En la fiesta de la Epifanía del Señor, el Papa critica la economía deformada que intenta sacar provecho de todo, transformando en negocios la sed humana de buscar, de viajar y de recomenzar
Fiesta de la Epifanía y clausura del Jubileo Ordinario, el de la esperanza, abierto por el papa Francisco hace más de un año. León XIV cerró la última de las puertas santas, la de la basílica de San Pedro, con el reconocimiento de que los hombres y mujeres de hoy siguen teniendo una gran sed espiritual.
«La puerta santa de esta basílica ha visto pasar innumerables hombres y mujeres, peregrinos de esperanza. ¿Quiénes eran y qué les movía? Nos cuestiona con particular seriedad, al finalizar el año jubilar, la búsqueda espiritual de nuestros contemporáneos, mucho más rica de lo que quizá podamos comprender», ha afirmado al inicio de la homilía.
Así, el Pontífice ha relacionado esta peregrinación con el camino realizado por los Reyes Magos, personas «que aceptan el desafío de arriesgar cada uno su propio viaje, que en un mundo complicado como el nuestro sienten la exigencia de ponerse en camino, en búsqueda».
Y ha continuado: «Homo viator, decían los antiguos. Somos vidas en camino. El Evangelio lleva a la Iglesia a no temer este dinamismo, sino a valorarlo y a orientarlo hacia el Dios que lo suscita. Es un Dios que nos puede desconcertar, porque no podemos asirlo en nuestras manos como a los ídolos de plata y oro, porque está vivo y vivifica, como ese Niño que María tenía entre sus brazos y que los magos adoraron. Lugares santos como las catedrales, las basílicas y los santuarios, convertidos en meta de peregrinación jubilar, deben difundir el perfume de la vida, la señal indeleble de que otro mundo ha comenzado».
También ha recordado que el Jubileo ha puesto de nuevo encima de la mesa que «se puede volver a empezar». Y no solo eso, sino que «estamos aún en los comienzos, que el Señor quiere crecer en nosotros». «Sí, Dios cuestiona el orden existente; tiene sueños que inspira también hoy a sus profetas; está decidido a rescatarnos de antiguas y nuevas esclavitudes; en sus obras de misericordia, en las maravillas de su justicia, involucra a jóvenes y ancianos, a pobres y ricos, a hombres y mujeres, a santos y pecadores. Sin hacer ruido; sin embargo, su Reino ya está brotando en todo el mundo», ha agregado.
Todo ello, a pesar de que, ha denunciado, «una economía deformada intenta sacar provecho de todo», transformando incluso en negocios la sed humana de buscar, de viajar y de recomenzar. «Preguntémonos: ¿nos ha educado el Jubileo a huir de este tipo de eficiencia que reduce cualquier cosa a producto y al ser humano a consumidor? Después de este año, ¿seremos más capaces de reconocer en el visitante a un peregrino, en el desconocido a un buscador, en el lejano a un vecino, en el diferente a un compañero de viaje?», ha dicho.
Por ello, ha pedido no reducir las iglesias a monumentos, sino convertir las comunidades en hogares y rechazar los halagos de los poderosos: «Entonces seremos la generación de la aurora».








