal de Solidaridad de la Obra de la Propagación de la Fe, que en su último ejercicio recaudó cerca de 70 millones de euros en más de 120 países. España se sitúa como la segunda nación del mundo que más aporta a esta caja común —solo superada por Estados Unidos—, habiendo enviado en el último año más de 10,6 millones de euros que financiaron proyectos en 173 diócesis de 22 países. La asignación de los fondos se aprueba anualmente en Roma bajo el principio teológico de la universalidad formulado por Pauline Jaricot y consolidado por Pío XI: la premisa de que todas las diócesis del planeta aportan a la colecta común y reciben ayuda en proporción a sus necesidades.
Los fondos, así las cosas, se reparten mediante dos instrumentos precisos: los subsidios ordinarios y los extraordinarios. Los ordinarios consisten en una subvención anual fija —en torno a los 35.000 euros— destinada al mantenimiento básico del obispado y la sustentación del clero local, mientras que los extraordinarios financian proyectos específicos, tales como la edificación de capillas o la formación de catequistas.
En el imaginario colectivo
Para comprender cómo España se convirtió en el segundo país del mundo que más fondos aporta al Fondo Universal de Solidaridad
—superada únicamente por Estados Unidos— y en una de las principales canteras de misioneros, conviene examinar la evolución del Domund como un fenómeno sociológico y cultural de primer orden, unido a la propia historia del país a lo largo del siglo XX. El Domingo Mundial de las Misiones, lejos de limitarse como acontecimiento litúrgico acotado al templo, fue vanguardia de la Iglesia en salida que impregnó de manera transversal la vida cotidiana, las aulas escolares y la memoria sentimental de varias generaciones de españoles.
Una marca española
Uno de los hitos fundamentales que encontramos en esta penetración popular se produjo en 1943, cuando el entonces director nacional de OMP, Ángel Sagarmínaga, ideó el acrónimo Domund a partir de la contracción de DOmingo MUNDial. Aquella denominación, que ya entonces, cumplía con la ley del marketing de que toda gran idea ha de llevar aparejado un gran nombre, sirvió de catalizador para una ambiciosa y vanguardista estrategia de comunicación. Sagarmínaga acompañó su hallazgo de elementos icónicos que reconfiguraron, verdaderamente, los meses de octubre de mitad de siglo en las calles del país: las famosas huchas de mesa y de mano, fabricadas con rostros de porcelana o plástico que representaban las distintas razas y continentes —«el negrito», «el chino», «el indio»—, los carteles publicitarios distribuidos por comercios y parroquias, las pancartas desplegadas en caravanas de motocicletas, los pregones pronunciados por destacadas figuras públicas… Miles de niños recorrieron durante décadas los vecindarios llamando de puerta en puerta, transformando la vocación misionera en una auténtica experiencia iniciática y social, así como de pedagogía popular.
Esta intensa animación de base se vio respaldada, asimismo, por una hábil alianza con la industria cinematográfica en los años 40 y 50 del siglo pasado, abriendo la obra al gran público. OMP promovió una trilogía de películas de gran éxito comercial que acercaron la épica misionera a los cines de todo el país: La mies es mucha (1948), dirigida por José Luis Sáenz de Heredia y protagonizada por Fernando Fernán Gómez y Sara Montiel, que narraba las vicisitudes de un sacerdote en la India y recibió el premio a la mejor película del año; Balarrasa (1951), también encabezada por Fernán Gómez e inspirada en la vida del jesuita Segundo Llorente en los hielos de Alaska, primer filme español nominado en el Festival de Cannes tras la Guerra Civil; y Tres huchas para Oriente (1954), una cinta de tono costumbrista interpretada por Miguel Gila que seguía a tres niños pidiendo limosna para el Domund por las calles de la capital.
La pedagogía de la semilla
Con el paso del tiempo, esta presencia mediática se adaptó a las nuevas formas de comunicación, desde los programas especiales de RNE y TVE hasta la reciente producción de canciones misioneras y exposiciones itinerantes a pie de calle. Al recabar testimonios, se observa que incluso el eslogan publicitario de cada año ha operado también como un llamamiento directo irrenunciable. La comboniana Celia Macho recuerda cómo el 21 de octubre de 1973, coincidente con su santo y la celebración del Domund, leyó el lema impreso en los carteles de aquel año: «Tu fe es un compromiso misionero». Aquella joven madrileña personalizó de inmediato el mensaje de cara su interior: «Lo leí como “Celia, tu fe es un compromiso misionero”». Aquel cartel me dio el empujón que necesitaba para hacer realidad mi llamada», recuerda hoy, tras 37 años de servicio en Estados Unidos, Kenia, Uganda e Italia.
