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Cuando la luna se detuvo sobre Roma

Fue un 11 de octubre, concretamente de 1962, cuando Juan XXIII pronunció un discurso espontáneo al inicio del Concilio Vaticano II

Escuché por primera vez el Discurso de la Luna de san Juan XXIII hace muchos años, en una clase de eclesiología. Me impresionaron aquellas palabras del Papa bueno, pero no las comprendí del todo. Era como contemplar una obra maestra sin entender su hondura. Solo ahora, al ver la luna romana de este octubre, han cobrado para mí todo su sentido.

La explicación científica tiene nombre: el perigeo. En octubre, la Luna puede acercarse más a la Tierra, y cuando coincide con la luna llena, se vuelve una superluna. Más grande, más brillante, más cercana. Pero yo quiero creer —necesito creer— que no se trata solo de astronomía.

Porque hay meses en que Roma se llena de signos. Como lo fue en 1962 con la apertura del Concilio Vaticano II, ese «gran comienzo» del que hablaba san Juan XXIII. Y como lo ha sido ahora, para nosotros, con un acontecimiento inusual y profundamente simbólico: el encuentro entre los religiosos más jóvenes de nuestra familia agustiniana recoleta —aquellos con cinco años de votos solemnes— y los más veteranos, que llevan más de cincuenta años de entrega fiel.

La luna fue testigo. Y quizás, como dijo el Papa aquella noche, «se ha apresurado esta noche… para mirar este espectáculo». Porque lo que vivimos estos días fue un pequeño Pentecostés de generaciones. Juan XXIII, al mirar la plaza de San Pedro llena, sintió que «la dulzura del Señor nos une y nos toma», y que eso era un anticipo de la vida eterna. Así también lo hemos sentido nosotros: una alegría que no tiene prisa, un gozo que no se puede fabricar.

Mi prior general, Fray Miguel Ángel Hernández, con sabiduría serena, lo expresó así: «Doy gracias a Dios por vuestra fidelidad. Los que habéis entregado más de medio siglo de vida sois un faro de la Recolección: vuestra luz guía, anima y enseña a amar más. A los jóvenes: no tengáis miedo si descubrís algo del corazón de Jonás. El Señor no busca corazones perfectos, sino corazones que se entregan por amor a Dios. A jóvenes y mayores os invito a vivir con verdad vuestra vida consagrada».

Yo me atrevo a expresarlo con las palabras del profeta Joel: «Vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones» (Jl 3,1). Y es verdad: en Roma hemos aprendido de los sueños de los mayores, de sus silencios largos y orantes, de las batallas que han librado sin perder la ternura. Y también hemos escuchado las visiones de los jóvenes: su deseo de ser futuro de la Orden, su inquietud por Dios, su anhelo de vida entregada, regalada, inquieta.

«Fratres sumus», dijo Juan XXIII aquella noche. Somos hermanos. Y la luna lo supo. Porque brillaba sobre un pueblo reunido, no alrededor de un discurso, sino de una certeza: que la Iglesia no camina por los méritos de los perfectos, sino por la comunión de los sencillos. Por eso, el Papa insistía: «Prosigamos tomando aquello que nos une, dejando aparte lo que pudiera ponernos en dificultad».

Y hoy, como entonces, la luna ha sido testigo. Ha sido testigo de tantos pasos y tantas lágrimas, de tantos sueños sembrados en silencio. Pero esta vez, también ha sido testigo del regalo inmenso que es la vida consagrada. No solo la agustino recoleta: toda la vida consagrada, en su diversidad, su belleza y su fragilidad. Eso es lo que celebramos en este Jubileo: que aún hay hombres y mujeres que lo dejan todo para acariciar, cuidar y amar al mundo. Y la luna lo ha visto. Y lo recuerda.

Quizá esa sea nuestra misión hoy. Ser una caricia de Dios para el mundo. Un gesto de ternura en tiempos ásperos. Una palabra de aliento para el que se ha cansado.

La luna sobre Roma parecía recordárnoslo: no estamos solos. El cielo nos mira con ternura, y la Iglesia sigue siendo una historia de amor que atraviesa generaciones. Como dijo Juan XXIII, «¡todo, todo es gracia!». Incluso la luna. Incluso octubre.

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