La ciudad gallega se convierte este año en un gran centro de peregrinación, en un lugar para la devoción a María y la sanación espiritual
Desde el pasado 10 de diciembre, Pontevedra es uno de los epicentros de la devoción mariana en España con la apertura de un año jubilar extraordinario. Concedido por la Santa Sede para conmemorar el centenario de las apariciones de la Virgen María y el Niño Jesús a sor Lucía de Fátima, este tiempo de gracia se desarrollará bajo el lema lucano: María conservaba todo esto en su corazón. Aparte de celebrar un hecho histórico, este Jubileo busca proyectar la Casa del Inmaculado Corazón de María hacia el futuro, como un refugio de sanación espiritual para el siglo XXI.
La historia de la casa-colegio de las doroteas, hoy convertida en santuario, es el relato de una esperanza difícil que brota en tiempos recios. El archivero Alfonso Daniel Fernández Pousada sitúa el contexto para ECCLESIA: «Si las apariciones de Fátima, en 1917, clamaron por la paz, las de Pontevedra, en 1925, mostraron la fragilidad del mundo de entreguerras». En el por entonces palacete barroco, sor Lucía —bajo el nombre de «irmanciña Dores»— vivió una de las misiones más discretas y trascendentales de su vida. «La principal cronista sobre la estancia de sor Lucía en Galicia no es otra que la propia vidente de Fátima, ya que vivía aquí cuando se le encargó dar forma, por escrito, a sus recuerdos sobre lo acontecido tanto en Portugal, como en Tui, como en Pontevedra», explica Fernández Pousada. Fue en el desván de esta casa donde redactó gran parte de sus Memorias.
El núcleo del Jubileo reside en la visión del 10 de diciembre de 1925. La madre María de Iranzu Revilla, del Instituto del Verbo Encarnado —congregación que atiende la casa—, relata el encuentro en nombre de toda la comunidad: «El Niño Jesús le dice que tenga compasión de su madre y le habla de que nadie hacía un solo acto de reparación para quitarle las espinas a su corazón», símbolo de las cinco blasfemias e ingratitudes de los hombres: contra su inmaculada concepción, su virginidad, su maternidad divina, el desprecio de los niños y la profanación de sus imágenes.
Ante este dolor, comunicado y mostrado en la visión de sor Lucía, nació la devoción de los primeros sábados de mes, que pide confesión, comunión, el rezo del rosario y un cuarto de hora de meditación sobre sus misterios, sin otra intención que consolar y reparar el corazón de María. «¿Cómo no arrodillarse ante Dios hecho niño, que te pide que mires el corazón de su madre, circundado de espinas, pidiendo compasión? ¿Quién no lo hace?», se pregunta la religiosa.
Sin embargo, la difusión no fue inmediata, pues sor Lucía hubo de enfrentarse a la prudencia de sus superiores. De este modo, el 15 de febrero de 1926, el Niño Jesús se le volvió a aparecer en el patio de la casa, inquiriéndole: «Y tú, ¿has difundido por el mundo lo que nuestra Madre Celestial te pidió?». Este segundo encuentro confirmó la voluntad divina y ayudó a propagar definitivamente la devoción reparadora.
La rehabilitación del santuario
Así las cosas, el camino hacia este centenario ha requerido una preparación en dos niveles: por un lado, la preparación espiritual y pastoral, y, de otro, un esfuerzo de rehabilitación, según reconoce a ECCLESIA el capellán de la casa y párroco de Santa María la Mayor, Francisco Javier Porro Martínez, quien recuerda que el edificio «estaba afectado de termitas y amenazaba ruina» cuando fue adquirido por la Conferencia Episcopal Española, hace cuatro años. «Hubo que levantar todo y hacer dos fases de obras importantes. Fruto de todo ello es la nueva cubierta, la nueva capilla del piso superior, donde conservamos exactamente el lugar que ocupó la celda de sor Lucía», detalla.
Un Jubileo al estilo Nazaret
Para Alfonso Fernández Pousada, este proceso físico es profundamente simbólico: «El propio deterioro del inmueble, ruinoso y humilde, se volvió una metáfora sobre el estado del Inmaculado Corazón de María. Ambos con necesidad de ser reparados». Y, por eso, el objetivo de la restauración actual es que la casa sirva a los peregrinos para encontrar su propia curación, «que sea un lugar donde los corazones de las personas también salgan restaurados, rehabilitados y sanados de sus heridas», agrega el archivero.
De esta forma, y a diferencia de otros grandes centros de peregrinación, el capellán Porro revela que Pontevedra lo que ofrece es una experiencia íntima: «No es un gran santuario, ni un gran templo… Es una casa, un hogar en donde uno va a descansar, a rezar, a meditar, a encontrarse con Dios. Se trata de vivirlo al estilo de María de Nazaret». Un Jubileo al estilo Nazaret, con humildad y discreción.
La madre Iranzu refuerza esta idea de reciprocidad en la reparación: «Mientras consolamos el corazón de la Madre, ella nos va a ayudar a consolar el nuestro también, que muchas veces está roto por las divisiones. Es hora de reparar el corazón de la Virgen, y ella va a hacer su trabajo con el nuestro».
El impacto del Jubileo ya se siente a nivel internacional, con peregrinos confirmados de Portugal, Polonia y Estados Unidos. Esta celebración de la gracia es vista por la Iglesia local como un «punto de inflexión» para Pontevedra, mientras el capellán vislumbra un futuro ambicioso: «Que Pontevedra se convierta realmente en un centro de mariología, un lugar al que puedan acudir investigadores, un foco desde el que irradiar el amor a la Virgen, a la mitad exacta del camino entre Santiago de Compostela y Fátima».
Los fieles podrán ganar la indulgencia plenaria visitando este espacio sagrado y cumpliendo las condiciones habituales de confesión y comunión. Como concluye Fernández Pousada, el fin último es «que más personas descubran los sacramentos de sanación y la devoción reparadora de los primeros sábados». Galicia, donde el cielo volvió a tocar la tierra, nos recuerda que, incluso entre las espinas de la modernidad, existe un camino de regreso a Dios, y que, con oración y compasión, cualquier corazón puede ser restaurado.