Porque, si la arquitectura teológica y financiera sostiene el andamiaje de la misión, la experiencia individual es el motor que impulsa las vocaciones. La religiosa comboniana Irene Pinedo, natural de El Simarro, una pequeña aldea conquense de Vara del Rey, evoca la forma como la maestra de su escuela rural, doña Carmen, motivaba a las alumnas disponiendo en el aula una serie de figuritas que representaban los continentes, al tiempo que les proponía el reto de reunir el número de pesetas necesarias para «bautizar» a un niño en la misión. Entre sus pequeñas privaciones infantiles, Irene renunció a sus caramelos hasta alcanzar la suma indicada, y pidió para aquella niña que sería bautizada el nombre de su propia madre: Beatriz. «Cogíamos esa figurita y yo recuerdo que siempre, no sé por qué, me tiré por la cabecita del africano, e íbamos pidiendo por las casas… Eso creo que me motivó para que hoy sea comboniana», relata la religiosa, a sus 82 años, desde su destino en la provincia ecuatoriana de Esmeraldas.
En el caso de Rosario Martínez, religiosa de María Inmaculada, la chispa de su vocación se prendió a los 16 años, durante la Semana de las Misiones de 1981. Al escuchar en su escuela profesional de Almería la conferencia del padre blanco Joaquín Alegrías, recién retornado de Malawi, la adolescente quedó fascinada: «Nos hablaba con tanta vivacidad y entusiasmo que a mí me parecía oír detrás de su voz el ruido de los cocoteros, el vibrar de las hojas del maíz, el canto de los pajarillos y el chirriar de los niños». Aquel impacto de las diapositivas puso el mundo de Rosario patas arriba, dando inicio a una vida de servicio que culminaría, 13 años después, con su desembarco en Burkina Faso, donde acumula más de tres décadas como misionera.
Inversión de corrientes
Uno de los fenómenos más relevantes que deja este primer siglo del Domund es la inversión radical de las corrientes que mueven al personal consagrado. Durante más de cuatro siglos, Europa actuó como el gran emisor de misioneros hacia los territorios de ultramar, pero la escasez de vocaciones ha invertido el sentido del flujo. Así, diócesis españolas, francesas o italianas mantienen hoy la atención pastoral de sus parroquias gracias al servicio de sacerdotes e institutos religiosos procedentes de Nigeria, India, Kenia o la República del Congo.
Faros vocacionales como el seminario mayor de Bigard en Nigeria —creado bajo el patrocinio de la Obra de San Pedro Apóstol y que acoge a más de 800 jóvenes en formación— certifican la madurez eclesial del sur global. «La tendencia ahora es al revés: las semillas que dejaron Iglesias como la francesa o la italiana en Asia o África están volviendo», observa Justo Amado. Casos como el de Corea del Sur, una Iglesia evangelizada en los siglos XIX y XX por misioneros franceses y que hoy se ha transformado en un vigoroso centro de envío eclesial y sostén financiero de diócesis más jóvenes, como la de Mongolia, ilustran la vitalidad de este nuevo mapa policéntrico.
A la hora de hacer balance, la lección fundamental es el triunfo de un movimiento que no se guía por las lógicas del mundo, que no se guía por la eficiencia de costes o el retorno de inversión, sino que resulta profundamente antiempresarial. Baste observar los casos de los combonianos, los padres blancos, los espiritanos y de tantos grandes institutos religiosos que edificaron seminarios y escuelas para, una vez consolidada la comunidad local, cederlas íntegramente al clero autóctono y dar un paso atrás hacia nuevas fronteras. Muchas veces podría pensarse que con perjuicio para sus propios carismas, pero alentados por aquella guía de Pablo VI que recuerda Eloy Bueno: «¿Por qué la rosa perfuma? Perfuma porque es rosa. Del mismo modo, la Iglesia existe para la misión, porque vive de la misión y, por tanto, tiene que encontrar su gozo en la evangelización».
Al alcanzar su primer centenario en 2026, el Domund se revela no como el vestigio de una época periclitada, sino como un cauce imprescindible de comunión. En un mundo surcado por los repliegues identitarios y las brechas de desigualdad abiertas por la globalización, la red de solidaridad misionera mantiene abierto un canal donde el intercambio de dones fluye en todas direcciones. Frente al cansancio impuesto por la secularización de las viejas naciones, el impulso de la misión recuerda a la Iglesia de Cristo que su vitalidad no depende de mantenerse, sino de su capacidad para salir al encuentro del mundo.





