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Mes de oración

El mes de noviembre que acabamos de iniciar es un mes que, por sus características -aumenta el frío y anochece más pronto-, se presta al recogimiento y a la oración. Es un mes en el que la Iglesia universal nos anima a mirar con esperanza la muerte y la vida eterna y, por ello, nos invita a orar intensamente a Dios por nuestros difuntos para que puedan gozar ya de la vida celestial.

Además, el mes de noviembre es un mes en el que desde las diócesis con sede en Cataluña exhortamos a los fieles a orar y a ofrecer sacrificios por las vocaciones al sacerdocio. Por todo ello, y agradeciendo de antemano vuestra participación, he creído oportuno compartir con vosotros una preciosa historia con el deseo de que sea un estímulo para vuestra vida de oración.

La hija de José pidió al sacerdote que fuera a visitar a su padre para hacer una oración junto a él, ya que estaba muy enfermo.

Cuando el sacerdote llegó a la habitación del enfermo, encontró a José en su cama con la cabeza apoyada sobre un par de almohadas. Había una silla junto a su cama. El sacerdote pensó que el hombre esperaba alguna visita.

-¿Supongo que me estaba esperando?, le preguntó el sacerdote.

-No, ¿quién es usted?, le preguntó el hombre.

-Soy el sacerdote que su hija ha llamado para que orase con usted; cuando he visto la silla vacía al lado de su cama he supuesto que usted sabía que yo vendría. La silla… acérquese, dijo José, le voy a contar algo.Nunca le he dicho esto a nadie, pero toda mi vida la he pasado sin saber cómo orar. Una vez en la Iglesia escuché algo sobre la oración, pero nunca entendí cómo debía orar. Hace unos cuatro años, mi mejor amigo me dijo:

-José, orar es simplemente tener una conversación con Jesús. Te sugiero que hagas lo siguiente: siéntate en una silla y pon otra vacía frente a ti, luego empieza a conversar con Jesús, sabiendo por la fe que Él está sentado delante de ti. No es algo alocado, pues Él mismo nos dijo: «Yo estaré siempre con vosotros» (cf. Mt 28,20). Por lo tanto, tú le hablas y lo escuchas, de la misma manera como lo estás haciendo conmigo ahora.

 

-Así lo hice y me gustó tanto, que lo he seguido haciendo unas dos horas diarias desde entonces. Siempre tengo mucho cuidado de que mi hija no lo vea… ella creería que me estoy volviendo loco.

El sacerdote sintió una gran emoción al escuchar a José.

-Lo que estás haciendo es muy bueno, nunca dejes de hacerlo.

Luego hizo una oración con él, lo bendijo y se fue.

Dos días después, la hija de José llamó al sacerdote para decirle que su padre había fallecido. Él se interesó en saber cómo había sucedido y la hija se lo explicó:

-Cuando salí de casa me llamó para que fuera a verle. Me dijo lo mucho que me quería y me dio un beso. Cuando regresé de hacer las compras, una hora más tarde ya había fallecido. Pero hay algo extraño respecto de su muerte. Aparentemente antes de morir, se acercó a la silla que estaba al lado de su cama y recostó su cabeza en ella, como si se apoyara sobre el regazo de alguien. ¿Qué cree usted que puede significar esto?

 El sacerdote se secó las lágrimas y con emoción le respondió:

-¡Cómo desearía que todos pudiésemos irnos de esa manera!

† Juan José Omella Omella

Cardenal arzobispo de Barcelona

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