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Discurso del papa León XIV a los responsables de las y nuevas comunidades

¡La paz esté con vosotros!

Me complace daros la bienvenida con motivo del encuentro anual organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida con vosotros, moderadores, responsables internacionales y delegados de las asociaciones eclesiales reconocidas o erigidas por la Santa Sede.

Representáis a miles de personas que viven su experiencia de fe y su apostolado en asociaciones, movimientos y comunidades. Por eso, ante todo, deseo daros las gracias por el servicio de guía y animación que realizáis. Apoyar y animar a los hermanos en el camino cristiano conlleva responsabilidad, compromiso y, a menudo, también dificultades e incomprensiones, pero es una tarea indispensable y de gran valor. La Iglesia os está agradecida por todo el bien que hacéis.

El don de la vida asociativa y de los carismas

Las realidades asociativas a las que pertenecéis son muy diferentes entre sí, por su naturaleza y su historia, y todas son importantes para la Iglesia. Algunas nacieron para compartir un objetivo apostólico, caritativo, de culto, o para apoyar el testimonio cristiano en entornos sociales específicos. Otras, en cambio, tienen su origen en una inspiración carismática, un carisma inicial que dio vida a un movimiento, a una nueva forma de espiritualidad y de evangelización.

En la voluntad de asociarse, que dio origen al primer tipo de agrupaciones, encontramos una característica esencial: ¡nadie es cristiano por sí solo! Somos parte de un pueblo, de un cuerpo que el Señor ha constituido. San Agustín, hablando de los primeros discípulos de Jesús, dice: «Se habían convertido ciertamente en templo de Dios, y no solo como individuos, sino que todos juntos se habían convertido en templo de Dios» (En. in Ps. 131, 5). La vida cristiana no se vive en aislamiento, como si fuera una aventura intelectual o sentimental, confinada en nuestra mente y en nuestro corazón. Se vive con los demás, en un grupo, en una comunidad, porque Cristo resucitado se hace presente entre los discípulos reunidos en su nombre.

El apostolado asociado de los fieles fue vivamente alentado por el Concilio Vaticano II, en particular con el decreto sobre el apostolado de los laicos, donde, entre otras cosas, se afirma que «es de gran importancia también porque, tanto en las comunidades eclesiales como en los diversos ámbitos, a menudo requiere ser ejercido con acción común. De hecho, las asociaciones creadas para una actividad apostólica en común son un apoyo para sus miembros y los forman en el apostolado, ordenan y guían su acción apostólica, de modo que se pueden esperar frutos mucho más abundantes que si los individuos actuaran por separado» (n. 18).

Luego están las realidades nacidas de un carisma: el carisma de un fundador o de un grupo de iniciadores, o el carisma inspirado en el de un instituto religioso. También esta es una dimensión esencial en la Iglesia. Me gustaría invitaros a considerar los carismas en referencia a la gracia, al don del Espíritu. En la carta Iuvenescit Ecclesia, que conocéis bien, se dice que la jerarquía eclesiástica y el sacramento del Orden existen para que permanezca siempre viva entre los fieles «la oferta objetiva de la gracia» que se dona a través de «los sacramentos, el anuncio normativo de la Palabra y el cuidado pastoral» (n. 14). Los carismas, en cambio, «son distribuidos libremente por el Espíritu Santo para que la gracia sacramental dé fruto en la vida cristiana de manera diversificada y en todos sus niveles» (n. 15).

Por lo tanto, todo en la Iglesia se comprende en referencia a la gracia: la institución existe para que siempre se ofrezca la gracia, los carismas son suscitados para que esta gracia sea acogida y dé fruto. Sin los carismas, existe el riesgo de que la gracia de Cristo, ofrecida en abundancia, no encuentre terreno fértil para ser recibida. Por eso Dios suscita los carismas, para que despierten en los corazones el deseo de encontrarse con Cristo, la sed de la vida divina que él nos ofrece, en una palabra, ¡la gracia!

