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‘Ocho siglos después’: documentando la realidad frente al relato

Alfredo Torrescalles, cineasta, es director del documental Ocho siglos después, realizado con motivo del 25 aniversario de Solidaridad Internacional Trinitaria

Si tuviera el improbable privilegio de viajar al pasado, me encantaría conocer personalmente a Juan de Mata en el siglo XII. Conversaría con él en lo que, por mi profesión, se convertiría en una entrevista, porque, tras la realización en 2024 de un documental sobre la persecución, discriminación y aniquilamiento que sufren hoy muchos cristianos en el mundo, titulado Ocho siglos después, me surgen muchas preguntas que quedan sin responder.

Quizá la más significativa, la que enmarcaría los hechos que muestra el documental, es: ¿por qué 2.000 años no han sido suficientes para que profesar la fe cristiana no sea algo arriesgado en tantos países y comunidades? Con la impronta de su época, cuando la verdad no era un concepto líquido, creo que se le entendería perfectamente.

Hoy, lo difícil de entender es lo poco que se habla de todo esto. Se diría que los millones de cristianos en peligro por su fe y los miles que mueren asesinados todos los años por esta causa no son relevantes para que los dueños del relato muestren la crudeza de lo que está ocurriendo. O quizá piensen que se lo merecen. Sin embargo, a pesar del obvio déficit de difusión de esta sangrante realidad por parte de los medios mainstream, no faltan personas e instituciones que se ocupan de atender a estas víctimas en muchos países y de paliar en lo posible las dificultades que soportan. Probablemente, la más veterana de estas organizaciones sea la que fundó precisamente san Juan de Mata en 1193 junto a san Félix de Valois: la Orden de la Santísima Trinidad y de la Redención de Cautivos; la Orden Trinitaria.

Ocho siglos después, en 1999, se funda Solidaridad Internacional Trinitaria (SIT), un organismo específicamente creado como herramienta para intervenir, en cualquier lugar del mundo, en defensa de los perseguidos a causa de su fe. En su 25 aniversario, acordamos la realización de un cortometraje documental cuya base se asentase en los testimonios de las personas a quienes apoyan, para así mostrar de forma más realista y directa su labor. Los contenidos a los que tuve acceso fueron tan relevantes y clarificadores que el cortometraje inicial pasó a convertirse en un documental de más de una hora.

En un plano más personal, Ocho siglos después se convirtió en una vivencia inolvidable y profundamente humana, de las que te vinculan para siempre con personas, organizaciones y lugares, uno de esos proyectos que sabes dónde empieza, pero no dónde te va a llevar, que marca un antes y un después, que te hace regresar a casa con más preguntas que respuestas. Estamos hablando de lugares como Alepo (Siria), el noreste de Nigeria o varias localizaciones de India. La narración consiste en un tríptico, donde cada parte retrata una zona del mundo y un tipo de persecución diferente.

India

India, un país considerado «paraíso de la espiritualidad», actualmente es un tormento para muchos cristianos. La persecución hacia este segmento social es generalizada, aunque, si bien en muchos lugares del país puede estar soterrada o camuflada, en el norte esta cacería es violenta, feroz y se produce a plena luz del día. Son tremendos los niveles de marginación, odio y acoso social hacia estas personas, especialmente en el Estado de Manipur.

La constatación de que el Gobierno indio es consciente de la gravedad de la situación, la tenemos en el control policial severo que ejerce en Imphal —capital de Manipur— para evitar el acceso de periodistas, cámaras o cualquier persona sospechosa de convertirse en testigo de lo que está ocurriendo allí. Eso es lo que me impidió acceder a esta ciudad para filmar. No obstante, en el documental podemos conocer tanto los testimonios de víctimas de lo que allí acontece, como el trabajo que hacen los padres trinitarios indios.

Siria

Viajé allí para rodar meses antes de la caída del gobierno de Bashar al Assad, por lo que hay que entender que la situación que retrata el documental no es exactamente la misma hoy. Se trata de una sociedad devastada y desestructurada tras 14 años de guerra, con un mapa religioso muy atomizado. No en vano, el cristianismo se implantó en aquellas tierras desde los comienzos de su expansión y allí conviven muchas tradiciones y ramas del cristianismo: ortodoxos, caldeos, melquitas, etc.

Sobrecoge recorrer el país en coche desde el sur, desde la frontera con Líbano hasta Alepo. Todo es fantasmagórico: carreteras vacías, pueblos devastados, señales de violencia, guerra por doquier y una grisura muy llamativa que lo impregna todo, incluso la mirada de muchas personas.

Sin ánimo de abrumar con datos, lo que las comunidades cristianas están viviendo allí se puede entender mejor si explicamos que, de unos dos millones de cristianos que había en el país en 2011, tan solo quedaban unos 250.000 en 2024, cifra que sigue menguando. Aunque la tendencia general es a pensar que estos datos son consecuencia de la hostilidad del régimen de Al Assad, no es así. En materia de libertad religiosa, los cristianos se sentían respetados por Al Assad e incluso protegidos frente al islamismo.

Si en su momento se hubiesen mostrado las atrocidades sin nombre que cometieron específicamente contra los cristianos los terroristas islámicos que llegaron a apoderarse de parte del país, se entenderían mejor cuáles son los miedos reales de la comunidad cristiana siria. Hoy, a pesar del esfuerzo y el ejemplo de resistencia durante todos estos años de los pocos cristianos que quedan en Siria, los dueños del relato han decidido que hay que aceptar al nuevo régimen islamista radical de Siria, cuyo líder actual perteneció a Al Qaeda y al ISIS.

Nigeria

Todo el horror del que puede ser capaz una persona lo practican Boko Haram y el Estado Islámico del África Occidental (ISWAP) con los cristianos en Nigeria. Lo que allí ocurre, especialmente en el noreste, es una masacre generalizada que cursa con la incapacidad de las autoridades nigerianas para ponerle fin. Suponiendo que esa sea su voluntad, claro. Torturas indescriptibles, asesinatos, secuestros masivos, quema de iglesias y un etcétera demasiado largo.

Leo muchos análisis que tratan de explicar este fenómeno criminal rebajando al máximo su componente religioso, que tratan de aminorarlo con eufemismos, incluso algunos que suenan a velada justificación del terrorismo islámico: pobreza endémica, lucha por los pastos, efectos del colonialismo, cambio climático, enfrentamiento histórico entre comunidades, consecuencias de la marginación… No hay paliativos ni excusas: hablamos de una persecución religiosa hacia cristianos y en esto no caben medias tintas, porque las víctimas exigen y merecen verdad. 

Como señalaba al principio, estoy con lo que, creo, habría sido el planteamiento de san Juan de Mata: la verdad es una y hay que salvaguardarla y promocionarla. En Siria, en India, en Nigeria, y también en nuestro propio entorno europeo, donde vemos cómo día a día aumentan preocupantemente las muestras de hostilidad hacia el cristianismo.

Gloria y agradecimiento a quienes defienden la Verdad y son la última esperanza para tantos millones de cristianos que sufren persecución por causa de su fe. 

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