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Cayendo de rodillas lo adoraron

El primer fin de semana de enero, con la celebración de la Epifanía (sábado) y del Bautismo del Señor (domingo), concluye el tiempo litúrgico de la Navidad. Y lo hace con dos grandes manifestaciones del que es la luz del mundo. La primera se produce en Belén y es contemplada por tres magos de oriente; la segunda, en el río Jordán donde, al ser bautizado por Juan el Bautista y ser ungido por el Espíritu Santo, se nos desvela su condición de Hijo de Dios.

Los llamados popularmente magos de oriente (en realidad, eran unos expertos en astronomía), guiados por una estrella peculiar, llegaron a Jerusalén donde preguntaron por el paradero del Rey de los judíos. La pregunta llenó de inquietud al rey Herodes y a toda la ciudad. Entonces, el monarca convocó a los sumos sacerdotes y a los letrados del país y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Belén fue la respuesta. Entonces, Herodes pidió a los magos que le precisaran el momento en que había aparecido la estrella y los envió a aquella ciudad con el encargo de que, cuando lo encontraran, lo avisaran para ir también él a adorarlo.

El camino que tuvieron que recorrer los magos no fue fácil. De hecho, la luz que los guiaba se oscureció cuando entraron en el palacio real. Evidentemente, la mundanidad del poder y de la envidia había contaminado el lugar de sombras. Por eso, cuando lo abandonaron, volvieron a ver brillar en lo más alto del cielo la luz estelar.  Su actitud fue ejemplar. Con el fin de adorar al Niño, habían abandonado su tierra y recorrido un largo camino, mostrándose valientes, abiertos a la voz de Dios y capaces de descubrirle con los ojos de la fe en aquel bebé. Además, estaban adornados de una “santa” astucia, lo que les permitió contemplar la luz divina y, al mismo tiempo, descubrir los propósitos asesinos del rey. Y, en fin, fueron generosos al regalar al Niño Dios oro, incienso y mirra.

Precisamente de aquí arranca la costumbre de regalar a niños y mayores en esta época del año. A pesar de la competencia foránea de papá Noel, las manos generosas de los magos siguen colándose en nuestras casas para regalar ilusión.  En los últimos tiempos se han ido abriendo paso juguetes electrónicos ideados principalmente para la diversión individual. El individualismo también se instala en el juego. En cambio, han ido disminuyendo los juegos corporativos, los que favorecen la interacción e incluso la actividad física. Y esto, no por casualidad. Es lógico que el mercado responda a la demanda. No lo es que las familias se dejen arrastrar a ciegas por la moda, sin tener en cuenta el bien último de sus retoños.

Nos atrevemos a recordar a padres y familiares que todo educa o deseduca y que, si quieren que sus hijos no queden frustrados porque los juguetes no colman suficientemente sus expectativas, si quieren que sus hijos desarrollen valores positivos como la inteligencia, el esfuerzo, la capacidad de encuentro y relación, el conocimiento de Aquél ante el que los reyes magos se postraron; si quieren, en definitiva, que contribuyan en la edificación de la familia, han de dedicarles tiempo para jugar, escuchar, dialogar… En este sentido, es ilustrativa la historia de un niño que luchaba por no dormirse antes que llegara su padre para preguntarle cuánto ganaba a la hora. De mala gana, el padre le respondió que 40 euros. A los pocos días, el hijo le comentó: “papá, ya tengo 40 euros para comprar una hora de tu tiempo”. Ojalá a nadie le suceda esto.

Ese Niño al que adoraron los reyes es rey todo el año. Pidámosle para nuestras familias capacidad de escucha y diálogo, tiempo de compartir y de encuentro, fe y amor hacia el que se encarna y muere por nosotros. De este modo, serán portadoras de la buena noticia para este mundo descreído.

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