Con la fiesta del bautismo del Señor concluye el tiempo de Navidad. Por el bautismo somos incorporados a la Iglesia, un bautismo que en nuestro caso no es tan sólo de agua, porque nos convertimos, como lo era el de Juan Bautista; el nuestro nos viene por la fuerza del Espíritu Santo.
Durante muchos siglos se generalizó el bautismo recién nacidos y tal vez, como nos invitaba el papa Francisco, es bueno recordar ese día cuando de pequeños, nos llevaron a la parroquia para ser bautizados o «cristianizados», como también se decía antiguamente. Con el paso del tiempo y especialmente en los últimos treinta o cuarenta años, el bautismo de los niños en gran número se ha ido aplazando por parte de los padres, cuando no se ha evitado directamente, con el argumento de no tomar una decisión de tanta importancia sobre alguien que no puede decidir todavía, aunque sí tomamos otros. A veces se ha mantenido, cada vez menos en estos momentos, un bautismo por convención social que no ha ido seguido de una vida de fe en el seno de la familia, ni mucho menos de una formación de los hijos e hijas en la fe y en Jesucristo.
Se trata, por un lado, de costumbres sociales que se han ido perdiendo a raíz de la descristianización de nuestra sociedad, y por otro del fruto de una excesiva banalización de un hecho tan importante como pedir el bautismo por un hijo. La fe, la vida de fe dentro del marco en el que vivirla que es la Iglesia, ha dejado de ser mayoritaria en nuestra sociedad. Hay que alargarse por este hecho, ya que nuestra vocación como cristianos es evangelizadora y no puede tener otro objetivo que llegar a cuanta más gente mejor; de otro modo tendría sentido la vida de fe. Pero no cabe duda de que la fe que debemos transmitir, esta alegría del Evangelio de la que hablaba el papa Francisco, si se ha de vivir o se vive por convención social, sin un arraigo firme en los corazones, es siempre vivida con tibieza y sin la fuerza que debe tener.
Diversamente a esta situación, crece cada vez más el número de catecúmenos, chicos y chicas y adultos que se sienten llamados a abrazar la fe en Cristo ya formar parte de la Iglesia. Son muy diversos los caminos que les llevan a querer recibir los sacramentos de iniciación, pero muy a menudo los ha movido o ayuda en su camino de aproximación a Cristo, el testimonio de vida de uno u otro creyente. Somos evangelizadores desde el mismo momento en que recibimos el bautismo y como tales estamos llamados a dar testimonio de Cristo, y buen testimonio de nuestra fe, viviéndola con gozo y en plenitud; porque Dios acoge a todo el que cree en Él y hace el bien. (Cf. Hch 10,34).