Con esto quiero reiterar, siguiendo la estela de mis predecesores y con el Magisterio de la Iglesia, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, que los dones jerárquicos y los dones carismáticos «son esenciales a la constitución divina de la Iglesia fundada por Jesús» (San Juan Pablo II, Mensaje al Congreso Mundial de Movimientos Eclesiales, 27 de mayo de 1998). Gracias a los carismas que han dado origen a vuestros movimientos y comunidades, muchas personas se han acercado a Cristo, han recuperado la esperanza en la vida, han descubierto la maternidad de la Iglesia y desean ser ayudadas a crecer en la fe, en la vida comunitaria, en las obras de caridad, y llevar a los demás, con la evangelización, el don que han recibido.

Unidad y misión, en unión con el Papa

La unidad y la misión son dos pilares fundamentales de la vida de la Iglesia y dos prioridades del ministerio petrino. Por lo tanto, invito a todas las asociaciones y movimientos eclesiales a colaborar fiel y generosamente con el Papa, especialmente en estos dos ámbitos.

En primer lugar, siendo levadura de unidad. Todos vosotros experimentáis continuamente la comunión espiritual que os une. Es la comunión que el Espíritu Santo crea en la Iglesia. Es una unidad que tiene su fundamento en Cristo: él nos atrae, nos atrae hacia sí y así nos une también entre nosotros. Así lo expresaba san Paulino de Nola al escribir a san Agustín: «Tenemos un solo jefe, única es la gracia que nos inunda, vivimos de un solo pan, caminamos por un solo camino, habitamos en la misma casa. (…) Somos una sola cosa, tanto en el espíritu como en el cuerpo del Señor, para evitar ser nada si nos separamos de ese Uno» (Carta 30, 2).

Esta unidad, que vivís en los grupos y en las comunidades, extenderla por todas partes: en la comunión con los pastores de la Iglesia, en la cercanía con las otras realidades eclesiales, acercándoos a las personas que encontráis, de modo que vuestros carismas permanezcan siempre al servicio de la unidad de la Iglesia y sean ellos mismos «levadura de unidad, de comunión y de fraternidad» (cf. Homilía, 18 de mayo de 2025) en un mundo tan lacerado por la discordia y la violencia.

En segundo lugar, la misión. La misión ha marcado mi experiencia pastoral y ha moldeado mi vida espiritual. Vosotros también habéis experimentado este camino. Del encuentro con el Señor, de la nueva vida que ha invadido vuestro corazón, ha nacido el deseo de darlo a conocer a los demás. Y habéis involucrado a muchas personas, dedicado mucho tiempo, entusiasmo y energía para dar a conocer el Evangelio en los lugares más lejanos, en los entornos más difíciles, soportando dificultades y fracasos. Mantened siempre vivo entre vosotros este impulso misionero: los movimientos también hoy tienen un papel fundamental en la evangelización. Entre vosotros hay personas generosas, bien formadas, con experiencia «sobre el terreno». Se trata de un patrimonio que hay que hacer fructificar, permaneciendo atentos a la realidad actual con sus nuevos retos. Poned vuestros talentos al servicio de la misión, tanto en los lugares de primera evangelización como en las parroquias y en las estructuras eclesiales locales, para llegar a tantos que están lejos y, a veces sin saberlo, esperan la Palabra de vida.

Conclusión

Queridos hermanos, me alegra encontrarme hoy con vosotros por primera vez. Si Dios quiere, tendremos otras ocasiones para conocernos mejor, pero mientras tanto os animo a seguir adelante. ¡Mantened siempre en el centro al Señor Jesús! Esto es lo esencial, y los carismas sirven precisamente para esto. El carisma es funcional al encuentro con Cristo, al crecimiento y a la maduración humana y espiritual de las personas, a la edificación de la Iglesia. En este sentido, todos estamos llamados a imitar a Cristo, que se despojó de sí mismo para enriquecernos (cf. Flp 2,7). Así, cualquiera que persiga con otros un fin apostólico o cualquiera que sea portador de un carisma está llamado a enriquecer a los demás, despojándose de sí mismo. Y esto es fuente de libertad y de gran alegría.

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