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Cuarta predicación de Cuaresma a la Curia Romana: con la Ascensión, Jesús nos deja espacio para ser presencia de Dios en el mundo

En la última meditación para Semana Santa, Pasolini afirmó que la aparente ausencia de Dios es, en realidad, una invitación a la humanidad a encarnar y testimoniar la verdad del Evangelio, suscitando una «sacudida de esperanza universal»

La cuarta y última meditación de Cuaresma ofrecida por el predicador de la Casa Pontificia, el fraile capuchino y experto biblista Roberto Pasolini, giró en torno a la cuestión «Dilatar la esperanza. La responsabilidad de la Ascensión». Como es habitual, el Aula Pablo VI del Vaticano fue el escenario de esta sentida predicación ante la Curia Romana. La audiencia, según ha recogido Vatican News, se mantenía expectante por el desenlace de esta serie de reflexiones, antes de las cuales el padre Pasolini ha aprovechado para dirigir un saludo especial al papa Francisco, que ayer se dejó ver de manera inesperada orando ante la tumba de san Pío X. Según se dio a conocer, se esperaba que el Pontífice se uniera posteriormente a la meditación a través de los medios habilitados a este fin.

En este contexto, el fraile capuchino profundizó en el significado de la Ascensión de Cristo, destacando cómo este evento crucial de nuestra fe no supone en ningún caso una despedida, sino el inicio de una nueva etapa de esperanza y responsabilidad para toda la humanidad.

Bajo el tema general de «Anclados en Cristo. Arraigados y cimentados en la esperanza de la Vida Nueva», la cuarta prédica de Pasolini desgranó tres elementos clave de la subida de Jesús a los Cielos: la conversión, el «revés» de la Ascensión y la sinergia entre Dios y la humanidad.

En primer lugar, el predicador analizó el encuentro de Jesús resucitado con María Magdalena, advirtiendo contra el peligro de ceder al «síndrome del abandono». Así, comparó la tendencia de la discípula a querer embalsamar el recuerdo de Jesús con una actitud que puede «enfermar gravemente el corazón de la humanidad, impidiéndole reabrirse a la vida nueva». En contraste, destacó que la Resurrección impulsa a una «conversión definitiva» hacia una nueva esperanza de vida, liberando al corazón de la tristeza y permitiendo un encuentro personal con Cristo y su novedad. Y subrayó que la Resurrección en ningún caso implica un retroceso, sino un avance hacia el Padre, transformándonos en criaturas nuevas.

Otro punto central de la reflexión fue el «revés» de la Ascensión. Según explicó, este hito en la historia de la Salvación representa una «inversión definitiva en el plano existencial», donde Cristo abandona la escena histórica para conceder a la humanidad el espacio donde convertirse en la presencia viva de Dios en el mundo. «Jesús parte para llevar a los discípulos más allá de sí mismos, más allá de las ilusiones y las decepciones, hasta el punto en que puedan llegar a ser plenamente humanos, solidarios con sus hermanos y hermanas», en palabras del predicador. De esta manera, la Ascensión permite encontrar la presencia del Señor en cualquier lugar y circunstancia, invirtiendo el orden: el Espíritu reside en lo visible y el cuerpo entra en lo invisible.

Finalmente, Pasolini abordó la «sinergia» existente entre el Cielo y la tierra, destacando que la aventura del Evangelio continúa con los apóstoles llamados a anunciar la Buena Nueva a todas las «criaturas». Deteniéndose en este término, recordó que, en la Creación, Dios consideró todo bello y bueno, desafiándonos a mirar a los demás no con juicios, sino reconociendo sus inherentes belleza y bondad. «Evangelizar, por tanto, significa ante todo ver en el prójimo una criatura, incluso frágil y alborotada… reconocerla y aceptarla con benevolencia por lo que es. Esta es la mansedumbre de Jesús», afirmó. Esta perspectiva ofrece a la Iglesia una «nueva oportunidad» para acercarse a la historia de cada persona con humildad y respeto, valorando su camino individual sin juicios precipitados.

Así las cosas, la predicación concluyó resaltando la importancia de «escuchar, acoger y discernir» para permanecer fieles al Evangelio, centrando la atención en la historia y la dignidad de cada persona. La Ascensión, lejos de generar soledad, posibilita una profunda comunión entre el Cielo y la tierra, una «danza» constante impulsada por el Espíritu. Desde esta perspectiva, la aparente ausencia de Dios es, en realidad, una invitación a la humanidad a encarnar y testimoniar la verdad del Evangelio, suscitando una «sacudida de esperanza universal». En este sentido, fray Roberto Pasolini instó a cultivar esta esperanza durante el Jubileo, buscando que el mundo reconozca en la fe y la tradición de la Iglesia las cuestiones más bellas y renovadoras de nuestra existencia.

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