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Carta del arzobispo de Urgel: «Reencontrar el tiempo de leer»

Los Obispos de Francia hicieron público hace unos años un precioso escrito sobre el valor de «reencontrar el tiempo de leer», que es esencial para un cristiano. Afirmaban que, por más que el cristianismo no sea una religión del libro sino una religión de la Palabra, el cristiano siempre amará las palabras reveladas del Señor. Es Cristo, quien revela al hombre a sí mismo y le conduce a Dios, pero los libros de la Biblia (τα βιβλία) tienen un lugar importante en la estructuración del creyente. Acompañaron a la transmisión de la fe, se beneficiaron de las técnicas de reproducción de textos e incluso a veces las provocaron (transición del rollo al códice, del códice al libro, etc.). Los libros son las joyas de una tradición viva.

Más allá de las Sagradas Escrituras, los cristianos, desde las épocas más remotas, no han dejado de escribir para enseñar y debatir, como atestiguan los llamados “Padres de la Iglesia”, aquellos escritores que contribuyeron a ir expresando la fe. Leer las obras que nos llegan del pasado es acoger una tradición viva, enriquecerla a su vez con nuestra participación activa. La sociedad secular también vive de este éxito y sigue pensando que miramos al mundo «de pie sobre los hombros de los gigantes» que nos precedieron y nos beneficiamos de su esfuerzo. Toda la tradición cultural y literaria, nuestras «humanidades», vive de esos presupuestos que son directamente heredados de la cultura cristiana del libro. La misma noción de civilización y la idea de humanidad son inseparables del nacimiento de la escritura.

Y sin embargo… ¿qué ocurre hoy? Que se lee poco. La lectura requiere tiempo y ésta es la principal objeción de todo cristiano contemporáneo. Tomar la decisión de darse tiempo para leer significa organizarnos el tiempo de otra forma. A través del libro, cada uno puede hacerse diferente a los demás y acceder a una vida interior autónoma, con sus propios hitos, su geografía íntima, su identidad singular. Leer es también romper la monotonía de los días, y darse la alegría de enriquecerse con lo que se descubre. Leer es beber de una fuente que no se agota cuando te acercas, aunque requiere un mínimo de silencio interior. Tienes que quererlo, como quieres un bien preciado; es una elección pero también una riqueza, la del tiempo preservado. Allí se revela una parte secreta que sólo pertenece a uno mismo pero de la que podemos comunicar algo. El libro es un regalo que nos ofrecemos. Ofrecer un libro a alguien es hacerle entrar en complicidad con uno mismo, es darle una señal. Compremos y regalemos libros buenos, pidámoslos prestados en la biblioteca, releamos los que nos han hecho bien. Sobre todo, releamos a menudo la Biblia, el libro del cristiano por excelencia. Porque creer es adherirse a Dios, haciendo el homenaje de la inteligencia. ¡Homenaje, que no sacrificio! Entender, comparar, vibrar, buscar, descubrir, a través de la lectura, es honrar a Dios, que es el maestro y creador de todas las cosas.

Ser cristiano es enriquecerse con las aportaciones de los demás, habitando la cultura propia de una época. A través del libro, cada cristiano puede construirse, y en definitiva, convertirse en el “maestro” de sí mismo. No podemos permanecer con la formación inicial, rudimentaria. Leer las grandes obras del patrimonio, en particular el patrimonio cristiano o la espiritualidad contemporánea, de forma “libre” es un enfoque diferente al de la lectura documental o la investigación curiosa. Queridos hermanos, ¡me animo y os animo a leer más!

+ Joan-Enric Vives Sicília

Arzobispo, obispo de Urgel

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