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«Dame agua» (Jn 4,7)

no de los rasgos característicos de la Cuaresma, con la oración y el ayuno, es el de la práctica más intensa de la caridad. Esta práctica está muy presente en los textos del Evangelio y Jesús hace a lo largo de su vida pública uno de los ejes de su predicación. Nos puede sorprender, sin embargo, que cuando Jesús pone ejemplos determinados y concretos sobre la práctica de la caridad, los protagonistas no sean ni los maestros de la ley ni los fariseos, ni tampoco habitualmente a sus discípulos. Un publicano, una samaritana o un buen samaritano; éstos son los que Jesús nos pone de modelo, no porque sean perfectos, sino porque creyéndose y sabiéndose imperfectos, no pierden la ocasión para cumplir lo que Dios nos manda: amarle a Él y amar a los demás. Como escribe san Bernardo «el que permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él.» ( De Psalmo Quién Habitat )».

Hace pocos días se ha sabido de un estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) que la secularización de nuestra sociedad ha avanzado en los últimos años. Si en 1978, se declaraba católico un 90% de los encuestados; en 1998 era un 83%; en 2008 fue un 73%; en 2018 fue un 63%, y en 2026 era un 54,5%. Una pérdida tan importante no puede ser tan sólo atribuible a que hace cincuenta años el catolicismo era socialmente mayoritario, porque por otra parte son dos de cada tres, los que creen en mayor o menor medida en la existencia del alma, en la trascendencia, siendo también relevante la práctica de actividades como la meditación.

Ante la samaritana, Cristo se manifestó como el agua viva, aquella que quienes beben nunca más tienen sed; un agua que se convierte en una fuente que brota para siempre dentro de quien la bebe para darle vida eterna. ¿Cómo convertir la sed de espiritualidad en sed de Cristo? Éste es nuestro gran reto, un reto que no se puede abordar con planes de marketing, sino que hay que afrontarlo desde el Evangelio y la tradición magisterial de la Iglesia, traducidos ambos en una fe vivida en profundidad que dé pleno sentido a nuestra vida de creyentes, tanto a nivel personal como a nivel comunitario.

La fe debe ser contagiosa y no puede dejar de serlo; no podremos acercar a Cristo a quienes buscan a Dios, aunque muchas veces no sean conscientes de buscarle a Él, si no vivimos nuestra fe en el rincón más profundo de nuestros corazones.

Nos dice el papa León XIV: «el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.» ( Mensaje del Santo Padre León XIV para la Cuaresma 2026 .) Una ocasión para vivir más intensamente nuestra fe con voluntad siempre de hacerla llegar por todas partes para formar con Cristo a este nosotros que somos la Iglesia.

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