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«¿Cómo se te han abierto los ojos?» (Jn 9,10)

La Iglesia celebra cada 19 de marzo, solemnidad de san José, el Día del Seminario: una jornada dedicada a orar especialmente por las vocaciones al sacerdocio. El papa León XIV recibía a los seminaristas del Seminario Interdiocesano de Cataluña el pasado 28 de febrero en la Sala Clementina del Palacio Apostólico; un encuentro en el que participaron también otros seminaristas de diócesis españolas. El papa León XIV nos invitaba a no perder la mirada sobrenatural de la realidad, a no vivir encerrados en nosotros mismos, prescindiendo de Dios en lo cotidiano; a no ser como un árbol muerto, que se mantiene de pie pero que está seco, sin vida, por dentro.

La vocación es siempre una llamada de Dios, es Cristo quien abre los ojos a aquél al que llama. Cualquier vocación es una llamada si es vivida desde la fe, ya sea en la vida religiosa, matrimonial, diaconal o presbiteral. Quien está llamado a servir a Cristo desde más cerca, desde un ministerio concreto, debe responder con sinceridad, con responsabilidad y con generosidad a la voz de Cristo que es quien le llama. Esto no siempre es fácil; a las dificultades personales se suman a menudo las del entorno. La llamada a la generosidad no va dirigida sólo a quien recibe la vocación, también implica su entorno, su familia, sus amigos, quienes le conocen y le quieren.

Una película reciente y premiada, « Los domingos », aborda el tema de la llamada en la vida consagrada. Aparecen en su trama argumental elementos que están presentes en torno a un proceso vocacional: incomprensiones e intentos de detener la acción de Dios, cuando no de interponerse directamente, y también apoyos y ayudas que quien inicia el camino vocacional se alegra de recibir. Sentir el calor de la familia o amigos en un momento tan trascendental como cuando una persona escucha la llamada de Dios, siempre es de agradecer.

Orar por las vocaciones a la vida sacerdotal, consagrada o matrimonial siempre es bueno, siempre ayuda y siempre es necesario. Sin embargo, las vocaciones no son algo desarraigado, son encarnadas en alguien que puede vivir en nuestro entorno, ser parte de nuestra familia, compartir nuestra comunidad parroquial o ser integrante de nuestro círculo de amigos. Por eso precisamente hay que expresarles nuestro apoyo, vivir la llamada de Cristo que recibe a quien está junto a nosotros como una buena y gran noticia y ayudarle en su camino de discernimiento y de formación con generosidad. En un proceso vocacional la generosidad debe estar repartida a partes iguales entre quien es llamado y quien forma parte de su entorno, puesto que «el verdadero protagonista de este camino es el Espíritu Santo». (León XIV).

Como decía el Papa el pasado 28 de febrero a nuestros seminaristas: «Cristo les precede, María Santísima les acompaña y la Iglesia entera les sostiene con la oración.» Sostengamos pues con nuestra oración a quien está llamado a seguir a Cristo, y siguiendo el ejemplo de Nuestra Señora respondamos acompañándole y apoyándole apoyo dentro del ámbito familiar, parroquial o social, con la misma generosidad con que lo hizo María.

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