Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Reparar la Iglesia en verano

Jóvenes universitarios dedican parte de sus vacaciones a restaurar templos y acompañar a mayores en la España vaciada de la mano de la Fundación Airamana

La amiga de Lucía Miquel lo tenía claro, quería hacer un voluntariado este verano, pero solo disponía de una semana o diez días, no podía gastar mucho dinero, tenía que ser en España y quería que fuera católico. Así que hizo lo que hoy hace todo el mundo: buscar en internet. Y encontró a la Fundación Airamana. «Mi amiga lo buscó por internet y lo encontró. A veces, decimos: es que no sé dónde buscar. Usamos internet para todo, ¿por qué no para esto?», cuenta Lucía, que este julio ha pasado con ella y otros 13 voluntarios una semana en Burgohondo (Ávila), restaurando la casa parroquial del pueblo.

Allí, las mañanas se iban entre pintura, arreglo de grietas y mucha limpieza. A Lucía le tocó, entre otras cosas, el campanario. «Pregunté cuánto tiempo llevaba sin limpiarse. Me dijeron que desde que se instaló la electricidad en las campanas», es decir, varias décadas. Por las tardes, tiempo libre, dinámicas con psicólogas de la fundación sobre inteligencia emocional, Misa o un rato de reflexión, y visitas a la residencia de ancianos y a los domicilios de los mayores que no pueden salir de casa.

El campo de Burgohondo, organizado por la Fundación Airamana, es el hermano pequeño de una iniciativa que nació hace cinco años en la pastoral universitaria del CEU de Montepríncipe: «Patrimonio que da vida». Su impulsor, el sacerdote Daniel Rojo, capellán del CEU, cuenta que la iniciativa nace en una comida de pastoral con una decena de estudiantes y una pregunta —«¿y este verano qué hacemos?»—, que encontró respuesta en la necesidad de su parroquia natal, en el concejo asturiano de Cabrales, donde un único sacerdote atiende las parroquias de toda la comarca. «Vi la necesidad y dije: pues vamos a restaurar esta iglesia», resume.

De aquella decena de pioneros se ha pasado a los cerca de 75 voluntarios —alumnos, profesores, personal de administración, antiguos alumnos e incluso algún matrimonio— que este julio han participado en la cuarta edición del campo, en pleno corazón de los Picos de Europa. El lema lo toman de san Francisco de Asís: «Ve, Francisco, repara mi Iglesia, ¿no ves que se hunde?». El padre Rojo explica que es «un campo de trabajo con misión rural», en el que van, como decía el papa Francisco, a las periferias «a paliar la soledad de la España vaciada». Por la mañana, trabajo físico y acompañamiento a los ancianos de la residencia y el centro de día; por la tarde, jornadas culturales, formación, eucaristía diaria y hora santa. Ora et labora.

Personas que dan sentido

Marta Benito, estudiante de Medicina, ha vivido este año su primer campo en Cabrales, dedicada a la limpieza y el mantenimiento de las iglesias del concejo: retejar, lijar y barnizar bancos, adecentar sacristías… «Ha sido un regalo ver cómo coincidías con gente que no conocías de nada y parecía que les conocías de toda la vida», cuenta. «El lugar es precioso, y la obra que hacemos también, pero realmente lo importante son esas personas que dan sentido a esa labor». La edición ha tenido un fruto visible: la reapertura de la iglesia de Santa María Magdalena, en Poo de Cabrales.

Cabe preguntarse por qué decenas de jóvenes deciden pasar así una o dos semanas de sus vacaciones, en pueblos remotos que difícilmente aparecerían en sus planes de verano. «Yo creo que hay un ansia, una necesidad de encarnar la vida», responde el padre Rojo. «De entregarse, de no quedarse en la pura teoría y de utilizar el tiempo libre para algo que va más allá de tumbarse en la playa». Chechu García, seminarista que participó en el campo de Burgohondo —el tercero en su cuenta particular—, apunta algo llamativo: «Incluso se descansa en el campo de trabajo. Ya sea pintando las paredes de la abadía, pasando tiempo con los ancianos o compartiendo con otros jóvenes con las mismas inquietudes, también es un momento de descanso». En el corazón del hombre, dice, «hay una sed de entrega», y en el encuentro con el otro, «el joven descubre que su vida no está solo para él mismo, sino para entregarla».

De esos encuentros se vuelve siempre con historias. A Chechu le marcó una conversación en la residencia de Burgohondo: «Nos encontramos con personas muy santas, escondidas en un pueblo perdido. Una abuelita nos decía: yo rezo el rosario todos los días, lo pido por la familia, por las necesidades de cada uno, por los sacerdotes». El vínculo, además, no se agota en verano. Los voluntarios de Cabrales mantienen el contacto con los mayores de la residencia y el centro de día durante todo el año, con postales y felicitaciones de Navidad. «Estaban deseando que llegaran», cuenta el sacerdote.

Lucía, que alguna vez soñó con voluntariados en lugares lejanos, ha descubierto que la necesidad estaba mucho más cerca. «Eso está muy bien, pero la gran necesidad que hay en nuestro propio entorno, a una hora y pico de Madrid, no podemos obviarla». Y se queda con una certeza: «Más de lo que yo he podido dar es lo que me han dado a mí. Dándote, tú recibes mucho más». Marta anima a dar el paso a quien duda: «Que se atreva. Muchas veces salir de tu zona de confort es la clave para descubrir gente y ambientes que se van a convertir en una familia para toda la vida». Y Chechu remata: «Si les pica el gusanillo, adelante. De las tres veces que he ido, siempre he vuelto con ganas y con el mismo asombro». 

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now