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Cuaresma, camino de reconciliación (1)

Un año más emprendemos el camino apasionante de la Cuaresma. “Apasionante” porque es el camino en el que toda oscuridad se transforma en luz, todo sufrimiento en vida, toda soledad en amor.

Uno puede quedar indiferente ante la llamada que nos llega desde la Cuaresma. Otro puede hacer caso y disponerse a cumplir solo formalmente todo lo que la Iglesia manda para este tiempo. Pero otro, quizá, afronte el reto de responder sinceramente a esa llamada a andar el camino cuaresmal.

Se ve oportuno que veamos la Cuaresma como un camino de reconciliación. “Reconciliación” en sentido amplio, en referencia a uno mismo, a la relación con Dios, con los otros, con el mundo. Conviene profundizar en la experiencia de reconciliación a partir de la constatación de una realidad que nos duele: las numerosas rupturas, distanciamientos, enajenaciones, disputas, rupturas que parecen llenar todos los ámbitos de la vida. Es oportuno hacerlo porque la reconciliación es una de las dimensiones más importantes de lo que llamamos “salvación”, la obra que Jesucristo realizó en el mundo; para algunos es sinónimo de “liberación”, “perdón”, “justificación”, etc.

Hace bastantes años un autor italiano, Alessandro Pronzato, escribió un libro titulado justamente “El hombre reconciliado”. Con él quería responder a la demanda que le hicieron muchos laicos, que conocían sus escritos dirigidos a religiosos, sacerdotes y personas consagradas y le reclamaban palabras que se refirieran a “la gente más normal”, no especialistas, la gente en situación de vida totalmente cotidiana. El resultado también hoy es iluminador.

Llevados por el ansia de reconciliación vemos que el primer paso cuaresmal es darse cuenta de “la enemistad que quizá mantiene cada uno consigo mismo”.

Esto es una realidad, aunque muchos no lo vean. Algunos parece (como solemos decir en broma) que “están encantados de haberse conocido”, porque están absolutamente satisfechos de sí mismos. Tanto que toda responsabilidad del mal que hay y padecen ellos mismos recae en los otros, en la sociedad, las estructuras, el ambiente, los que mandan, el vecino… Si él mandara todo se solucionaría. Una falsa seguridad que se disfraza de personalidad firme, de madurez, de poder, de valentía, etc. Es un auto-engaño, que la vida misma suele desenmascarar. Pero bien podría esta actitud caracterizar a toda una generación, orgullosa de lo que sabe y puede hacer.

Otros viven en la burbuja del bienestar, que impide ver más allá de la apariencia.

El caso es que el camino cuaresmal nos llama justamente a establecer cierta distancia y vernos solos rodeados de silencio. Dedicar un tiempo a vernos (reconocernos) desnudos, sin adornos ni tapujos, despojados de toda “dignidad”, sin depender de la mirada ajena, sin recibir ningún halago de nadie, ni ejercer ningún poder sobre alguien, sin nada que hacer más que encontrarnos con nuestro ser personal más verdadero.

Entonces, cuando no existe la posibilidad de disimular, cuando llegamos a ser transparentes a nosotros mismos, lo más probable es que “no nos gustemos tanto”. Más bien ocurrirá que ocupen el primer plano de nuestra mirada los propios defectos y errores. Y quizá salgamos de ese trance tan molesto con el subterfugio de “me han hecho así”, o bien “soy un desastre, no valgo para nada”, o incluso el abandono del desierto y la vuelta a la vida que engaña. (¿No es esta la causa del miedo al silencio y a la soledad?).

Solo percatarse de la palabra de Dios, que nos dice al mismo tiempo, “ése eres tú, pero sigo llamándote a atravesar el desierto conmigo”, permitirá dar el primer paso hacia la reconciliación con nosotros mismos.

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